En un parque común, rodeado por el canto de los pájaros, el murmullo de los transeúntes y el vaivén del tráfico, la calma parecía intacta.
Sobre una banca, un joven permanecía sentado. Su aspecto era el de un vagabundo: vestía completamente de negro, encorvado, ocultando el rostro en una postura hundida, como si sus pensamientos lo mantuvieran cautivo.
De pronto, una camioneta lujosa se detuvo frente al parque. De ella descendió un caballero de porte elegante, vestido con pulcritud impecable. Su cabeza, completamente calva, brillaba bajo la luz del mediodía.
Caminó con paso firme hasta la banca y se sentó, sacando un smartphone sin notar al joven a su lado. Al percatarse de su presencia, frunció el rostro con desagrado: —¡Aaaagh!
El teléfono vibró. El hombre se concentró en la pantalla, ignorando por completo al joven encorvado que permanecía inmóvil junto a él.
El hombre calvo, sin apartar la vista de su móvil, se indignó al leer algo en la pantalla. Escupió con arrogancia: —¡Estúpidos héroes! ¡Dioses de pacotilla!
Siguió manipulando el dispositivo con el dedo y, pensando en voz alta, soltó una frase resonante casi con ira: —Si Dios es bueno, no es del todo poderoso… y si es todo poderoso, no es del todo bueno.
El joven vagabundo, aún encorvado y sin mostrar el rostro, lo escuchó. Sin levantar la cabeza, respondió con voz serena: —El error es que intentas meter en un molde a lo Divino… usando conceptos tan humanos como “bueno” y “malo”.
El calvo volteó hacia él, furioso: —¡¿Qué sandeces dices?!
El vagabundo, sin cambiar de posición, levantó una mano lentamente. Extendió el dedo y señaló el brillo en la cabeza del sujeto. —¿Ves ese destello en tu cabeza calva?
El hombre solo hizo un sonido de ofensa: —Mmmfff…
El vagabundo levantó lentamente la mano y apuntó al sol. —Él es un Dios —dijo con voz pausada—. Lejano, inalcanzable… imponente en mitad del cielo. Sin él no existiríamos, pero tampoco sobreviviríamos. Da la vida, pero también la arrebata. A veces es cruel, pero también es justo. Incluso tu cuerpo se beneficia de él. Nos castiga y al mismo tiempo nos recompensa.
Hizo una pausa. —¿Eso lo convierte en bueno o malo?
El hombre calvo levantó la mirada y observó el destellante sol por un momento. Su expresión cambió. Bajó la mirada y, en silencio… comprendió.
Se levantó del banco, guardo su móvil, acomodó su elegante ropa y ajustó su abrigo. Dio dos pasos alejándose, pero se detuvo. Se quitó el abrigo, regresó y lo colocó sobre la banca donde había estado sentado.
Sin decir palabra, el hombre calvo se retiró rumbo a su vehículo, dejando al joven vagabundo en su lugar.
Aquel joven finalmente levantó la cabeza. Observó al hombre abordar la camioneta y luego miró el abrigo que había dejado sobre la banca.