Pentrix "El despertar de las semillas"

Capítulo 52. El tercer inquisidor. Ord Trirem, semilla primordial de la energía

Han pasado meses desde aquel trágico incidente del gran parque (Capitulo 50).

En una ciudad costera, lejana y ajena a los trágicos sucesos del Gran Parque, la vida transcurría con aparente normalidad. En un parque común, rodeado por el canto de los pájaros, el murmullo de los transeúntes y el vaivén del tráfico, la calma parecía intacta.

Sobre una banca, un joven permanecía sentado. Su aspecto era el de un vagabundo: vestía completamente de negro, encorvado, ocultando el rostro en una postura hundida, como si sus pensamientos lo mantuvieran cautivo.

De pronto, una camioneta lujosa se detuvo frente al parque. De ella descendió un caballero de porte elegante, vestido con pulcritud impecable. Su cabeza, completamente calva, brillaba bajo la luz del mediodía.

Caminó con paso firme hasta la banca y se sentó, sacando un smartphone sin notar al joven a su lado. Al percatarse de su presencia, frunció el rostro con desagrado: —¡Aaaagh!

El teléfono vibró. El hombre se concentró en la pantalla, ignorando por completo al joven encorvado que permanecía inmóvil junto a él.

El hombre calvo, sin apartar la vista de su móvil, se indignó al leer algo en la pantalla. Escupió con arrogancia: —¡Estúpidos héroes! ¡Dioses de pacotilla!

Siguió manipulando el dispositivo con el dedo y, pensando en voz alta, soltó una frase resonante casi con ira: —Si Dios es bueno, no es del todo poderoso… y si es todo poderoso, no es del todo bueno.

El joven vagabundo, aún encorvado y sin mostrar el rostro, lo escuchó. Sin levantar la cabeza, respondió con voz serena: —El error es que intentas meter en un molde a lo Divino… usando conceptos tan humanos como “bueno” y “malo”.

El calvo volteó hacia él, furioso: —¡¿Qué sandeces dices?!

El vagabundo, sin cambiar de posición, levantó una mano lentamente. Extendió el dedo y señaló el brillo en la cabeza del sujeto. —¿Ves ese destello en tu cabeza calva?

El hombre solo hizo un sonido de ofensa: —Mmmfff…

El vagabundo levantó lentamente la mano y apuntó al sol. —Él es un Dios —dijo con voz pausada—. Lejano, inalcanzable… imponente en mitad del cielo. Sin él no existiríamos, pero tampoco sobreviviríamos. Da la vida, pero también la arrebata. A veces es cruel, pero también es justo. Incluso tu cuerpo se beneficia de él. Nos castiga y al mismo tiempo nos recompensa.

Hizo una pausa. —¿Eso lo convierte en bueno o malo?

El hombre calvo levantó la mirada y observó el destellante sol por un momento. Su expresión cambió. Bajó la mirada y, en silencio… comprendió.

Se levantó del banco, guardo su móvil, acomodó su elegante ropa y ajustó su abrigo. Dio dos pasos alejándose, pero se detuvo. Se quitó el abrigo, regresó y lo colocó sobre la banca donde había estado sentado.

Sin decir palabra, el hombre calvo se retiró rumbo a su vehículo, dejando al joven vagabundo en su lugar.

Aquel joven finalmente levantó la cabeza. Observó al hombre abordar la camioneta y luego miró el abrigo que había dejado sobre la banca.

Y por primera vez… vimos su rostro. Era Pentrix.

Pero algo llamó su atención. Cerca de allí, un mirador se abría hacia el mar. Se levantó lentamente de la banca y caminó hacia el barandal.

Desde allí, contempló el horizonte.

Una tormenta eléctrica se desataba en la lejanía. Relámpagos cruzaban el cielo como grietas de luz. El mar se agitaba. La atmósfera vibraba. Era como si algo estuviera ocurriendo… algo que no pertenecía a este mundo.

A cientos de kilómetros de distancia, en las oficinas de la corporación, el temible Iacobus Benedictus II —el segundo al mando— recibía un reporte urgente.

Una ciudad en una isla había sido completamente arrasada.

En esa isla existía una sucursal de la corporación. No era importante, no tenía relevancia estratégica. Pero había sido aniquilada.

En ese instante, Ioahnnes Benedictus III apareció. Notó la reacción de Iacobus y preguntó: —¿Qué sucede?

—Una pequeña sucursal en una isla ha sido destruida por completo —respondió él, aún procesando la información.

Ioahnnes se detuvo. Su rostro cambió. La voz le tembló: —¿Acaso fue… “ÉL”?

—No lo sabemos aún —respondió Iacobus con tono grave—. Pero informaré a Andreas Benedictus I.

Ioahnnes, con su carácter fuerte y desafiante, se adelantó: —¡Es la oportunidad de capturarlo! Reunamos un equipo especializado, lo suficientemente armado…

El hombre la miró con firmeza y la interrumpió: —No mandaremos a nadie. Aún no estamos listos para enfrentarlo.

Ella se acercó, lo tomó por el traje, exigiendo una respuesta. Pero él insistió, elevando la voz: —¡Basta! No nos arriesgaremos ahora. Seguiremos tu plan de permanecer ocultos.

Mientras tanto, en medio del mar, una lancha navegaba hacia la isla arrasada.

A bordo, un hombre conducía. Junto a él, Pentrix permanecía en silencio. El conductor llevaba puesto el caro abrigo que el calvo había dejado en el parque.

—Esto nos llevará un par de horas —dijo el hombre—, pero llegaremos antes del anochecer.

Horas después, la lancha tocó tierra en las playas de la isla. El conductor se despidió con una sonrisa, agradeciendo por el abrigo y levantando la mano en señal de respeto.

Pentrix devolvió el gesto. Solo caminó, con paso firme, rumbo al centro de la ciudad. Se adentraba cada vez más. Solo existía el silencio. El sonido del aire. No había aves. No había insectos. Ni el más mínimo ruido.

Los edificios permanecían intactos. Autos estacionados con las puertas abiertas. Entre ellos, movidos por el viento, flotaban restos de cenizas o una materia negra ligera que el aire arrastraba. Polvo espectral, como polen de la muerte.

Pentrix avanzaba por la ciudad devastada. No había rastros de nadie. La ciudad estaba vacía.

Comenzaba a oscurecer. No había luces. No había señal alguna de vida.

Se introdujo en varios edificios, buscando algún sobreviviente. Pero no encontró nada. Solo esos restos carbonizados por doquier. Como si la energía misma hubiera sido arrancada del lugar.




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