Pentrix "El despertar de las semillas"

Capítulo 62. Atorado

Es de noche. Sobre las montañas que rodean la ciudad, el cielo comienza a cubrirse de nubes. Breves destellos iluminan la oscuridad, como señales silenciosas en la bóveda celeste. Aunque el espectáculo dura poco, deja una impresión profunda.

Las primeras gotas caen, empapando la ciudad. La lluvia nocturna arrulla a cada habitante, envolviéndolos en un sueño sereno.

Amanece. La ciudad despierta en una danza de movimiento constante. Las calles y los edificios, aún húmedos por la tormenta, se llenan de personas que van y vienen. Los negocios abren sus puertas, mientras máquinas barredoras recorren las avenidas, borrando los rastros de la noche.

En el refugio, algunos se preparan para partir. Entre ellos está Pentrix. Listo para continuar su camino, abandona el lugar donde pasó la noche y agradece a quien lo recibió. Camina entre la multitud, invisible entre los rostros apresurados.

Aunque su energía parece inagotable, su cuerpo humano aún requiere alimento. Busca entre los comercios y encuentra un sitio tranquilo.

En la televisión del establecimiento, una noticia interrumpe la programación habitual: un deslave ha bloqueado la carretera principal. Permanecerá cerrada al menos un día.

Pentrix observa la pantalla y suspira. El camino está bloqueado.

Sale del negocio de comida y contempla la larga fila de personas frente a la taquilla de boletos del transporte. La tensión ha aumentado: algunos discuten con el vendedor, otros esperan resignados. Un letrero en la ventanilla anuncia: “El servicio está suspendido”.

Para cientos de personas, la noticia es fuente de desesperación y frustración. Pentrix, en cambio, lo toma con calma. Se retira rumbo al parque de la noche anterior, caminando entre quienes regresan a sus hogares con el día torcido.

En el centro del parque hay un quiosco. El entra y se acomoda en el suelo. No está solo. Varias personas que trabajaron durante la noche y que intentaban volver a casa por la mañana también han quedado varadas. Algunos han improvisado prendas para sentarse, otros desayunan como en un picnic dentro del mismo quiosco.

Uno de ellos se queja, con voz cansada: —Hoy debí llegar a casa… pero aún sigo aquí. ¡Mi esposa me matará!

Otro, más joven, murmura: —Tenía una entrevista de trabajo. La voy a perder. Maldito deslave.

Pentrix escucha en silencio. El juicio no siempre llega con violencia. A veces, llega con espera.

En otra parte de la ciudad, el trío de Evos —Gissel, Sebastián y Anthony— sale de la prisión local. Solo fueron encerrados doce horas por causar desastres menores.

Gissel se toma la cabeza, confundida. El dolor de la resaca la atormenta. —Ahhh… tuve un sueño muy raro… —murmura.

Sebastián y Anthony se burlan: —Estabas completamente ebria —dice uno. —Seguro soñaste con luces verdes y unicornios —añade el otro, con tono mordaz.

Pero ambos callan de pronto. Porque, aunque no lo dicen, recuerdan a un tipo molesto. Uno que no se movía como humano. Uno que los miró… como si ya supiera quiénes eran.

El trío de Evos camina por las calles de la ciudad, inmerso en sus propias conversaciones. Ríen, bromean, sin sospechar que alguien los observa.

Un sujeto disfrazado como un habitante cualquiera los sigue a distancia, con discreción. En su mano lleva un radio comunicador, tecnología poco común entre civiles. Solo los cazadores recolectores de la Corporación poseen ese tipo de equipo avanzado.

Sin perderlos de vista, lo escuchamos susurrar: —Sí, son ellos. Tres Evos: dos varones, una mujer. Siguen caminando por la calle lateral B12. En unos segundos aparecerán frente a ti.

Calles adelante, una camioneta negra y robusta espera. Dentro, tres agentes evos con uniformes oscuros. El conductor responde: —Copiado. Nos preparamos para la recolección. Todos a sus posiciones.

El trío continúa su camino entre risas y burlas. Pero al llegar a la calle indicada… son emboscados.

Uno de los agentes dispara un dispositivo neuro restrictor hacia Gissel. El artefacto se ajusta a su frente, anulando sus poderes al instante. Ella cae inmovilizada, sin fuerza.

Sebastián también es neutralizado rápidamente.

Anthony, en cambio, logra esquivar el halo. Cae al suelo por la maniobra y, en un acto de desesperación, activa su poder Evo. Da un puñetazo contra el pavimento.

La tierra responde. Como si ondas recorrieran el suelo, el pavimento estalla. Fragmentos de concreto vuelan por los aires, provocando un estruendo y levantando una columna de polvo que cubre toda la calle.

—¡Pero qué idiota eres! —grita uno de los cazadores, nervioso, dirigiéndose a su compañero—. ¡Elimínalo y larguémonos de aquí!

Pero el Evo resiste.

Anthony, aún libre, canaliza una nueva carga de energía directamente hacia el suelo. La tierra responde una vez más en un intento de intimidar a los agentes. Una enorme nube de polvo y escombros se levanta, envolviendo la calle en caos.

Los cazadores aprovechan la distracción. Toman a Gissel y Sebastián, ya neutralizados, y los meten a la camioneta apresuradamente.

Anthony, desesperado por ayudar a su amigo y a su hermana, se lanza contra el agente que tiene enfrente. Pero un segundo dispositivo restrictor lo atrapa al vuelo, ajustándose en su frente. Su poder se desactiva y cae debilitado.

El agente, rápido, saca un arma y la apunta directamente a la cabeza de Anthony. —¡Estúpido Evo! —murmura con desprecio.

Anthony cierra los ojos. El sonido del gatillo tensándose es lo único que se escucha.

Pero antes de que el disparo ocurra, el agente es jalado hacia atrás con fuerza brutal. Su cuerpo se estrella contra un muro al otro lado de la calle, quedando inconsciente sobre el pavimento.

Los cazadores restantes se detienen. El polvo comienza a asentarse y, entre la bruma gris, una figura se distingue caminando hacia ellos.




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