Peón

Capítulo 1

Nota de la autora: ¡Hola! Os presento los primeros capítulos de PEÓN, el inicio de la Trilogía del Tablero de las sombras. La novela completa ya está publicada en Amazon (y gratis si tienes Kindle Unlimited). Aquí os dejo el inicio para que probéis si os atrevéis a entrar en el juego. ¡Disfrutad! ♟️

"Dicen que el peón es la pieza más débil del tablero. Carne de cañón para salvar a la reina. Y voy a ser sincero: tenían razón. Esto no acaba bien. Si buscas un final feliz, te has equivocado de historia. Pero si quieres saber qué pasa cuando un peón se niega a morir en silencio y cruza un infierno de malas decisiones solo para ver qué hay al otro lado... entonces sigue leyendo."

La mañana tenía el color del cemento mojado y olía a lunes, que para Marcos era una mezcla específica de café quemado, humedad y desesperación silenciosa.

El despertador de su móvil sonó a las 7:30 con la sutileza de un ataque aéreo. Marcos alargó la mano desde debajo del edredón, tanteó la mesilla de noche tirando un vaso de agua (vacío, por suerte) y logró apagar la alarma antes de que su cerebro tuviera que procesar la realidad.

Genial. Otro día apasionante en la vida del futuro ingeniero.

Tenía veinte años, estudiaba Ingeniería Informática en Lleida y su mayor preocupación vital en ese momento era si aprobaría el parcial de Física o si tendría que vender un riñón para pagarse la matrícula del año que viene. Si alguien le hubiera dicho que en una semana estaría echando de menos esa mancha de humedad mientras intentaba no morir en el espacio, se habría reído en su cara.

Se levantó arrastrando los pies. La casa estaba en silencio, salvo por el sonido de la radio en la cocina. Se duchó con agua demasiado caliente, intentando quitarse el sueño de encima, y se vistió con el uniforme no oficial: vaqueros desgastados, una camiseta negra de una serie que ya nadie veía y una sudadera con capucha.

Se miró al espejo mientras se lavaba los dientes. Pelo castaño corto (necesitaba un corte), ojos verdes con ojeras de mapache y cara de no haber dormido lo suficiente.

—Eres un conquistador, Marcos —le dijo a su reflejo con la boca llena de espuma—. Hoy seguro que ligas.

Se enjuagó y escupió. Ojalá.

Bajó a la cocina. El olor a tostadas y café recién hecho era la única razón por la que la humanidad no se había extinguido todavía. Sus padres estaban allí, en su coreografía matutina habitual. Su madre, Carmen, estaba de pie junto a la encimera, untando mantequilla en una tostada con la precisión de un cirujano. Su padre, Antonio, estaba sentado a la mesa, leyendo las noticias en la tablet con el ceño fruncido.

—Buenos días, zombie —dijo su padre sin levantar la vista—. Dicen aquí que va a llover toda la semana. El cambio climático nos va a ahogar a todos.

—Buenos días, papá. Qué alegría de vivir tienes siempre.

Marcos se sentó y agarró la caja de cereales.

—Come algo decente, hijo —dijo su madre, poniéndole delante un plato con tostadas y un vaso de zumo de naranja que parecía radiactivo de lo naranja que era—. Estás en los huesos. Si sigues comiendo solo porquerías en la facultad te vas a poner enfermo.

—Mamá, estoy bien. Es mi constitución atlética.

—Es tu constitución de fideo —replicó ella, besándole en la coronilla—. ¿Tienes clase hoy todo el día?

—Sí. Doble sesión de "Presentación del Temario". Va a ser fascinante. Probablemente me duerma antes de que el profesor termine de presentarse.

Su padre soltó una risita y dejó la tablet. Señaló una caja de DVD que había sobre la mesa.

—Por cierto, he sacado esto del trastero anoche. El Imperio Contraataca. La edición original, sin los retoques digitales esos que le gustan a Lucas.

Marcos sonrió. Era su película favorita desde los ocho años.

—¿La vamos a ver?

—El viernes por la noche. He comprado palomitas de las buenas. Nada de microondas.

—Trato hecho. —Marcos se metió una tostada entera en la boca—. Pero no me hagas spoilers. Creo que el malo es el padre del chico.

—Muy gracioso.

Su madre le tocó el hombro. —¿Te has llevado la chaqueta? Han dicho

que bajan las temperaturas.

—Sí, mamá. La llevo puesta.

—Esa sudadera es papel de fumar, Marcos. Coge el anorak azul.

—Mamá, no voy al Polo Norte. Voy a la uni. Está a diez minutos.

—Haz caso a tu madre —dijo su padre, guiñándole un ojo—. O no saldrás vivo de esta cocina.

Marcos se terminó el zumo de un trago, cogió su mochila (colgándosela de un solo hombro, por supuesto) y le dio un beso rápido en la mejilla a su madre.

—Me voy. Llego tarde.

—¡Llámame si no vienes a comer! —le gritó ella mientras él salía al pasillo.

—¡Sí!

Cerró la puerta de casa. Bajó las escaleras saltando los escalones de dos en dos. Salió al portal. El aire de la mañana le golpeó la cara. Estaba húmedo y frío. El cielo era de un gris plomizo que parecía una tapa de alcantarilla a punto de reventar sobre la ciudad. Las primeras gotas de lluvia, frías y pesadas, empezaron a tamborilear contra el asfalto de la Avenida de Pardiñas.




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