El trayecto hasta casa fue menos un paseo y más una gymkana de paranoia aguda.
Marcos descubrió que, cuando un gigante con formación paramilitar te dice que te están vigilando, el mundo cambia. De repente, la señora que pasea al caniche no es una jubilada entrañable; es una observadora encubierta. El repartidor de Amazon que mira el móvil en la esquina no está buscando una dirección; está enviando tus coordenadas a un satélite de ataque. Incluso las palomas parecían sospechosas.
Ahora soy el protagonista de una película de espías de bajo presupuesto donde el héroe se asusta de su propia sombra.
Llegó a su portal. Sacó las llaves. Sus manos temblaban tanto que parecían tener vida propia. Buscó la llave de la entrada. La observó un segundo. Rubén tenía razón. Estaba torcida. Ligeramente doblada hacia la izquierda, con una muesca brillante en el metal desgastado.
Sherlock Holmes con esteroides tiene razón.
Metió la llave. Se atascó. Tuvo que tirar de la puerta hacia sí, dar un golpe seco de cadera y girar la muñeca a la vez. El clic familiar sonó como un disparo en el silencio del vestíbulo.
Entró. El portal olía a lo de siempre: a limpiasuelos de limón barato y a la cena de la vecina del primero. Abrió la puerta de casa. El golpe olfativo fue brutal. Olía a sofrito. A cebolla pochada, a tomate frito y a suavizante de ropa. Olía a hogar. A seguridad. A una vida que, hacía apenas tres horas, era la suya, y que ahora le parecía un escenario de cartón piedra.
—¿Marcos? ¿Eres tú?
La voz de su madre, Carmen, vino desde la cocina. Sonaba alegre. Tarareaba algo que sonaba sospechosamente a una canción de Serrat. Marcos se quedó clavado en la entrada, con la mochila colgando de un hombro. Sintió unas ganas repentinas y violentas de llorar. O de vomitar. O ambas cosas a la vez.
—Sí, mamá. Soy yo.
Su madre asomó la cabeza por la puerta de la cocina, secándose las manos en un trapo de cuadros.
—¡Por el amor de Dios, hijo! —Su sonrisa se transformó en un ceño fruncido de preocupación materna nivel 5—. ¿Dónde te habías metido? ¡Te he llamado veinte veces! Tu móvil daba apagado o fuera de cobertura.
El corazón de Marcos dio un vuelco. Claro. Rubén lo apagó.
—Yo... estaba... —Marcos buscó una mentira en su cerebro, pero su cerebro estaba ocupado procesando traumas recientes—. Estaba en la biblioteca. En la zona del sótano. Ya sabes que allí no hay cobertura. Se me... se me ha pasado la hora.
Era una mentira patética. De primero de "Excusas para Dummies". Su madre lo miró, escéptica.
—¿En la biblioteca? —Carmen dio unos pasos hacia él, escrutándolo como si fuera un escáner biométrico—. Marcos, estás pálido como la cera. Y tienes... ¿eso es polvo en la cara? ¿Y hueles a humedad?
Se acercó. Marcos tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no retroceder. Si ella lo tocaba, si notaba la tensión en sus músculos, si olía el miedo rancio que llevaba encima... se rompería. Se pondría a llorar y le contaría que un tipo llamado Javier quería clavarle un destornillador en el cuello.
—Estoy bien, mamá. De verdad. —Forzó una sonrisa que debió parecer una mueca de dolor—. Es que... la Física. El examen parcial. Me he agobiado y me he ido a dar una vuelta por... por las obras de la ampliación del campus. Había mucho polvo.
—¿Por las obras? —Carmen le puso una mano en la frente. Su mano estaba caliente. Olía a ajo y perejil. Era tan normal que dolía—. No tienes fiebre, pero estás helado.
—Solo estoy cansado.
—Bueno, pues tengo noticias que te animarán —dijo ella, cambiando el chip de "madre preocupada" a "madre orgullosa"—. Me ha llamado Amparo.
Marcos parpadeó, tardando un segundo en procesar el nombre. Amparo. La madre de la niña. La pelota. El coche. Parecía que había pasado hacía diez años.
—¿Ah, sí?
—Me lo ha contado todo. —Los ojos de su madre brillaron—. ¡Qué susto, por Dios! Dice que le salvaste la vida a Marta. Que te lanzaste como un héroe. Estaba llorando, la pobre. Dice que eres un ángel.
Marcos sintió una náusea subir por su garganta. Un héroe. Sí, claro. Un héroe que acaba de ser reclutado a la fuerza por una célula paramilitar que vive en una ruina y que ha vendido a sus mejores amigos para salvar el pellejo.
—No fue para tanto —murmuró, mirando al suelo—. Solo... estaba allí.
—No seas modesto. Estoy muy orgullosa de ti, hijo. —Le dio un beso sonoro en la mejilla sucia—. Pero ahora me tienes preocupada. Tienes mala cara. ¿Seguro que estás bien? Pareces... enfermo.
«Estoy bien, mamá, solo que acabo de descubrir que la realidad es una mentira y que mi esperanza de vida se ha reducido drásticamente. ¿Qué hay de comer?»
—Solo es el bajón de adrenalina, supongo —mintió, usando un tecnicismo para sonar convincente—. Lo de la niña... y luego estudiar... me ha dejado KO.
—Pues vete a lavar las manos. He hecho macarrones con chorizo. Tu comida favorita.
Marcos asintió. Macarrones. La normalidad lo estaba asfixiando.
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Editado: 20.04.2026