El cuarto miembro de la Ordo Benedictorum, Philippus Benedictus IV, un anciano de mirada sagaz y rostro severo, se aferra a su bastón mientras permanece sentado en una oficina que refleja su poder y jerarquía. El lugar es amplio y elegantemente decorado: pinturas abstractas, estatuas, columnas de estilo griego y ventanales que ofrecen una vista panorámica de la ciudad.
El anciano observa la pantalla sobre su escritorio, donde se despliega un informe de los recientes daños ocasionados por las acciones de villanos, héroes y, en última instancia, del enigmático “EL”. Las pérdidas de sucursales, personal y recursos son cuantiosas. El estado de shock del líder de la Ordo, junto con la incapacidad de Iacobus Benedictus II y Ioahnnes Benedictus III, los miembros fundadores, para resolver la crisis, resulta evidente. Philippus decide que ha llegado el momento de tomar el control.
Llama a un ejecutivo llamado Marco, quien entra con paso rápido y se detiene frente al escritorio. —Aquí, señor, atendiendo a su llamado —dice con voz cargada de respeto y sumisión.
El anciano lo mira con firmeza. —Convoca una junta con el equipo cuatro.
—¿Solo el equipo cuatro? —pregunta Marco, sorprendido.
—Sí, únicamente ellos —responde Philippus. Su voz no deja lugar a dudas: la decisión está tomada y el plan está en marcha.
El anciano se incorpora, sujetando con firmeza su bastón con una mano enguantada. Abandona la amplia oficina y desciende por el elevador privado hacia lo que parece un sótano: una sala de operaciones iluminada por pantallas parpadeantes, donde el personal se mueve con precisión y propósito. Al verlo llegar, parte de su staff de élite se abre para darle paso con un respeto casi militar.
—Hemos perdido demasiados recursos —declara el anciano, su voz retumba con autoridad—. El equipo reunido escucha con atención las palabras de su líder. —Los dos miembros de más alta jerarquía de nuestra amada organización no han entregado resultados claros de lo ocurrido —añade, con un tono que revela una frustración apenas contenida—. Necesitamos reunir un grupo de cazadores y un ejército. Daremos un mensaje a quienes nos atacan. Eso nos dará tiempo para reorganizarnos en medio de este caos generado por “ÉL”.
Marco, el ejecutivo que lo acompaña, interviene con cautela: —¿Qué pasará con “ÉL”?
El anciano responde con desdén: —Por ahora no es importante. Además, desconocemos su ubicación; es como una sombra que se oculta en la oscuridad. Rastrearlo ahora resultaría inútil.
En ese instante, un oficinista llega corriendo, jadeante, y entrega lo que parecen expedientes clasificados. Philippus los toma con brusquedad, los coloca sobre una mesa táctica y los distribuye. En ellos figuran nombres de facciones de villanos independientes, los héroes Xtreme y una organización desconocida. Su mano se desliza sobre los documentos y, como jugando al azar, selecciona uno: El Frente Unido. Para la Corporación, más allá de su nombre, no son más que simples villanos y terroristas.
Philippus alza la mirada y su voz se convierte en un mandato inquebrantable: —Ya saben qué hacer. Directriz de limpieza. Inicien la operación.
En la base del Frente Unido (F.U.), todo parece en calma. Las personas van y vienen mientras la rutina diaria fluye con normalidad. Víctor permanece concentrado en su computadora, ajeno al bullicio del lobby.
Anya entra en la oficina de su padre con una expresión de reproche en el rostro. —No me incluyeron en la misión que Pentrix y otros miembros están realizando —dice, cruzándose de brazos.
Víctor la observa y sonríe. Sabe que su hija ha cambiado y que ahora ansía la acción. —Era una misión sencilla, no requería tantos integrantes —responde con tono burlón—. ¿No será que Pastelito extraña a Pempi?
Anya le contesta con una sonrisa; su frustración se disipa ante la broma. —¡Padre! Qué cosas dices —exclama en un tono de falsa indignación.
De repente, ambos perciben el sonido inconfundible de helicópteros que se aproximan con rapidez. Ella, confundida, pregunta a su padre: —¿Esperas a alguien?
Víctor se pone de pie de golpe; su expresión se endurece mientras observa las aeronaves acercarse. —¡Evacuen a todos del edificio! —Ordena con voz firme—. ¡Esos son helicópteros de la Corporación!
Anya toma un comunicador que está en el escritorio sin perder tiempo y da órdenes con urgencia: —¡Becca, Bum, Bum, evacuen a todos del edificio, es una emergencia!
Una explosión ensordecedora sacude los pisos superiores, justo donde Víctor tiene su oficina. La onda expansiva los aturde momentáneamente y los lanza contra la pared. Entre el humo y los escombros que caen, se escuchan las pisadas rítmicas y pesadas de un comando fuertemente armado con rifles de plasma.
El líder del comando los distingue entre la nube gris, señala a Anya y ordena: —¡Inmovilícenla, rápido!
Otro soldado se aproxima con velocidad, pero Anya se incorpora con dificultad y activa su poder. Una ráfaga de energía eléctrica impacta al atacante, dejándolo incapacitado al instante. La joven adopta una posición de combate y responde con desafío: —Se equivocaron al venir aquí, idiotas.
En las plantas inferiores comienzan a escucharse explosiones en cadena, mientras comandos de la Corporación irrumpen por distintos pisos mediante cuerdas y rápel, desatando un caos tremendo. Sin embargo, Becca y Bum Bum reaccionan con rapidez: sus habilidades de lucha, precisas y demoledoras, logran neutralizar a los cazadores y comandos que se cruzan en su camino.
Una vez que los militares de la Corporación son reducidos, la gente es dirigida hacia los niveles más bajos, mientras columnas de humo emergen por las ventanas del edificio. Becca encabeza la evacuación con una determinación inquebrantable. Da órdenes con voz firme: —¡Rápido, bajen! No suelten a los niños, no se retrasen y ayuden a los mayores. Nosotros nos encargaremos de los agentes de la Corporación.