Pentrix "El despertar de las semillas"

Capítulo 56. El Primer jardín (parte 2)

Aún dentro del baño, Ismael caminaba indeciso de un lado a otro. Sabía que muy posiblemente moriría, pero finalmente tomó una decisión. Recordó cómo Ioahnnes había descartado a su personal como “prescindible” (Capítulo 45), y comprendió que tarde o temprano también lo desecharían. Con miedo, regresó. Sus pasos lo guiaron por los pasillos hasta la zona donde se encontraban los jóvenes y los niños.

Esta vez, un investigador con bata blanca estaba dentro de la celda transparente. Colocaba instrumentos médicos sobre uno de los muchachos. El chico se resistía; su cuerpo temblaba, pero no se rendía.

Ismael observó la escena desde fuera. Levantó el pase. El investigador lo notó y le hizo señas para que lo introdujera en la cerradura electrónica. La puerta se abrió. Ismael entró. —¿No hay forma de que escapen? —preguntó. —No —respondió el investigador, sin levantar la vista—. Las coronas no pueden ser abiertas. Solo el personal de seguridad tiene acceso. —Interesante… —dijo Ismael, con tono neutro. —Sí —continuó el investigador—. Uno de ellos posee poderes de curación. Los niños controlan elementos botánicos. El cuarto aún no lo descubrimos… pero todos tienen gran potencial. —¿En serio? —respondió Ismael, fingiendo curiosidad.

Mientras el investigador se concentraba en colocar el instrumento médico al joven prisionero, Ismael tomó discretamente un objeto metálico de la mesa y lo ocultó en su mano.

El investigador se volteó. En ese instante, Ismael lo golpeó en la cabeza. El hombre cayó al suelo, desmayado.

Silencio.

Los niños lo miraban incrédulos. El joven prisionero respiraba agitado. Ismael permanecía quieto, con el objeto aún en la mano, mirando de un lado a otro, la adrenalina al máximo y el corazón latiéndole acelerado.

El ciclo había comenzado a romperse.

Ismael empezó a retirar las ataduras de los dos jóvenes Evos y de los dos niños. Sus manos temblaban, su pulso seguía desbocado, pero su voz se mantenía firme: —Tranquilos… yo los ayudaré. No puedo hacer nada por los halos, pero saldremos de aquí.

Uno a uno logró desatarlos. Notó sus miradas: aterradas, desconcertadas, rotas. Pero aún había esperanza. —Síganme —les ordenó.

El grupo comenzó a huir por los pasillos. Varios investigadores intentaron detenerlos, pero Ismael sacó un arma de fuego que llevaba oculta. Apuntó sin vacilar y los hizo retroceder. —¡Atrás, infelices! No me obliguen a matarlos, apártense del camino —gritó con desesperación el hombre tembloroso.

Justo en ese momento, sonó una alarma. Las luces parpadearon. El eco metálico del sistema de seguridad se activó.

Ismael y los jóvenes Evos corrieron por los pasillos. Al girar en una esquina, chocó de frente con Ioahnnes. Ambos cayeron al suelo.

Ismael se levantó primero. Apuntó el arma a su cabeza. —Tú, maldita bruja, vendrás conmigo —dijo con voz cortante.

La tomó como rehén. Todo el grupo avanzó. Guardias de seguridad intentaron cerrarles el paso, pero Ismael no vaciló: colocó el arma en la cabeza de la mujer. —¡La mataré, lo juro! —gritó.

Ioahnnes, con el rostro endurecido, respondió: —¡Retrocedan, maldita sea! Y tú, Ismael… dentro de poco estarás muerto.

—Cállate, bruja —replicó él, sin bajar el arma—. Yo ya estoy muerto.

Avanzaron hacia la salida. El aire se llenó de tensión.

Antes de cruzar, Ismael se detuvo. Apuntó a la cabeza de Ioahnnes y le dijo al guardia más cercano: —Quítale la corona anuladora a ese joven. ¡Ahora! No estoy jugando, o ella morirá.

El guardia se acercó, temblando. Descubrió su muñeca, donde llevaba una pulsera de seguridad. La acercó a la frente del joven Evo. La corona se abrió con un leve chasquido.

Pero en ese instante llegaron más guardias. Armados. Decididos.

Ismael retrocedió, sujetando a Ioahnnes con fuerza. El joven liberado respiraba agitado. Los demás lo miraban. Algo estaba por cambiar.

Llegaron al vehículo en el que habían arribado. Ismael obligó a Ioahnnes a entrar, apuntándole con firmeza. Los cuatro jóvenes Evos subieron también, aún temblorosos. El chofer los observó, paralizado.

—Enciende el auto. Y avanza lo más rápido que puedas —ordenó Ismael.

El chofer, viendo la situación, arrancó. El vehículo avanzó a toda velocidad por la carretera.

Ioahnnes, aún con el brazo de Ismael sujetándole el cuello, lo miró con desafío. —Pequeña basura insignificante… yo misma te mataré, acabaré con tu sufrimiento —escupió con rabia.

—Lo sé, bruja… de la misma forma que dejaste morir a tus hombres cuando esos mercenarios intentaron secuestrarte (Capítulo 45). Ella respondió con tono desafiante: —Ellos solo eran sanguijuelas sin valor… al igual que tú.

Ismael cayó en el juego. Intentó golpearla con el arma, pero ella reaccionó con rapidez y logró arrebatársela. En medio del forcejeo, Ismael alcanzó a gritar: —¡Agáchense!

Los jóvenes se cubrieron. Ismael luchó por recuperar el arma. En el forcejeo, se disparó.

El disparo impactó cerca de su pecho. —¡Ahhhhh! —gritó de dolor.

Pero la adrenalina lo sostuvo. Con un último esfuerzo, lanzó un golpe al rostro de Ioahnnes y la dejó fuera de combate.

Respirando con dificultad, rápidamente tomó el arma y apuntó al chofer. —Tú sigue… yo te diré dónde parar.

La sangre comenzó a brotar de su pecho. El dolor lo consumía, pero no se detuvo.

El auto se detuvo en un punto alejado. Ismael bajó a Ioahnnes, aún inconsciente, y obligó al chofer a descender. Luego, con rapidez, subió al asiento del conductor.

Con las manos temblorosas, tomó el volante. El vehículo se alejó del lugar, veloz, como si el mundo estuviera a punto de colapsar detrás de ellos.

Lejos del peligro, abandonaron el vehículo. Todos bajaron. Uno de los jóvenes preguntó: —¿Por qué no continuamos en él?

—Tiene un rastreador —respondió Ismael, con voz cansada—. Iremos a pie. Quemaré el vehículo.




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