A las ocho y cincuenta y cinco, cinco minutos después de la ejecución social, Dani apareció.
No entró como una persona normal. Se quedó en la puerta de la biblioteca, escaneando la sala como un periscopio. Vio a Marcos. Hizo un gesto seco con la cabeza y desapareció hacia el pasillo lateral. Marcos entendió. "Sal."
Recogió su mochila y salió de la sala de cristal. Dani lo estaba esperando junto a la máquina de café (la que David solía hackear), fingiendo leer la lista de alérgenos de un sándwich de jamón. Estaba agitado, pero era una agitación controlada, como un cable de alta tensión zumbando.
Llevaba una vieja mochila de portátil, desgastada y de color gris, abrazada contra el pecho como si fuera un escudo.
—¿Estás solo? ¿Te ha visto alguien? —susurró Dani, sin mirarlo.
—Sí, estoy solo. Acabo de echar a Andrea y a David. Creo que me odian.
—Bien. El odio es seguro. El cariño es peligroso. —Dani miró a los lados—. ¿Dónde vamos?
—A la sala de cristal. Está vacía.
—Demasiado expuesta. Todo el mundo nos ve.
—Es el mejor sitio para la señal —insistió Marcos—. Y si pasa algo raro, hay tres salidas. Además, tú dijiste "lleno de gente".
Dani asintió, tragando saliva. Su rostro era una máscara de cálculo paranoico. Volvieron a entrar en la sala de cristal que Marcos acababa de abandonar. Dani cerró la puerta y echó el pestillo, aunque era simbólico.
—Toma. Póntelos.
Le tiró un par de guantes de látex azules, de los que robaban del laboratorio de química.
—¿Guantes? ¿Vamos a operar a alguien o a limpiar el baño?
—Póntelos. —No era una sugerencia, era una orden—. Es fundamental. Sin huellas. Sin ADN. Protocolo de aislamiento. Si tocas el teclado con la piel desnuda, estamos muertos.
Marcos se puso los guantes. Se sintió ridículo. Y asustado. Dani sacó un portátil de la mochila. Marcos casi se ríe. Era un ThinkPad de hacía quince años, un ladrillo de plástico negro, grueso como un diccionario, al que le faltaban tres teclas y tenía una raja en la carcasa.
—¿Y esa reliquia? —preguntó Marcos—. ¿Lo has robado de un museo de arqueología informática?
—De un punto limpio —replicó Dani, enchufando una batería externa que parecía hecha a mano—. Es un "Ladrillo". Sin chip de rastreo GPS, sin cámara, sin micrófono, sin Bluetooth.
Dani miró a Marcos con seriedad.
—En cuanto lo apaguemos, todo lo que hagamos aquí deja de existir. Es un fantasma digital.
Dani encendió el trasto. El ventilador sonó como un avión despegando. Se conectó al WiFi abierto de la universidad.
—Bien. Escucha, Marcos. —Dani tecleaba comandos en una pantalla negra con letras verdes—. Como te dije ayer, mi teoría es que esto es una pecera. Y "Ellos" son los dueños.
—Sí, la teoría de la conspiración. ¿Qué vamos a hacer?
—Vamos a tirar comida a la pecera para ver si el dueño mete la mano.
—¿Qué comida?
—Información. —Dani sacó un pendrive del bolsillo—. He recopilado todos los vídeos. El del semáforo, el del cuchillo, y el manifiesto de Esteban explicando la teoría de la Intervención Física.
—¿Y vas a subirlo a Instagram?
—No. A un servicio de almacenamiento en la nube. Una cuenta nueva de DropBox. Vamos a subir una carpeta llamada PRUEBAS.
—¿Una cuenta nueva?
—Sí. He creado un correo temporal falso. gato_con_botas123. Si mi teoría es correcta, "Ellos" tienen algoritmos rastreando estos conceptos. En cuanto el archivo toque la red pública, saltará una alarma.
—¿Y qué pasará? —Marcos se cruzó de brazos, nervioso.
—Lo borrarán. —Dani le tendió el portátil—. Pero no lo borrarán como un hacker normal. No se limitarán a eliminar el archivo. Van a borrar la existencia de la cuenta.
—¿Entonces?
—Hazlo tú. —Dani se apartó—. Yo he preparado el sistema. Tú eres el usuario "inocente". Sube la carpeta.
Marcos se acercó al teclado. Los guantes hacían que todo fuera torpe. En la pantalla había una página de subida de archivos.
Seleccionó la carpeta del USB.
—¿Seguro de esto?
—Hazlo. Provoca la Intervención.
Marcos pulsó ENTER.
—Ya está. Sincronizado —dijo Marcos, recostándose—. ¿Y ahora qué? ¿Vienen los Hombres de Negro? No ha pasado nada.
—Dales un minuto. —Dani miró el reloj de la pared. Su mandíbula estaba tensa—. Están analizando el payload.
Pasaron treinta segundos. A Marcos le parecieron una eternidad.
—Dani, tío, esto es una tontería...
—Espera.
De repente, la pantalla de DropBox parpadeó. Sola. La lista de archivos desapareció.
En su lugar, un mensaje: Error 404: La carpeta solicitada no existe o ha sido movida.
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Editado: 20.04.2026