Pentrix "El despertar de las semillas"

Capítulo 57. La colina de los lamentos

Un par de jóvenes amigos disfrutan de un paseo en bicicleta, buscando escapar de los problemas cotidianos que aquejan al mundo. El aire fresco, la velocidad, el vértigo, el crujir de las llantas sobre la terracería, recorriendo caminos sinuosos en medio de la naturaleza… todo parece perfecto.

—¡Uuuuhhhh! —grita William, sintiendo el vértigo de la velocidad mientras desciende presuroso por un sendero empinado—. ¡Te estás quedando atrás, Javier!

William ríe con fuerza, saboreando cada instante de su travesía. Javier, jadeante, intenta seguirle el ritmo.

—¡Hey! ¡No vayas tan rápido! ¡Nos estamos alejando demasiado! —exclama, esforzándose al máximo.

Pero William solo responde con carcajadas, acelerando aún más hasta desaparecer entre los árboles.

—¡Vamos, tonto, te estás quedando muy atrás!

Javier continúa pedaleando, pero pronto se encuentra frente a una bifurcación: dos caminos separados. Frena. Se detiene. Observa ambos senderos, intentando adivinar cuál ha tomado su amigo.

Escucha. Silencio. No se oye nada.

Decide tomar el camino ascendente. La pendiente es exigente, el esfuerzo lo consume. Al llegar a una pequeña colina, se detiene para descansar. Saca una botella de agua, bebe y respira profundamente.

El silencio lo envuelve una vez más.

Aprovecha para sacar su dispositivo móvil, intentando ubicar su posición. La señal es débil, el mapa no carga. El bosque parece más vasto de lo que imaginaba.

Y William… no aparece.

Javier avanza un poco más, buscando señal. Sube la pendiente, jadeando. Finalmente, el dispositivo marca su ubicación exacta. Comprende que se han alejado bastante.

Pero algo no cuadra.

El mapa le indica que está cerca de una zona que, según muchos, debería evitarse. Un lugar que los lugareños conocen demasiado bien… y prefieren no nombrar.

El temor comienza a apoderarse de él. Intenta dar la vuelta.

—¡Heyyy! ¿A dónde vas? ¡Continuemos! —dice la voz de William, justo detrás.

Javier se detiene. Se gira con el rostro pálido.

—Vámonos… no deberíamos estar aquí.

—¿Qué te pasa? —pregunta William, notando la inquietud en su amigo.

—Solo… larguémonos de aquí —insiste Javier.

William lo observa, desconcertado.

—¿Qué ocurre?

—Estamos cerca de la colina de los lamentos —susurra Javier.

—¿Qué? —responde William, con tono burlón—. ¡Ahhh! No creerás en toda esa basura… cuentos de borrachos y de gente sin nada mejor que hacer que inventar mitos.

Javier insiste:

—Debemos irnos. Estamos demasiado alejados.

Pero en ese momento, se escuchan ruidos. Árboles crujiendo. Un sonido seco, profundo, como si algo se arrastrara entre las raíces.

Javier se sobresalta. Sus ojos se abren y una mueca de miedo se dibuja en su rostro.

William se ríe.

—Jajaja, ¿ves? Solo son los árboles… movidos por el viento.

Ambos se quedan en silencio. El ruido vuelve a aparecer. Un crujido grave, como si la tierra misma se quejara.

Javier, totalmente aterrado, monta su bicicleta y huye despavorido, sin mirar atrás.

William lo observa alejarse. No lo sigue. Intrigado por el sonido, decide subir un poco más.

Llega hasta un claro en lo alto de la colina. Solo hay un poco de hierba… y lo que parece ser un gran árbol seco. No encuentra absolutamente nada.

William se ríe para sí mismo.

—Tonto cobarde… solo es el viento que mece las ramas de los árboles.

Pero justo detrás de él, se escucha un nuevo sonido. La madera comienza a retorcerse. Rechinidos agudos, como si el árbol estuviera despertando.

William se gira lentamente.

Frente a su rostro aparece algo que alguna vez fue humano: una cabeza retorcida, deformada, incrustada en el tronco seco. Aquellos ojos lo miran directamente.

Queda inmovilizado, observando con horror a ese ente.

Luego surgen otras dos cabezas, completamente deformadas, fusionadas con la corteza. Tres rostros humanos atrapados en la madera.

Una de las cabezas habla con voz silbante, dificultosa:

—¿Has venido… a matarnos?

La segunda:

—¿Has venido… a ayudarnos?

La tercera no habla. Llora. Con los ojos abiertos, fijos, desesperados. Como si un dolor inmenso la consumiera.

William, paralizado, casi orinándose del miedo, contempla cómo las tres figuras están completamente fusionadas con el árbol. Cuerpos que alguna vez fueron humanos… ahora parte de la colina.

La cabeza que llora lanza un grito desgarrador:

—¡Mátaaaaanosssss!

William sale huyendo, completamente aterrado.

Mientras desciende por la colina, los lamentos resuenan en el aire. Como si el bosque entero llorara.

Una semana atrás.

En las oficinas centrales de la corporación reina el pánico y la confusión. Philippus Benedictus IV —el hombre del bastón— irrumpe en el recinto, visiblemente alterado.

—¡Informe, maldición! —exige con voz temblorosa.

Un joven ejecutivo se adelanta, nervioso.

—Los tres miembros fundadores han desaparecido.

Philippus se detiene en seco.

—¿Qué dices? ¿Cómo que desaparecieron? ¿Fueron raptados? ¿A qué te refieres?

El ejecutivo traga saliva.

—No, señor. La instalación segura donde se reunieron Andreas Benedictus I, Iacobus Benedictus II e Ioahnnes Benedictus III… fue tomada por sorpresa.

Philippus se tambalea. Apoya el bastón con fuerza.

—¿Qué fue esta vez? ¿Héroes? ¿Evos? ¿Villanos? ¿Algún grupo radical?

El joven lo mira directo a los ojos.

—Ninguno de ellos, señor. Fue… “ÉL”. Está confirmado. Nos mandó un mensaje.

Philippus se toma la cabeza. El rostro se le descompone. La seguridad, el control, el linaje… todo se desmorona.

—¿Quién entregó el mensaje?

—Está siendo interrogado en estos momentos. Fue el único sobreviviente —informa el joven ejecutivo.

El silencio llena el espacio entre ellos.

El bastón de Philippus tiembla. El ciclo ha comenzado a devorar a sus creadores.




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