Pentrix "El despertar de las semillas"

Capítulo 54. La Ordo Benedictorum

Ismael irrumpió en el salón, jadeante, con unos papeles en la mano. El rostro tenso y la respiración agitada contrastaban con la calma de Ioahnnes, que descansaba en un sillón amplio y confortable. Al percibir la urgencia en su andar, preguntó con voz serena: —¿Qué sucede?

Ismael tragó saliva antes de responder: —Mi señora… el incidente en la isla arrasada. Algunos de nuestros hombres lograron llegar, pero no hallaron nada. Solo rastros de una pelea feroz. Cráteres por todas partes. Aunque la ciudad permanece casi intacta… está completamente vacía. Sin señales de vida.

Ioahnnes entrecerró los ojos. —¿Crees que haya sido “ÉL”? —preguntó con un matiz de gravedad.

Ismael se estremeció. —¿“ÉL”…? —repitió, con temor.

Ioahnnes lo miró fijamente. —“ÉL” es un chico enigmático. Producto de un experimento de una de las divisiones de la corporación. Uno de los siete resultados.

Al ver la confusión en el rostro de Ismael, Ioahnnes lo invitó a sentarse a su lado. Él obedeció, aún sin comprender del todo. Ella se recargó suavemente en su hombro, como si el peso de la historia que iba a narrar necesitara apoyo. El hombre, incrédulo, apenas podía asimilar la familiaridad de aquel gesto.

—Hace años… —comenzó—. Un grupo de jóvenes visionarios alcanzó el poder en esta sociedad. Fue hace casi dos siglos. Andreas, Iacobus y Yo… tres visiones distintas, pero un mismo camino.

Ioahnnes tomó una copa de vino —la misma de la que había estado bebiendo a escondidas—, la llenó con calma y se la entregó a Ismael. Luego prosiguió con voz pausada, cargada de memoria:

—Con el paso del tiempo, nuestras carreras prosperaron. La fortuna y el poder estaban a nuestro alcance… pero aún faltaba algo. Algo esencial.

La primera guerra humana estalló. Y con ella, surgieron las primeras oportunidades: grandes inventos, avances tecnológicos sin precedentes. Pero lo más importante fue el auge de la medicina. Los médicos, la nueva ciencia… fue un auténtico despertar.

Ioahnnes hizo una pausa, bebió un sorbo y continuó: —Pese a todo eso, había algo contra lo que no podíamos luchar: el paso del tiempo.

Fue entonces cuando conocí a un político: Andreas. Un visionario, igual que yo. Un líder nato. Y poco después, apareció Iacobus, un investigador médico brillante.

Gracias a la guerra, sus investigaciones —y nuestros apoyos— dieron frutos insólitos. La experimentación en soldados enemigos capturados nos otorgó algo invaluable: tiempo.

Ioahnnes miró a Ismael con una mezcla de nostalgia y convicción. —Así fue como los tres fundamos lo que hoy se conoce como La Ordo Benedictorum.

Con la fortuna que generamos —prosiguió Ioahnnes, mientras servía otra copa de vino— se instauró La Corporación. Una fachada pública, sí, pero también nuestro brazo ejecutor. Una de sus ramas más prometedoras fue la Bioingeniería Humana. Allí se desarrollaron técnicas para aprovechar donaciones de órganos sin riesgo de rechazo, y se lograron avances en la cura de enfermedades terminales.

Ioahnnes hizo una pausa, su mirada perdida en el líquido rojo de la copa. —Pero hubo algo con lo que no contábamos… Algunos tratamientos médicos trajeron efectos secundarios. Algunos humanos comenzaron a desarrollar habilidades. Poderes.

Ismael la observaba en silencio, mientras Ioahnnes sonreía con una mezcla de cinismo y melancolía. —Andreas, como líder, ideó un plan brillante: culpar a los conflictos bélicos. Fue una gran idea —dijo, con una risa breve—. Si bien fue un error de nuestra parte, también resultó beneficioso. El costo de las vacunas y los nuevos tratamientos generó ganancias que superaban cualquier sueño imaginable.

El vino comenzaba a hacer efecto. Su tono se volvió más íntimo, más crudo. —Fue entonces cuando nuestros mejores investigadores, con la ayuda de Iacobus, diseñaron un plan para revertir el error. Crear ocho humanos perfectos. Ellos serían la cura, la interrupción, el límite. Su existencia evitaría el nacimiento de más personas con poderes. Serían el antídoto de nuestra arrogancia.

Ioahnnes bebió otro sorbo, y su mirada se endureció. —Así nacieron los ocho productos. No como armas… sino como correcciones.

Después, con una sonrisa torcida mientras agitaba suavemente su copa de vino, añadió: —La vida es extraña, ¿no crees?

El Proyecto Inquisidor fue un éxito total. De ocho sujetos, solo uno falló. Los siete restantes… lo lograron. Pero el éxito no duraría mucho. Algo cambió. Algo que desconocíamos. Estos productos… evolucionaron. Se transformaron en la pesadilla que enfrentamos hoy.

Ioahnnes ríe con ironía, el alcohol marcando su tono. —Y entre ellos, “ÉL” es el único. El único que se ha dejado ver… sin que podamos verlo. ¡Jajajaja! —su risa se mezcla con un dejo de desesperación—. Es el único que nos observa desde dentro del sistema, sin que podamos tocarlo.

Hace una pausa, se recuesta en el sillón y, con voz más grave, añade: —Y así nació la historia de La Ordo Benedictorum… y sus doce miembros.

Entonces comienza a nombrarlos uno por uno, como si recitara una letanía sagrada: Andreas Benedictus I, anciano de 186 años, estratégico, cerebral, frío y calculador, líder innato y cabeza del grupo, con la Política bajo su control. Iacobus Benedictus II, segundo al mando, también de 186 años, asume el liderazgo en ausencia de Andreas y domina la Salud. Ioahnnes Benedictus III, Yo de 184 años, represento la lógica y la razón del grupo, controlo las Comunicaciones y los Medios; los tres primeros somos considerados los fundadores de la organización. Philippus Benedictus IV, hombre de 174 años, apodado el hombre del bastón, ambicioso y frío, capaz de desobedecer órdenes aunque sin la inteligencia de Andreas, con la Ciencia como su arma. Bartholomaeus Benedictus V, miembro reciente de 170 años, sereno y fácil de controlar, maneja la Economía. Thomas Benedictus VI, uno de los nuevos, de 168 años, serio pero con tendencias nerviosas, controla la Agricultura. Matthaeus Benedictus VII, el seductor de 175 años que aparenta 45, considerado por Andreas un buen prospecto a líder, aunque sus gustos refinados lo hacen inestable; bajo su mando están las Fuerzas Armadas y la Seguridad. Iacobus Minor Benedictus VIII, de 170 años, ambicioso y reservado, demasiado incipiente, controla la Tecnología. Simon Benedictus IX, de 165 años, el hermano pequeño, fácilmente influenciable, aunque bajo su mando se encuentra la Energía. Simon Zelotes Benedictus X, de 169 años, aparenta 40, carismático y amante de la atención, gracias a ese carisma la Educación está a sus pies. Thaddaeus Benedictus XI, de 171 años, el místico que cree haber encontrado la redención, controla la Religión. Finalmente, Iudas Benedictus XII, de 165 años, discreto y escurridizo, evita la exposición pública pero domina el Desarrollo de la sociedad.




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