En el nuevo cuartel de Xtream, Elektrobyte, Kage, Réflex y Rook observaban las noticias en la pantalla, consternados. Las imágenes de la ciudad devastada inundaban el monitor: bomberos sofocando incendios, brigadas removiendo escombros, cuerpos en camillas cubiertos con mantas blancas. Los equipos de emergencia trabajaban al límite. La líder permanecía en silencio, incapaz de asimilar lo que veía.
Kage, con profunda tristeza, rompió el silencio: —¿Por qué Pentrix tomó esa decisión que lo obligó a actuar así?
Rook, el más sereno del grupo, descargó un puñetazo contra una columna cercana. El concreto se agrietó por el impacto. Su frustración se desbordaba: —Primero el Coronel, luego Quikshot… y ahora Pentrix. ¿Qué demonios está ocurriendo?
Elektrobyte intentaba comprender la situación. En su mente resonaban las últimas palabras del Coronel Soul antes de morir: —“Debes permitir que Pentrix siga su camino.”
La líder, se volvió hacia su equipo, con la voz firme pero cargada de dolor: —Sé que es duro, pero debemos seguir también nuestro propio camino. Perdimos al Coronel… a Quikshot… y Pentrix… no estoy segura.
Réflex intervino con tono pensativo: —Quizá Pentrix se desilusionó… de las personas, del trato que reciben los héroes. ¿Recuerdan aquella misión en la que nos culparon por destruir un barrio?
Lía lo miró con incredulidad: —¿Cómo puedes creer eso? Él luchó por salvarnos a todos. Nunca dejó de hacerlo. Incluso enfrentó a esa cosa tan aterradora… —se refería a Ren Monum, (el horror del capítulo 37)—. Es cierto, es un misterio inquietante por el cual tomó esa decisión.
Réflex bajó la mirada, un tanto avergonzado. Solo atinó a decir: —Disculpa, Lía… estoy frustrado con todo lo que nos ha pasado. Lo siento.
Elektrobyte, decidida a mantener viva la esperanza, se dirigió al equipo con voz firme: —No la perdamos aún. Tenemos que seguir buscando a Rain… (Quikshot).
Kage, con el rostro sombrío, preguntó: —¿Y qué pasará con Pentrix?
Lía respondió con serenidad, aunque su mirada revelaba una mezcla de dolor y aceptación: —Déjenlo seguir su propio camino. Quizá algún día sepamos algo de él.
Sin más palabras, el equipo se dividió en dos vehículos, iniciando la búsqueda de su amiga desaparecida.
En las oficinas de la corporación, el incidente ocurrido en el parque no había pasado desapercibido. Iacobus Benedictus II revisaba los reportes junto a Ioahnnes Benedictus III. —Los héroes se han rebelado —dijo con tono grave—. Esto es malo… incluso para nosotros. Los grupos más radicales de Evos podrían desatar algo mucho peor.
Ioahnnes, la mujer lógica del grupo, parecía hipnotizada. Se levantó y caminó lentamente hacia la pantalla, donde aparecía la imagen de Pentrix capturada durante el incidente. —Hay algo particular en ese chico… siento que lo he visto antes —susurró.
—¿De qué hablas, mujer? —preguntó Iacobus, desconcertado.
Pero ella lo ignoró. Colocó la mano sobre la pantalla, como si intentara tocar la imagen del inquisidor.
En otra parte de la ciudad, cientos de Neoevos y Evos salieron a las calles en señal de protesta. El ambiente se llenaba de susurros y gritos. A medida que avanzaban, más y más se unían, formando una gigantesca marcha que recorría avenidas, plazas y barrios enteros.
Un Neoevo levantó una pancarta que decía: “Dignidad para los héroes, Evos y Neoevos.”
Una Evo gritó con fuerza: —¡Respeto para todos nosotros! —mientras hacía levitar algunos objetos a su alrededor.
La multitud se agitaba. Los Evos más radicales comenzaron a incendiar vehículos y negocios. Uno de ellos gritó con furia: —¡Uno de los nuestros ha muerto por la indiferencia de esta sociedad! ¿Hasta cuándo soportaremos más el desprecio de quienes dicen ser humanos?
Otro se unió al clamor: —¡Ese joven héroe murió! ¿Por qué debemos seguir usando nuestros poderes para salvar a los ingratos humanos? ¡No más! ¡No más!
El resto de la marcha comenzó a corear al unísono: —¡No más! ¡No más!
La voz de dolor y rabia inundaba las calles. La policía antimotines llegó, levantando barricadas y disparando latas de gas lacrimógeno para dispersar a la multitud.
Pero los Evos más radicales, ahora enardecidos, respondieron con sus poderes. Rayos, ondas de choque y ráfagas de energía estallaban en medio del caos. Los agentes retrocedían, superados por la violencia desatada.
Otro grupo de Evos intentó calmar la situación, interponiéndose entre los radicales y la policía. Pero era demasiado tarde. —¡Basta! No somos salvajes, debemos luchar por dignidad, no por odio —clamó uno de ellos. Sin embargo el rencor es más fuerte que la razón.
El trágico incidente había despertado algo más profundo: el odio hacia la humanidad.
Un reportero se colocó frente a su cámara, con el rostro tenso y la voz firme: —Aquí Ezequiel Wells, reportando en vivo.
Detrás de él, un grupo de Evos luchaba encarnizadamente contra la policía antimotines, mientras otros intentaban contenerlos. El caos se desbordaba. —Esto es una pesadilla —continuó el reportero—. El incidente del Gran Parque ha dejado un profundo dolor en toda la comunidad Evo. La policía no puede contenerlos. Esto se está saliendo de control.
El camarógrafo giró la cámara y captó la llegada de varios camiones militares. Tropas del ejército descendieron y comenzaron a disparar armas de plasma contra los Evos radicales. Pero lejos de dispersarlos, los ataques encendieron aún más los ánimos.
La marcha se transformó en una batalla abierta. Gritos, explosiones y ráfagas de energía llenaban las calles.
Ezequiel Wells seguía hablando, cuando una ráfaga perdida lo alcanzó. Cayó al suelo, herido. El camarógrafo, sin saber qué hacer, enfocó su rostro. La mueca de dolor del reportero quedó registrada en la transmisión.
A pesar de la herida, Ezequiel logró articular unas últimas palabras: —No hay nada que pueda detener este caos… ¿les hemos fallado a aquellos que nos protegían? Les informa Ezequiel Wells… desde la marcha…