Pentrix observa cómo una figura se acerca lentamente hacia él.
Por fin… vemos al inquisidor.
Es una chica de belleza deslumbrante. Su piel es extremadamente clara, casi albina. Sus ojos, de un morado tenue, parecen contener galaxias. Su cabello blanco cae como hilos de luz sobre sus hombros.
Viste una camiseta de tirantes que deja ver sus brazos pálidos, una minifalda negra y, debajo, unos leggins oscuros que cubren sus piernas. Botas negras le llegan hasta debajo de las rodillas. Todo su conjunto —oscuro, estilizado— la hace parecer una rockstar, una figura gótica salida de otro plano.
Pero lo que realmente la distingue… es la energía.
Su cuerpo está envuelto en un aura morada, fluctuante, que oscila entre tonos claros y oscuros, como si la luz misma estuviera atrapada en su piel.
Ella habla con voz firme, casi ceremonial: ——Hermano, el sendero ha llegado a su encrucijada. Cumple lo que fue inscrito en el origen, pues el destino no admite demora. Pentrix se pone en guardia. Su energía azul se despliega frente a ella como un escudo viviente.
—Mi nombre es… —proclama ella.
El chico la interrumpe, sin titubear. Ella solo lo escucha. —Lo sé. Inquisidor 1003. Nombre clave: Ord Trirem. Semilla primordial de la Energía.
La observa con intensidad y responde: —Mi respuesta es… NO. He decidido mi camino. Y al igual que Ren Monum… te detendré aquí y ahora.
La chica permanece impasible. Su rostro no muestra emoción alguna. Pronuncia con calma: —Nuestro hermano Ren Monum ha retornado al origen, dejando atrás la carne efímera. Su esencia primordial ha sido restaurada. Nada más debe pronunciarse, pues el ciclo ha hablado. Cierra los ojos.
De repente, el aire cambia. Una extraña sensación transforma el ambiente. Una melodía sutil comienza a sonar: pequeñas notas, como dulces y suaves campanas, llenan la silenciosa ciudad. El poder de la chica se incrementa. La tierra tiembla levemente.
Ella lanza el primer ataque.
Las ráfagas de energía morada se desplazan a una velocidad impresionante. Pentrix despliega su escudo azul, pero los impactos son tan violentos que lo hacen retroceder varios metros, arrastrándolo por el suelo hasta estrellarse contra una estructura cercana.
Pentrix se reincorpora, observando con atención el poder de la chica. —Bien… ahora me toca a mí.
Comienza a mover sus manos. La energía azul deja estelas en el aire, y de esas estelas emergen múltiples ráfagas que se disparan hacia ella.
La chica, envuelta en su aura morada, permanece firme.
Las ráfagas azules se curvan en el aire, alcanzando su escudo desde varios ángulos. Los impactos producen sonidos secos y contundentes, pero la protección energética resiste con tenacidad.
Algunas ráfagas rebotan contra el suelo, creando pequeños cráteres. Rocas y polvo se elevan, marcando el inicio de un combate que trasciende lo físico.
—Débil semilla de la dualidad y la contradicción.—dice ella, sin emoción alguna en el rostro—. Tu esencia es frágil ante el designio eterno. Contempla ahora el poder de la verdadera semilla de la Energía, y conoce lo que jamás podrás contener.
De su aura morada emergen múltiples ráfagas que se disparan hacia el cielo. Una vez arriba, se dividen como fragmentos de luz… y caen con una rapidez impresionante.
Pentrix despliega su escudo azul. Al mismo tiempo, lanza varias ráfagas propias que colisionan en el aire, creando destellos de energía entre ambos colores.
Pero las ráfagas de ella son más veloces. Caen alrededor de Pentrix, provocando grandes cráteres y levantando escombros y polvo por toda la zona.
Desde la nube de polvo, una ráfaga azul emerge y se dispara directamente hacia Ord Trirem.
Ella la detiene a tiempo, bloqueándola con ambas manos.
Pero en ese instante, bajo sus pies, comienza a formarse un círculo azul.
Ord lo nota.
Del círculo emergen cientos de pequeñas ráfagas que la envuelven por completo. Sin embargo, ella responde con precisión: crea un círculo similar bajo sus pies, pero invertido. Las ráfagas de Pentrix se estrellan contra las suyas, anulándose en un despliegue impresionante.
Cada impacto produce un sonido seco, metálico. Las ráfagas rebotan contra el suelo sin causarle el menor daño.
Ord Trirem permanece intacta.
El polvo se disipa.
Pero Ord Trirem ya está sobre Pentrix, tomándolo por sorpresa.
Sin darle tiempo a reaccionar, lo atrapa y lo estrella contra el suelo. Pentrix se cubre con ambos brazos, pero ella lo sigue estampando una y otra vez, como si quisiera borrar su existencia del plano físico.
Coloca la mano frente a él. Una ráfaga, esta vez más grande, lo hunde en el suelo con violencia.
Ella camina hacia el cráter donde yace Pentrix. Lo toma, lo desentierra… y lo estampa una vez más contra el suelo, haciendo temblar la tierra.
Se coloca sobre él, inmovilizándolo.
Con su delicada mano, toma su rostro. —Observa y comprende: no existe oportunidad alguna para ti. No eres el único que ha derribado a un inquisidor. Yo fui quien que apago la luz del Redentor, quien lo devolvió al silencio eterno. Tu sendero carece de propósito ahora, pues sin el Redentor no habrá salvación para esta humanidad decadente y seducida por la corrupción.
El intenta alejarse de su tacto, pero ella sigue acariciando su rostro con una calma inquietante.
—Todo lo que sostienes será roto. Tu vínculo. Aquello que más amas… la hallaré, y será consumida en la ruina. El ciclo se cerrará tal como fue inscrito en el origen, y tú, débil semilla de la dualidad y la contradicción, contemplarás su final.
Ord Trirem toma a Pentrix del cuello y lo lanza con fuerza, arrojándolo varios metros. Él cae pesadamente al suelo.
Se levanta con dificultad. Ella lo observa desde la distancia. —Ríndete ya de una vez —dice con frialdad.
Pentrix, visiblemente herido, responde con voz firme: —No te dejaré. No puedo permitirlo.