Marcos no durmió. No fue una de esas noches de "dar vueltas en la cama porque hace calor". Fue una vigilia de ocho horas, forzada y febril, de esas que te dejan los ojos como si te hubieran echado arena.
Se pasó la noche entera mirando el techo de su habitación. En la oscuridad, las sombras de la estantería parecían alargarse, respirando al compás de su paranoia. Cada crujido del edificio —una tubería que se quejaba, el ascensor subiendo, el viento en la persiana— le hacía saltar.
¿Era Rubén? ¿Venía a comprobar que el "paquete" seguía en su sitio?
Se sentía como un animal en una jaula de cristal. Su habitación, que hasta hacía veinticuatro horas era su santuario —su búnker personal de videojuegos, cómics y pereza—, se había convertido en una celda.
A las tres de la mañana, se levantó y fue a la ventana. Levantó la persiana un centímetro, usando el dedo índice como periscopio.
La calle estaba desierta, bañada en la luz naranja y enfermiza de las farolas. Un coche oscuro estaba aparcado en la esquina. Entornó los ojos. No podía ver la matrícula. Un hombre salió de un portal paseando a un perro minúsculo. El hombre se detuvo, miró hacia arriba, hacia la fachada de Marcos, y luego siguió caminando.
Se tiró en la cama de nuevo, tapándose la cabeza con la almohada. Se estaba volviendo loco. Dani tenía razón. La ignorancia era una bendición, y él acababa de perderla. Cogió el móvil. La pantalla iluminó la habitación como un flash. El grupo de WhatsApp: «Los Tres Mosqueteros».
El último mensaje seguía siendo el de Andrea sobre las botas. Parecía escrito hace una década, en una galaxia muy, muy lejana donde la gente se preocupaba por el calzado y no por ser borrada de la existencia. Esa era su vida normal. Una vida que ahora estaba al otro lado de un cristal blindado. Podía verla, pero ya no podía tocarla.
La promesa de Dani para el día siguiente no era una esperanza; era una sentencia. "Nueve en punto. Biblioteca.". Marcos se dio cuenta, con una claridad helada, de que ya no tenía elección. No ir no era una opción. Esteban y Rubén no le habían dado un ultimátum; le habían dado una orden de reclutamiento forzoso.
Estaba dentro. Y si intentaba salir, arrastraría a Andrea y a David con él al fondo del pozo. Esa era la verdadera trampa. La pinza de acero. Rubén no necesitaba vigilarlo a él las veinticuatro horas. Solo tenía que vigilar a sus amigos.
Cuando los primeros rayos de un sol grisáceo y sucio se filtraron por la persiana, Marcos ya estaba de pie. Se sentía como si hubiera corrido una maratón con botas de plomo. Tenía la boca pastosa y un sabor metálico en la lengua. Miedo destilado.
Se duchó con agua tan fría que casi le corta la respiración, intentando despertar un cerebro que solo quería desconectarse y volver a la seguridad de las sábanas.
Se vistió con la ropa de siempre —vaqueros, camiseta gris, zapatillas—, pero se sintió como si se estuviera poniendo un disfraz. El disfraz de "Marcos, el estudiante funcional".
Bajó a la cocina a las siete y media. El olor a café y tostadas lo golpeó con una fuerza inesperada. Era un olor reconfortante, cálido... y completamente falso. Su madre estaba allí, de espaldas, tarareando con la radio. Por un instante, la escena fue tan perfecta que le dieron ganas de gritar.
—Buenos días, cariño. —Ella no se giró, ocupada con la cafetera—. ¿Has dormido bien? Anoche te oí dar vueltas. Parecías una peonza.
—Buenos días. Sí, bien.
La mentira sonó hueca, como una moneda falsa cayendo al suelo.
Su madre se giró. Dejó la taza de café en la encimera y lo miró. De verdad. Con esa mirada de madre que tiene rayos X incorporados y que probablemente puede detectar mentiras a nivel cuántico.
Su sonrisa vaciló.
—Marcos... tienes una cara horrible. Estás pálido como la cera. ¿Estás enfermo?
Se acercó y le puso la mano en la frente. Su tacto era suave, seguro. Marcos tuvo que apretar los dientes para no apartarse. No merecía ese tacto.
—No, mamá. Solo... no he dormido mucho. Estudiando.
—¿Estudiando? —Ella arqueó una ceja—. Marcos, no has estudiado tanto en toda tu carrera. Ayer fue lo de la niña. Hoy esto. Tienes unas ojeras que te llegan a la barbilla. ¿Qué pasa?
—No pasa nada, de verdad. Es el examen de física...
—Es por Dani, ¿verdad? —le cortó ella, cruzándose de brazos.
El corazón de Marcos se saltó un latido. La red se está cerrando.
—Ayer, después de que te fueras, su madre me llamó —siguió ella, bajando la voz a un tono de conspiración vecinal—. Está destrozada, la pobre. Dice que el chico no aparece, que está metido en su cuarto, o que se va sin decir nada... ¿Tú sabes dónde está? ¿Sabes si le pasa algo malo?
«Sé que está metido en una guerra invisible contra fuerzas que no comprendemos y que me ha arrastrado con él, mamá.»
—Yo... no. No sé nada, mamá. Te lo juro.
—Marcos... —Su madre le cogió la barbilla, obligándole a mirarla—. Soy tu madre. Te conozco. Estás asustado. Estás mintiendo. Y lo estás haciendo fatal.
La sinceridad de su voz casi lo rompe. Quiso contárselo todo. Derrumbarse allí mismo, entre la tostadora y el frutero, y decirle que había visto a un hombre amenazarlo con una navaja, que le habían amenazado con matar a sus amigos. Pero vio la cara de Esteban. «...si tu madre nos llama porque 'el niño está raro', lo sabremos.»
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Editado: 20.04.2026