En el video, alguien se acerca al doctor Thomson y le ofrece un vaso de agua. Su mano tiembla sin control. Bebe con dificultad. Respira profundamente.
La voz grave insiste:
—Continúe, por favor.
El doctor respira hondo y retoma el relato:
—Ioahnnes fue la primera en levantarse de su escondite. Encaró al desconocido, lo miró fijamente y gritó con odio: “Eres ÉL.” Se acercó sin miedo alguno al chico.
—Sacó un arma de fuego y apuntó directo a su rostro.
—Nueve disparos. A esa distancia, debieron ser mortales.
—Pero ninguna bala lo alcanzó. Todas quedaron suspendidas en el aire. La mirada decidida de la mujer lo decía todo. Luego, las balas cayeron al suelo, como si la gravedad las hubiera olvidado por un instante.
—El chico le dedicó una sonrisa. No apartó la mirada de Ioahnnes.
—En un movimiento veloz, tomó su muñeca —la misma con la que aún sostenía el arma—. Lo hizo con una rapidez propia casi inhumana. No con violencia excesiva, sino con precisión quirúrgica.
—Se escuchó el crujir de su mano.
—Ioahnnes cayó al suelo. Sostenía su brazo quebrado, con una mueca de dolor profundo; gruñía y se revolcaba en el piso.
—Después, el chico se giró hacia nosotros. Hizo que los otros dos fundadores se levantaran. No los tocó. No hubo palabras, ningún diálogo amenazador. Solo los miró. Y ellos obedecieron. Quizá por el terror que les infundía.
El doctor continúa con su voz quebrada:
—Luego… nos condujo hacia afuera del complejo. No hubo amenazas. No hubo palabras. Solo silencio. Avanzábamos por aquel desolado lugar.
—Nos alejó a los cuatro de ahí. Nos obligó a mirar.
Un enorme escudo de luz azul cubrió la instalación subterránea. La tierra se retorció, las piedras crujieron… y lo que antes fue una fortaleza quedó convertido en un lago incandescente de magma rojo. Un espectáculo aterrador, algo imposible, algo que jamás había presenciado.
—Después, nos llevó a una colina cercana. Caminábamos por senderos de tierra, entre el bosque.
Uno de ellos, Iacobus Benedictus II, en un intento desesperado lo increpó, con más temor que desprecio:
—¿Acaso tienes idea de quiénes somos?
El chico lo miró y respondió con calma:
—La toxina que infectó al mundo y a la humanidad.
El anciano ya no replicó.
Llegamos a un claro. Había un árbol seco, silencioso, testigo inmóvil en medio de aquel paraje solitario. Imposible de ignorar.
El chico sacó la tableta y nos mostró un video.
Una joven aparecía en un bucle interminable. Tenía cables conectados, pero aún luchaba por liberarse. Aún respiraba. Su mirada no era de miedo, sino de desafío.
Nos preguntó si la conocíamos.
—Andreas Benedictus I, Iacobus Benedictus II… no supieron responder. Quizá por el temor que el chico les provocaba, pero sus miradas decían la verdad: no sabían quién era la joven del video.
Ioahnnes, fría, escupió:
—Fue estudiada. Y desechada.
El chico la miró y replicó con calma:
—Ella era una heroína. Quizá… pudo haber salvado tu miserable vida.
Sacó una de las armas de la heroína, la misma que había tomado durante el ataque al archivo audiovisual y se la mostro.
Ioahnnes reaccionó. Lo reconoció:
—Eras tú… el héroe que la acompañaba. (Capítulo 45)
El chico no se inmutó.
—Su nombre era Rain. Su nombre de heroína… era Quikshot. Y era mi amiga.
Ioahnnes bajó la mirada. Su silencio la delato. Sabía que estaba a punto de morir.
Entonces aparecieron tres círculos azules bajo los pies de los tres principales. Ellos los vieron.
De repente, una fuerza invisible los despojó de sus ropas. Los ancianos quedaron completamente desnudos.
—Nunca había visto el cuerpo de los tres ancianos —dice el doctor Thomson, con voz temblorosa.
Pero el chico los observó. No con morbo. No con odio. Los miró como quien evalúa una historia escrita en carne, mientras caminaba alrededor de ellos.
Las cicatrices cubrían sus cuerpos: marcas de cirugías, de reemplazos, de intervenciones.
El chico les preguntó su edad.
Andreas Benedictus I respondió:
—Ciento ochenta y seis años.
Luego se dirigió a Iacobus Benedictus II:
—Ciento ochenta y ocho.
Finalmente, Ioahnnes Benedictus III:
—Ciento ochenta y cuatro.
El chico seguía observando y murmuró:
—Pulmones. Riñones. Páncreas. Hígado. Corazón. Córneas. Médula ósea…
—Así que esto es lo que buscaban —dijo—. Esta es la razón por la cual han hecho sufrir al mundo entero… este es el pecado que condenó a toda la humanidad.
Andreas, temblando, dejó escapar una frase desde lo más profundo de su pecho:
—Nosotros… te creamos.
Tal vez en un intento desesperado de salvar su vida.
El chico lo miró y comenzó a reír, burlándose del anciano:
—¿Ja ja ja… de verdad crees eso?
Ioahnnes levantó la mirada. Conectó todo lo que había visto, todo lo que había investigado:
—Fuimos engañados… usados como peones de algo más grande, ¿no es cierto?
Iacobus Benedictus II reaccionó con furia:
—¡Qué locura dices, mujer! ¡Nosotros lo creamos!
Pero Ioahnnes respondió con firmeza:
—No eres humano. No eres Evo ni Neoevo. Tu poder… tu aura… no son de este mundo.
Y luego, en voz baja, murmuró:
—Dios.
El doctor continúa con el relato:
—Finalmente… nos dijo su nombre: “Mi nombre es Pentrix. El inquisidor 1005. Y hoy les daré el regalo que han estado persiguiendo con tanto anhelo. Mi esencia puede contradecir la muerte que limita sus frágiles y patéticos cuerpos.”
Los llevó hasta el árbol seco. Los obligó a tomarse de las manos.
—Una energía azul emanó de él —dice el doctor, temblando nuevamente—. Rodeó los cuerpos de los tres principales… junto con el árbol.
La energía comenzó a girar lentamente alrededor de ellos. Y sus cuerpos… se empezaron a retorcer —llora el doctor—, junto con el árbol. Los cuerpos desnudos de los ancianos se fusionaron. Gritos de dolor. El sonido de músculos, huesos, piel… retorciéndose.