Pentrix "El despertar de las semillas"

Capítulo 60. La Caída del Imperio

En las lujosas oficinas corporativas de Philippus Benedictus IV, él permanece de pie, tambaleante, agitado, con la mirada fija en los objetos esparcidos por el suelo. La noticia de la derrota del equipo élite cae como un balde de agua helada. Una respiración profunda y entrecortada rompe el silencio, interrumpido únicamente por el eco de una frase que resuena en la mente de Philippus:

“No eres estratega. No eres ni la sombra de Andreas Benedictus I”, palabras de Matthaeus Benedictus VII que ahora duelen más que nunca.

El mensaje enviado por Pentrix al resto de la Ordo Benedictorum es contundente: “Ya saben quién soy. No me busquen, pues yo los encontraré.”

La oficina es un caos: la computadora destrozada, los cristales hechos añicos, objetos dispersos por el piso. Todo refleja la frustración de Philippus, incapaz de contener lo que se ha desatado.

Mientras tanto, en el Jardín, escenario de la batalla, Pentrix se prepara para marcharse. Ismael y cuatro jóvenes Evos lo observan en silencio. Uno de los niños, cuyo don es controlar la botánica, se acerca con timidez. Le agradece a Pentrix y pregunta: —¿Por qué te marchas ahora?

Pentrix responde con una sonrisa serena: —Debo continuar mi camino. Allá afuera existen fuerzas más terribles… e incomprensibles que buscan aniquilar lo ya construido.

Los otros tres chicos se aproximan y lo abrazan, deseándole buen viaje. Ismael también se acerca, con una duda en la mirada. Uno de los muchachos le dice con emoción: —Buena suerte, Pentrix… gracias por el hogar que nos has brindado.

Mientras se despiden, Ismael pregunta con inquietud: —¿Es buena idea dejar a los jóvenes solos? ¿No regresarán más mercenarios de la Corporación?

Pentrix lo mira con calma: —Están en su hogar. Están a salvo. Nadie se atreverá a venir aquí otra vez. Además, ahora tienen a un guía. Esa es tu misión.

Ismael sonríe genuinamente ante tal mención, estrecha la mano de Pentrix y lo observa marcharse, dejando atrás el Jardín… y el eco de una nueva era.

Más tarde, Pentrix viaja en la parte trasera de una camioneta que avanza por las carreteras. Observa cómo el paisaje se transforma con cada kilómetro recorrido: el aire fresco, el brillo del sol filtrándose entre los enormes árboles, el rugido de los vehículos que pasan en sentido contrario, las montañas, los ríos, los bosques y los puentes colosales forman parte del escenario que va quedando atrás.

Tras varias horas, el entorno cambia. A lo lejos se distingue una ciudad inmensa, extendida como una mancha de concreto entre las montañas. El vehículo finalmente se detiene. El atardecer ha caído sobre aquella remota ciudad. Pentrix baja de la camioneta, ajusta la mochila al hombro y se adentra en las primeras calles.

No es diferente de otras urbes: gente caminando con prisa, ocupada en sus asuntos, sonidos familiares, anuncios luminosos, vendedores ambulantes, murmullos de la multitud. Con su apariencia humana, Pentrix pasa desapercibido. Entre la muchedumbre, avanza con calma, buscando un parque.

Mientras se interna más en aquellas calles, una explosión sacude lo alto de un anuncio publicitario. Un trío de Evos provoca destrozos. No son villanos, solo jóvenes ebrios que han salido de un bar cercano.

Dentro del grupo, una chica destaca: su puño brilla con un intenso resplandor verdoso. Es ella quien ha lanzado la ráfaga que impactó contra un viejo letrero, haciéndolo caer con estruendo.

Pentrix inevitablemente tiene que pasar por ese lugar. Mientras avanza, los tres ebrios lo notan. Dos de ellos, de musculatura evidente y estatura imponente, se acercan tambaleándose. Uno se detiene frente a él, obligándolo a frenar.

—Miren lo que tenemos aquí —dice entre risas y con la voz arrastrada—. Un humano tonto que regresa de su aburrido trabajo.

La chica Evo llamada Gissel, en evidente estado etílico, lo observa con descaro: —Uuuuh… qué chico más lindo, quizá te invite a salir conmigo después.

El otro Evo, Sebastián, extiende la mano: —¿Por qué no nos das unas monedas, hombre?

Pentrix permanece tranquilo. No los mira. Reconociendo su estado inconveniente, continúa caminando, dejándolos ahí parados. Se adentra en el parque que ha estado buscando.

Pero los tres problemáticos, ahora algo agresivos, lo siguen y le cierran el paso nuevamente. Anthony, el tercero, se interpone: —No, no, no… eso fue muy descortés. Ahora tendrás que pagarnos el doble.

Pentrix los observa por primera vez y les dice con calma: —¿Por qué no van a casa? Beban mucho café muy fuerte, es mejor.

Intenta alejarse, pero Sebastián lo toma del hombro. Pentrix reacciona de inmediato: aprieta la mano con la suficiente fuerza. El Evo grita de dolor: —¡Arggggg!

Cae al suelo, derribado, tomándose la mano. Anthony se lanza contra Pentrix, intentando taclearlo, pero rebota como si se hubiera estrellado contra una pared invisible.

Gissel, al ver a sus compañeros en el suelo, activa su poder. Su puño brilla con un tono verde intenso. Intenta intimidar al “tonto humano” que tiene enfrente: —Te daré una lección que no olvidarás, nadie lastima a mi hermano.

La chica ebria menea el puño brillante frente al rostro de Pentrix, intentando intimidarlo. Dispara su poder, pero su estado inconveniente la traiciona: la ráfaga rebota en un poste metálico y regresa, golpeándola de lleno. La chica cae inconsciente.

Con reflejos precisos, Pentrix la sostiene antes de que su cuerpo toque el suelo.

Pero algo ocurre en ese instante. Rayos eléctricos de luz blanca descienden tras la muchacha. Su cuerpo se acomoda como si la borrachera hubiera desaparecido. Abre los ojos y lo mira con una expresión distinta.

El parque comienza a desvanecerse. El ambiente se impregna de una paz increíblemente reconfortante. A su alrededor, el entorno cambia: el cielo se transforma en un fondo de estrellas, galaxias y nebulosas. Todo queda envuelto en una atmósfera cósmica llena de movimiento y luz. Pentrix ya sabe lo que esto significa.




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