Pentrix. "El camino del villano"

Capítulo 25. Venganza

En una sala ubicada en lo alto de un edificio de comunicaciones, Phillipus Benedictus IV está sometido por dos guardias de seguridad imponentes. Permanece en silencio, con un aire de resignación y derrota. De pronto, Ioahnnes, la tercera al mando de la Ordo Benedictorum, entra en la sala con el rostro endurecido por la furia. Se dirige al anciano y le suelta un puñetazo tan brutal que lo hace caer junto con la silla. —¡Estúpido! —grita la mujer con furia mientras los guardias lo levantan del suelo.

Ella se aproxima con una severidad que hiela el ambiente. —Tu operación no autorizada fue un fracaso absoluto —dice, su voz un susurro cargado de veneno—. Expusiste tu propia sucursal y pasaste por alto los lineamientos de los demás miembros.

El anciano intenta balbucear una defensa, pero la mujer, enfurecida, lo interrumpe: —¡Cállate! Tu sucursal de Occidente está siendo evacuada. Toda la información, los datos y los años de investigación que teníamos allí se perderán. Te mataría yo misma, pero por desgracia aún te necesitamos. ¿Viste el maldito reportaje? ¿Crees que la gente nos creerá a nosotros o a ese equipo de héroes? ¡Imbécil!

Sin esperar respuesta, la mujer vuelve a descargar otro puñetazo. Esta vez, el anciano cae al suelo, su cuerpo temblando por el impacto y el terror.

En algún lugar de la ciudad, el coronel Soul recibe una llamada en su teléfono de Pretzelman (Body). La vocecita del celular le habla con tono urgente: —MIND (Víctor) cayó.

—¿Está confirmado? —pregunta Soul, su voz tensa. —Su cuerpo presentaba heridas graves de batalla —responde Body.

—¿Y la hija de Mind, Anya, y los demás habitantes del edificio? —inquiere el veterano militar, con el corazón en un puño. —No sabemos nada de ellos, no hay rastro de la hija ni de los otros —contesta Body—. Puede que hayan huido lejos. Lo que sabemos es que ninguno está en la Corporación. Lo más probable, conociendo a Víctor, es que tuviera un plan de contingencia para un caso así, o se hayan dispersado en distintas direcciones. Seguiremos buscando y te informaré.

La conversación cambia de tema: —¿Qué hay de Pentrix? Pregunta Pretzelman (body). —A salvo y oculto. —¿Pero consideras que es buena idea tenerlo en “el casillero”, como a cualquier prisionero? —pregunta el coronel, con evidente preocupación. —No lo buscarán en ese lugar —responde Body con firmeza—. Es el mejor sitio para mantenerlo seguro mientras las aguas se calman. Y espero que la líder de tu equipo se recupere pronto.

—Elektrobyte está bien, no tiene heridas, solo un fuerte golpe. —Gracias, Body —responde el coronel.

El coronel guarda su móvil y se derrumba. Mira a sus jóvenes héroes y solloza en silencio. —Víctor… él era mi amigo… me salvó un par de veces cuando éramos una unidad… y hoy no pude hacer nada por él —murmura, con las lágrimas corriendo por su rostro.

Rook, Kage y Réflex se acercan a él en un abrazo, compartiendo su dolor.

Horas más tarde, la imponente sucursal que Phillipus lideraba yace vacía y en silencio. De repente, una potente explosión sonora sacude los alrededores. Esta vez no hay destellos azules de energía ni lagos de magma. Múltiples detonaciones en cadena hacen volar la instalación. Fuego, humo, polvo y escombros se elevan por el aire, hasta que una explosión aún más devastadora destruye el lugar por completo. Grandes llamas emergen, consumiendo los últimos restos de la sucursal.

El coronel Soul, con un detonador en la mano, presionando aun el botón con fuerza. —Esto es por ti, viejo amigo. Gracias, Víctor… tu valentía y tu determinación me salvaron un par de veces, me inspiraste a luchar una vez más —susurra con una mezcla de tristeza y resolución.

Los héroes Xtream observan en silencio cómo la sucursal se reduce a cenizas, fuego y escombros. El coronel se dirige a sus chicos con voz firme: —Vámonos. Aún hay mucho por hacer.

Todos suben a su transporte, alejándose del lugar.

En una instalación de alta tecnología, lejana y perdida entre las montañas, no controlada por la Corporación sino por una entidad independiente que alberga a varios evos —la mayoría villanos peligrosos—, el jefe de guardias recibe un extraño expediente. No contiene fotografía, solo un código; sin nombre, sin más detalles.

García, confundido, pregunta al administrador de la instalación que esta de pie junto a el: —Este expediente está incompleto, muchos datos están ocultos. ¿Es correcto?

El administrador, Samuel Ward, con expresión seria, responde: —García, este es un caso especial y no deben hacerse más preguntas al respecto. ¿Te ha quedado claro?

Con una mirada recelosa, García contesta: —Entendido, señor.

Un transporte blindado aparece en la distancia y se aproxima a la puerta principal del edificio. De él descienden varios evos prisioneros, formando una fila. Todos llevan dispositivos inhibidores de poderes y están encadenados de pies y manos, salvo uno que parece un simple humano común: un chico.

Los guardias corren a recibir a los prisioneros, asegurándose de que estén bien sujetos. Sin embargo, solo uno de ellos —el que aparenta ser un muchacho humano— no lleva cadenas. Sus manos y pies están libres, aunque porta un artefacto anulador.

Mientras los demás prisioneros son tratados con la crudeza reservada para delincuentes peligrosos —encadenados, con coronas inhibidoras que brillan de forma amenazante—, el que aparenta ser un simple humano es escoltado con extraña urgencia hacia una celda de alta seguridad. Sus paredes transparentes, hechas de un material que parece indestructible, imponen respeto.

García frunce el ceño, su mente intentando comprender la disparidad en el trato. ¿Por qué ese aparente chico humano debe ser tratado de manera tan distinta? ¿Qué lo hace tan especial?

La intriga aumenta al notar que su dispositivo anulador, a diferencia del estándar rojizo de los demás, emite una luz verde clara. Su traje blanco contrasta con el anaranjado del resto, un detalle que lo vuelve aún más enigmático para García y para el personal. Es un verdadero misterio.




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