Philippus Benedictus IV está en su oficina, sentado frente a una cámara lista para grabar. Sus séquitos se mueven en una coreografía caótica: susurros, pasos apresurados, tensión. El personal de la corporación lo maquilla, preparándolo para dirigirse a los demás miembros restantes de la Ordo Benedictorum.
—Apresúrense —se escucha entre las voces—. Terminen de maquillarlo. —Listo, señor.
La cámara finalmente se enciende. Un silencio sepulcral invade la oficina. Al mismo tiempo, una pantalla revela los rostros de los otros ocho miembros.
Philippus guarda silencio; su mirada se pierde un instante, su rostro demacrado refleja el cansancio acumulado. Luego, las palabras emergen con gravedad:
—Caballeros… lamento informarles con profunda tristeza que Andreas Benedictus I, Iacobus Benedictus II y Ioahnnes Benedictus III, los tres fundadores de nuestra amada orden, han sido aniquilados por “ÉL”. Cayeron en un asalto contra una de nuestras instalaciones, la cual fue vaporizada junto con ellos, todo el personal, los datos, los equipos y años de investigación. Ahora sabemos que el nombre de “Él” es Pentrix.
En la pantalla… solo hay silencio. Miedo en los ojos, temor en los rostros de los miembros restantes. Nadie se atreve a pronunciar palabra.
—Hemos recibido un golpe devastador —continúa Philippus—. Como siguiente en la escala de la Ordo Benedictorum, asumiré el mando de nuestra organización a partir de ahora. Ya he preparado un plan para detener a Pentrix. Sabemos dónde se encuentra en este momento.
Matthaeus Benedictus VII levanta la voz: —No eres estratega. No eres ni la sombra de Andreas Benedictus I. Si sabes la ubicación de “Él” (Pentrix)… quizá es porque está esperando que nos movamos. Esperando que nosotros mismos nos descubramos. ¿No has pensado en eso?
Philippus lo mira con frialdad: —¿Escúchame, infeliz niño bonito… tienes una mejor idea?
La pantalla se llena de silencio.
—Quizá pueda obligarte a que acompañes al grupo élite que va en busca de Pentrix.
Matthaeus queda callado. La amenaza ha sido clara.
En otro lugar, dentro de uno de los búnkeres secretos de la corporación, se reúne un equipo. Alguna vez fueron llamados héroes. Ahora… simples mercenarios al servicio del mejor postor, desesperados por ganar dinero rápido. Se preparan para su misión más importante.
El equipo está compuesto por Vort, un vikingo semidiós que porta un escudo protector y una espada mítica capaz de arrojar rayos eléctricos; Morrigan, una Evo femenina de la guerra, cuyo poder mágico le permite transformarse en diversos animales; Bigger, una criatura de tres metros de altura, masiva, de fuerza bruta y resistencia descomunal; Dome, una mujer capaz de generar poderosos campos de fuerza; y Mechanik, mitad hombre y mitad máquina, cuya parte humana está encerrada en un armazón robótico. Es táctico, calculador y posee un arsenal de armas avanzadas integradas en su cuerpo mecánico.
Un ejecutivo de la organización les informa: —Nuestro objetivo se llama Pentrix. Su misión es capturarlo y traerlo a nuestras instalaciones. No deben lastimarlo bajo ninguna circunstancia; deben traerlo vivo.
Mechanik pregunta: —¿Qué tipo de poderes tiene?
El ejecutivo responde: —Solo sabe lanzar ráfagas de energía. Es solo un chico. Puede crear burbujas.
Bigger se burla: —¿Burbujas? Qué poder más ridículo. Jajaja.
Pero el ejecutivo insiste: —Es en extremo peligroso.
Vort empuña su espada mítica: —No hay peligro que no pueda enfrentar. Soy el semidiós de las tormentas. Con el equipo que tenemos aquí… será fácil capturar a un simple chico.
Morrigan, envuelta en misterio, se mantiene atenta. No habla. Observa.
El ejecutivo continúa: —Serán transportados directamente al Jardín donde se refugia. Recuerden: no deben llegar volando. No deben ser detectados.
Morrigan pregunta mientras revisa el expediente con inquietud: —Aquí no hay ninguna foto del objetivo. ¿Cómo se supone que lo identifiquemos?
El ejecutivo responde con firmeza: —Cuando lleguen al lugar… lo reconocerán.
Más tarde, un par de helicópteros ya preparados y aguardando recogen al equipo táctico. Las hélices giran con fuerza, levantando más ruido, viento y polvo del necesario. Un técnico en tierra les hace señas. Los helicópteros despegan, se elevan del suelo, ganando altura, y comienzan a perderse en el cielo nublado rumbo al Jardín.
Después de varias horas de vuelo, los helicópteros descienden. A lo lejos, a un par de kilómetros, se distingue un enorme círculo verde en medio de una zona casi árida. El piloto hace señas al equipo táctico, debido al ruido ensordecedor de las hélices, indicando que pronto bajarán.
Los helicópteros aterrizan lejos del Jardín. Los cinco mercenarios descienden apresuradamente. Un auxiliar lanza las bolsas con las armas del equipo. Ellos se preparan, colocándose su avanzado equipamiento, y comienzan a caminar rumbo al círculo verde. Inmediatamente, los helicópteros vuelven a despegar. Mientras se elevan, el piloto les levanta el pulgar, deseándoles suerte. El equipo responde a la seña y se dirige al Jardín. Aún queda distancia por recorrer, pero ya están dentro del territorio de Pentrix.
Después de un largo trayecto a pie, el equipo táctico llega al límite. Frente a ellos, el paisaje árido y casi desértico se transforma. Comienza el Jardín: frondoso, verde, vivo.
Mechanik es el primero en hablar: —¿Cómo diablos existe esto en medio de la nada?
—No lo sé —responde Vort—. Quizá aún existen misterios que no tienen respuesta.
Pero Dome interrumpe con impaciencia: —No vinimos a admirar la naturaleza. ¡Caminen!
Todos se introducen en el Jardín.
El viejo ciborg advierte con tono calculador: —No se separen, el enemigo podría emboscarnos en cualquier momento. Es extraño… mis sensores integrados no registran actividad humana.