Tras varios días de viaje, el vehículo finalmente se detuvo. Pentrix descendió y descubrió un páramo en medio de la nada. El sol apenas rozaba la tierra, mientras el viento arrastraba polvo sobre lo que alguna vez fue un poblado. Ahora, solo quedaban ruinas dispersas, estructuras oxidadas y un silencio que parecía eterno.
Pentrix avanzó entre los restos. No halló más que manchones de hierba aislados, tierra desolada y fragmentos de memoria enterrados en el polvo. Entonces, sus ojos se fijaron en un charco turbio, del que brotaba un delgado hilo de agua. Se detuvo, recorriendo el lugar con la mirada, como si lo evaluara, como si escuchara algo que nadie más podía percibir.
Guardó silencio.
Luego, extendió los brazos. Un vasto escudo azul emergió de su cuerpo, desplegándose en un radio de cuatro o cinco kilómetros. La tierra vibró levemente. El aire se volvió más denso, cargado de energía.
La estructura metálica oxidada cercana comenzó a retorcerse y chirriar, como si respondiera a una voluntad invisible. Poco a poco se transformó en una especie de obra de arte: espirales, curvas, formas imposibles. El pequeño charco de agua se expandió, recordando que alguna vez fue río. Los restos de las ruinas se hundieron, y la tierra se reacomodó, tragándose lo que quedaba en la superficie. El olor a tierra fresca impregnó el aire.
Debajo de la estructura, enormes piedras brotaron del suelo. Se acomodaron, se elevaron y se entrelazaron, formando lo que parecía un monumento. No a la guerra. No al poder. Sino al renacimiento.
El domo azul comenzó a desvanecerse lentamente. El temblor cesó. El aire se aclaró. Pentrix observó en silencio. Solo sonrió.
Semanas después, a cientos de kilómetros del páramo transformado, en la mansión donde se alojaba Ioahnnes, llegó personal de La Corporación. Vestían trajes oscuros, lentes negros, corbatas impecables y rostros sin expresión.
Al ingresar, se encontraron con Ismael. —¿Dónde está tu jefa? —preguntó uno de ellos, sin rodeos. —Está indispuesta… aún duerme —respondió Ismael, con tono neutro.
El hombre de traje le entregó un expediente sellado. —Es lo que Ioahnnes nos solicitó. Ha habido actividad inusual cerca de una zona despoblada.
Ismael tomó el archivo y observó cómo los hombres se retiraban con eficiencia quirúrgica, subiendo a sus vehículos sin mirar atrás.
Ya solo, abrió el expediente. Lo primero que vio fue una fotografía satelital: en medio de un terreno casi desértico, aparecía un círculo de gran tamaño, de varios kilómetros. Dentro, grandes áreas verdes comenzaban a expandirse. Aunque el círculo aún no estaba completo, la naturaleza parecía cerrarlo poco a poco, como si respondiera a una voluntad invisible.
Ismael guardó el archivo con cuidado, deslizándolo dentro de su chaqueta. En ese momento, Ioahnnes salió de su habitación, completamente vestida, con el rostro sereno pero determinado.
Ismael intentó hablarle del archivo, pero ella lo interrumpió con firmeza: —¡No ahora! Necesito que me acompañes.
Sin más palabras, ambos se dirigieron hacia el exterior. El aire parecía cargado de algo nuevo. Subieron a un vehículo donde un chofer ya los esperaba. Ioahnnes tomó asiento con naturalidad, mientras Ismael se acomodaba a su lado, aún con el archivo guardado en su chaqueta.
El vehículo avanzó. Dentro, Ismael intentó hablarle del contenido: —Señora, hay algo de lo que quiero hablarle…
Pero Ioahnnes lo interrumpió con un tono más severo que antes: —Ahora no, Ismael. No estoy de humor para informes.
Intimidado, Ismael guardó silencio. Ioahnnes sacó su móvil y se distrajo con él, como si el mundo exterior no existiera.
Tras varias horas de viaje, llegaron a lo que parecía ser un búnker oculto entre colinas áridas. Personal militar se acercó al auto, rodeándolo con precisión. Lo inspeccionaron sin pronunciar palabra. Finalmente, uno de ellos abrió la puerta y se dirigió a Ioahnnes: —Señora, bienvenida.
La puerta se cerró y el vehículo continuó su camino hacia el interior de la instalación.
Al llegar, Ioahnnes descendió junto con Ismael. Se introdujeron en el búnker, donde los recibió un centro operativo: pantallas encendidas, mapas en tiempo real, personal técnico trabajando en silencio.
Ioahnnes avanzó con paso firme, pero el personal de seguridad detuvo a Ismael. —Es mi asistente —replicó ella, sin detenerse. —Lo sentimos, señora. Órdenes: solo personal autorizado.
Ismael quedó fuera, observando cómo Ioahnnes desaparecía tras una puerta blindada. Sin embargo, notó que había zonas del búnker a las que sí podía acceder: pasillos laterales, terminales abiertas, puertas sin vigilancia. El silencio se convirtió en oportunidad.
Sabiendo que la reunión de Ioahnnes llevaría horas, Ismael decidió dar un paseo por la instalación. Recorrió los pasillos con calma, observando cómo el personal —en su mayoría vestido con batas blancas— se movía con precisión, sin prestarle la menor atención.
Uno de ellos, al notar su presencia, se le acercó. —¿Quién es usted? —preguntó con tono neutro. —Asistente de Ioahnnes —respondió Ismael, mostrando seguridad.
El hombre le entregó un pase electrónico. —Para que no lo confundan.
Ismael asintió y continuó su recorrido. Cada pasillo parecía idéntico al anterior: luces blancas y zumbantes, puertas selladas, pantallas encendidas, técnicos concentrados en sus tareas. Nadie lo miraba. Nadie lo detenía.
Más adelante, notó una puerta con un letrero claro: Solo personal autorizado. Intentó dar la vuelta, pero su curiosidad lo detuvo. Permaneció indeciso frente a la puerta, observando el lector electrónico.
Justo entonces, una doctora apareció detrás de él. —¿Quién es usted? ¿Qué hace aquí? —preguntó con amabilidad, pero con firmeza.
—Soy el asistente de Ioahnnes —respondió Ismael, mostrando el pase que aún sostenía en la mano.
La doctora lo observó unos segundos y luego sonrió con cortesía. Tomó el pase y lo deslizó por la cerradura electrónica. La puerta se abrió con un leve sonido. —Acompáñeme —dijo.