Marcos salió de la facultad con el estómago encogido. No era hambre; era esa sensación de "algo va mal" que se te instala en la boca del estómago y no se va con café. Caminó rápido hacia el piso de Dani, que estaba a unas pocas calles, en un edificio de ladrillo visto de los años ochenta que siempre olía a sofrito y a ambientador de pino.
Llamó al interfono. Tardaron en contestar.
—¿Sí?
La voz de Rosa, la madre de Dani, sonó cansada. No histérica, solo agotada.
—Hola, Rosa. Soy Marcos. ¿Está Dani?
—Sube, hijo.
Marcos subió los tres pisos andando. Rosa lo esperaba en la puerta, secándose las manos en un trapo de cocina. Siempre había sido una mujer alegre, pero hoy parecía apagada. Tenía ojeras y el gesto torcido de quien lleva días mordiéndose las uñas.
—Hola, Marcos. Pasa. ¿Vienes de la uni?
—Sí. Dani no ha ido hoy. Ni estos días. Y no contesta al móvil.
Rosa suspiró y cerró la puerta.
—No sale de la habitación, Marcos. Dice que está estudiando para un proyecto importante, pero... —Bajó la voz—. No come. Apenas duerme. Oigo cómo teclea a las cuatro de la mañana. Y cuando intento entrar, cierra con llave.
—¿Cierra con llave? Dani nunca cierra con llave.
—Lo sé. Está... raro. Huraño. Le pregunto qué le pasa y me dice que le deje en paz, que estoy molestando. —Rosa miró a Marcos con ojos suplicantes—. ¿Tú sabes si se ha metido en algún lío? ¿Drogas? ¿Juego online?
—No, Rosa. Dani no es así.
—Ya no sé qué pensar. ¿Podrías... podrías hablar con él? A ti te hará caso.
Marcos asintió y se dirigió al pasillo. La puerta de Dani estaba cerrada. No había luces extrañas saliendo por debajo, solo silencio. Tocó con los nudillos.
—Dani. Soy Marcos. Abre.
Silencio.
—Venga, tío. Tu madre está preocupada. Y yo también. Abre la puerta o me quedo aquí a cantar la lista de los reyes godos.
Oyó un ruido dentro. Una silla arrastrándose. Pasos rápidos. El pestillo giró. La puerta se abrió de golpe.
Dani estaba allí. Llevaba la misma ropa que la última vez que lo vieron. Tenía el pelo sucio y unas ojeras moradas que le llegaban a los pómulos. Pero lo peor eran sus ojos. Estaban inyectados en sangre y se movían de un lado a otro, inquietos. No parecía loco. Parecía alguien que lleva tres días sin dormir por culpa de un problema que no sabe cómo resolver.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Dani. Su voz sonó seca. No le dejó entrar. Bloqueó el paso con su cuerpo.
—Venir a ver si sigues vivo. No coges el teléfono.
—Estoy ocupado. Tengo mucho trabajo.
—¿Qué trabajo? ¿El de ignorar a todo el mundo? —Marcos intentó mirar por encima de su hombro. La habitación estaba a oscuras, con las persianas bajadas. Solo se veía el brillo de los monitores—. ¿Qué estás haciendo ahí dentro, Dani? Huele a tigre.
Dani le empujó el pecho con la mano.
—Vete, Marcos. En serio. No es un buen momento.
—¿Por qué? ¿Qué pasa?
—Es... complicado. —Dani miró hacia el salón, vigilando que su madre no oyera—. Simplemente vete.
—No me voy a ir. Me estás asustando. ¿En qué lío te has metido? ¿Debes dinero? ¿Te han suspendido?
—¡Que te vayas! —Dani le dio otro empujón, más fuerte—. ¡Déjame en paz! ¡No quiero ver a nadie!
Dani se dio la vuelta bruscamente, entró un segundo en la habitación y agarró su mochila gris del suelo. Ya estaba preparada. Llena. Volvió a salir al pasillo, cerró la puerta de su cuarto de un portazo y echó la llave. Se la guardó en el bolsillo.
—Me voy —dijo Dani, pasando por el lado de Marcos y apartándolo con el hombro—. No puedo estudiar aquí.
—¡Dani! —gritó Rosa desde el salón—. ¿A dónde vas?
—¡A la biblioteca! —mintió él, sin pararse—. ¡No me esperes a cenar!
Dani abrió la puerta del piso y salió corriendo escaleras abajo. Marcos se quedó un segundo paralizado por la brusquedad de todo. Miró a Rosa, que se había quedado blanca en el pasillo.
—Voy a por él —dijo Marcos.
Salió tras su amigo. Bajó las escaleras saltando los escalones de tres en tres. Salió al portal. Dani ya estaba en la esquina, caminando muy rápido, casi corriendo. Llevaba la mochila apretada contra el pecho, no a la espalda. Como si protegiera algo.
—¡Dani! —gritó Marcos.
Dani no se paró. Al contrario, aceleró el paso al oír su nombre. Marcos sacó el móvil y le llamó mientras corría tras él. Lo vio llevarse el teléfono a la oreja sin dejar de andar, con el cuerpo tenso.
—¡Deja de seguirme! —dijo la voz de Dani al otro lado. Sonaba cortante, nerviosa.
—¡Párate y explícamelo! ¡Somos amigos!
—Por eso mismo. Vete a casa, Marcos.
—No me voy a ir hasta que me digas qué te pasa.
—¡Que me dejes en paz! —gritó Dani, y su voz se rompió un poco—. ¡No pintas nada aquí! ¡Olvídame! ¡Hazme ese favor y pírate!
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Editado: 20.04.2026