Aún en el viaje cósmico, como si el tiempo no existiera en ese plano, la chica Evo —poseída por la Madre Divina— continúa hablando con voz resonante:
—La Atlántida no fue la única que pagó el precio. Otras civilizaciones fueron extinguidas a lo largo de las eras: los Sumerios, los Minoicos, Sodoma, Gomorra, los Mayas… incluso otras tan antiguas cuyos nombres jamás fueron conocidos, o se perdieron en el río del tiempo. Cada una cayó por su pecado inculpador.
Eso ocurrirá si fallas, hijo mío: semilla de la dualidad y la contradicción.
La sociedad en la que has germinado ya ha sido señalada. Las élites de este plano han cometido crímenes aberrantes contra su propia humanidad. El descubrimiento de las habilidades divinas de los llamados Evos y Neoevos fue el eco catalizador que obligó a la Orden Divina a actuar una vez más.
Pentrix permanece en silencio. La Madre Divina coloca una mano sobre su cabeza, con un gesto maternal y reconfortante: —Aún hay tiempo de salvar lo ya creado. Incluso sin el redentor, es posible, hijo mío.
Su voz se suaviza, cargada de solemnidad: —Eres lo que ellos no comprenden. Tu dolor, tu sufrimiento, tus temores… son parte del entendimiento. Vencerás donde otras semillas primordiales, donde otras deidades, donde héroes valientes y poderosos, donde la fragilidad humana ha fracasado. No dudes del latido de tu corazón, pues en él resuena la fuerza de los mundos.
La voz se vuelve más tenue, como un susurro que se extingue en el cosmos: —Mi tiempo se ha agotado. Lucha con toda tu esencia. No temas a tu poder. Busca tu vínculo: aún perdura en este plano tangible. La debilidad y la fortaleza son la misma arma que te llevará a la victoria decisiva. Encuéntrala… y lo entenderás. Su luz es la que te guiará hacia la victoria, hijo mío.
De pronto, una energía blanca emerge del cuerpo de la Evo. Se eleva al cielo a toda velocidad, dejando tras de sí un rastro de luz.
La chica Evo se derrumba. Pentrix la sostiene antes de que su cuerpo golpee el suelo. La paz y la tranquilidad se disipan, devolviendo la normalidad a la ciudad. La joven ebria yace desmayada en los brazos de Pentrix.
En ese instante, una voz femenina interrumpe a sus espaldas: —Eso fue increíble.
Pentrix se gira, sorprendido y visiblemente confundido. Frente a él se encuentra una heroína con traje ajustado, reforzado en algunas partes con lo que parece una armadura ligera, sosteniendo un Bo —arma de madera larga.
Pentrix intenta disimular: —No sé de qué hablas —dice con tono neutro.
—La forma en que detuviste a ese trío problemático —responde ella, señalando a los Evos inconscientes: dos en el suelo y la chica en sus brazos.
Pentrix suspira con alivio: —Ahhh… tuve suerte de que estuvieran ebrios. Si no, me habrían dado la paliza de mi vida.
La heroína sonríe ampliamente y lo ayuda a colocar a la chica en una banca cercana. El muchacho se prepara para retirarse, pero ella lo detiene con una pregunta: —Oye… eres nuevo por aquí, ¿no es cierto?
Pentrix, intentando alejarse, responde con evasiva: —Sí, lo soy. Solo vine a buscar trabajo, pero al parecer no hay. He recorrido todo el lugar.
La heroína se coloca frente a él, observándolo con atención, escrutándolo de arriba abajo: —No tienes dónde quedarte, ¿verdad?
Pentrix responde con un simple: —Así es… eres muy observadora.
Su tono busca cerrar la conversación, esperando que la heroína lo deje en paz y poder continuar con su camino. Pero, para su suerte, la policía llega al lugar. La heroína se queda hablando con los oficiales, explicándoles la situación. Pentrix aprovecha el momento para alejarse discretamente del parque, caminando hacia otro punto de la ciudad.
Avanza por las calles con la mochila al hombro, alejándose rápidamente de la escena. Mientras pasa frente a los negocios, se hunde en sus pensamientos: la advertencia de la Madre Divina aún resuena en su mente. Al girar en una esquina, se encuentra nuevamente con la heroína. Pentrix baja la cabeza y deja escapar un suspiro.
—Si buscas el refugio para pasar la noche, está del otro lado —dice ella, acercándose con paso firme—. Soy Valkery —se presenta.
El chico, consciente de que no podrá deshacerse de ella fácilmente, responde: —Mi nombre es Pentrix —extiende la mano y la saluda de manera forzada.
—Te acompañaré al refugio —añade ella—. Me aseguraré de que ningún otro ebrio vuelva a molestarte. No es común que chicos jóvenes como tú vengan a este lugar en busca de trabajo. La mayoría se marcha a sitios lejanos y, como ves, solo se quedan los problemáticos.
Sin otra opción, Pentrix acepta. Intenta no sonar maleducado, aunque la incomodidad es evidente. Para forzar la plática, pregunta: —Ammm… ¿Por qué una heroína anda sola deteniendo Evos peligrosos?
Valkery responde sin dudar, con entusiasmo en su voz: —Otros héroes se han decepcionado… o han dejado de serlo. Yo decidí convertirme en heroína cuando supe que un joven se sacrificó en un gran parque, intentando salvar a mucha gente (Capítulo 50).
Pentrix guarda silencio. Sabe que habla de él, pero también que la verdad fue distorsionada.
Mientras caminan rumbo al refugio, Pentrix lanza una pregunta con tono neutro: —¿Cómo sabes que ese héroe se sacrificó por salvar… y no hizo lo contrario?
Valkery lo mira de reojo, incrédula y algo ofendida: —Veo que eres de esos, escépticos. Pero los medios siempre manipulan la verdad. Es una historia conocida dentro de la comunidad Evo y de los Neoevos. La ciudad fue destruida, pero el joven murió siendo lo que era: un verdadero héroe.
Pentrix permanece en silencio. Sabe que eso no es cierto. Alguien manipuló esa verdad.
A lo lejos se distingue un edificio antiguo, con una entrada donde varias personas esperan en fila para poder entrar. Finalmente, llegan al refugio. Valkery presenta al chico desconocido y lo dejan pasar sin hacer preguntas. Ella observa cómo el joven forastero entra al lugar… y se retira.