Marcos intentó hablar, pero su garganta estaba paralizada por el miedo y el dolor residual del estrangulamiento. Entre el terror helado y el cerebro gritando por oxígeno, solo pudo emitir un gorgoteo patético que sonó a súplica. Levantó las manos lentamente, un gesto universal de rendición.
—Camina. Despacio. Hacia delante —ordenó la voz. Sintió la punta de la navaja guiarle, un toque fantasma en su piel—. Ni una tontería, o te abro el cuello.
Marcos no tenía la menor intención de hacer tonterías; el terror era absoluto. Fue conducido como un animal al matadero hacia el último apartamento del fondo.
La puerta se abrió y su captor lo empujó dentro con la fuerza suficiente para que Marcos tropezara con sus propios pies. Cayó de rodillas, tosiendo, con el aire volviendo a sus pulmones en una bocanada dolorosa y rasposa. El shock fue instantáneo, pero no por el golpe. Fue por lo que vio al levantar la vista.
El mundo se inclinó. Esperaba un matadero. Un zulo con colchones sucios y armas. Lo que vio parecía una start-up tecnológica montada en el escenario de un apocalipsis zombi.
La habitación era amplia, probablemente el antiguo salón del piso. Había mesas plegables de plástico blanco dispuestas en forma de U, cubiertas de portátiles que zumbaban, monitores adicionales y una maraña de cables negros y rojos que serpenteaban por el suelo como nidos de víboras.
Había unas ocho personas. Y lo más aterrador era que parecían... normales.
A su izquierda, dos mujeres jóvenes estaban sentadas juntas en un sofá desvencijado que había visto días mejores. Una de ellas, rubia y con los brazos cubiertos de tatuajes coloridos, limpiaba lo que parecía ser una pistola desmontada con una tranquilidad pasmosa. La otra, de pelo negro y con un gorro de lana calado hasta las cejas a pesar de estar a cubierto, la miraba de reojo, vigilando la puerta, vigilando a Marcos, vigilando el mundo entero. Cuando sus miradas se cruzaron, la chica del gorro se tensó y se inclinó ligeramente hacia la rubia, protegiéndola.
Vale. No las molestes.
En el centro, junto a una pizarra blanca cubierta de esquemas incomprensibles y fotos satelitales, había dos hombres discutiendo sobre un plano desplegado. Uno era delgado, con aspecto tranquilo. El otro era una montaña de nervios. Un tipo corpulento con ropa de trabajo azul que parecía a punto de explotar. Marcos vio cómo el tipo grande apretaba los puños, con las venas del cuello hinchadas, y cómo el delgado le ponía una mano en el hombro, suavemente, obligándole a bajar las revoluciones. El perro de presa y el domador, catalogó Marcos.
Y en un rincón, encogido en una silla, pálido como si hubiera visto un fantasma, estaba Dani. Su amigo. El genio de la clase. El chico que se preocupaba por si se le arrugaba la camisa. Dani lo miró. Sus ojos se abrieron tanto que casi se le caen las gafas. Su rostro pasó del blanco al verde y luego a un tono de pánico puro.
—Mierda... —leyó Marcos en sus labios.
Era una escena absurda. Podrían estar en la biblioteca de la facultad preparando un trabajo de fin de grado, si no fuera por el hecho de que uno de ellos tenía un arma, otro parecía querer matarlo con las manos desnudas, y el tipo que estaba detrás de Marcos acababa de intentar estrangularlo.
El caos estalló en la sala con la sutileza de una alarma de incendios en una biblioteca. Si el segundo anterior había reinado un silencio tenso, ahora el aire vibraba con gritos y sillas arrastrándose. Marcos, todavía de rodillas y recuperando el oxígeno que le había robado amablemente, vio la escena como una película a cámara lenta y mal editada.
El primero en reaccionar no fue el líder. Fue el perro de presa.
El tipo corpulento de los planos reaccionó con una violencia instintiva. No gritó de miedo; rugió como un oso al que le acaban de pisar la cola. Sus ojos se inyectaron en sangre y, con un movimiento que delataba demasiada experiencia en peleas de bar, agarró un destornillador largo que había sobre la mesa.
—¡Es uno de ellos! —bramó el gigante, su voz rasgando la acústica de la sala—. ¡Nos han encontrado! ¡Joder, Esteban, hay que matarlo ya! ¡Rápido!
El hombre se abalanzó hacia Marcos, sorteando las mesas con una agilidad sorprendente para su tamaño.
Genial, pensó Marcos, mientras su cerebro le mandaba señales urgentes para que se moviera. Voy a morir en un edificio abandonado, asesinado por un mecánico furioso con una herramienta de bricolaje. En mi lápida pondrá: "Aquí yace Marcos. No sirvió ni para repuesto".
Intentó retroceder, arrastrándose patéticamente sobre el suelo sucio, pero su espalda chocó contra las piernas de su guardían, que seguía detrás de él inamovible como una estatua de la Isla de Pascua. Estaba atrapado entre el yunque y el martillo. O mejor dicho, entre el matón y el destornillador.
—¡Javi, no!
La voz vino de su lado. El otro hombre de los planos —el delgado— se interpuso en su camino. No usó la fuerza bruta, porque contra la masa de su compañero habría salido volando. Usó el cuerpo, poniéndose en medio como un escudo humano, y le agarró las muñecas con firmeza.
—¡Suéltame, Juan! ¡Es un puto topo! —gritó el grandullón, forcejeando, con las venas del cuello hinchadas como cables de fibra óptica mal instalados.
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Editado: 20.04.2026