El mundo no tenía sonido. O, mejor dicho, el único sonido que existía en ese momento era el claxon. Ese aullido interminable, agudo y eléctrico del Tesla se había convertido en la única frecuencia que el cerebro de Marcos era capaz de procesar. Era un grito de victoria metálico que atravesaba el caos de los gritos humanos, la banda sonora de su apocalipsis personal.
Marcos caminaba. O su cuerpo lo hacía. Sus piernas se movían en modo automático, izquierda, derecha, izquierda, derecha, alejándose del humo blanco que salía del vestíbulo de la facultad. La gente corría en dirección contraria, hacia el accidente. Eran una marea de caras borrosas, bocas abiertas y móviles en alto grabando la tragedia.
—¡Tenemos que salir de la zona!
Dani lo arrastraba por el brazo. Su agarre era un torniquete, clavándole los dedos en el bíceps.
—¡Marcos, joder, muévete! —La voz de Dani sonaba lejana, distorsionada, como si viniera desde el fondo de un pozo—. ¡No podemos estar aquí cuando llegue la policía! ¡"Ellos" estarán mirando! ¡Estarán mirando quién reacciona! ¡Camina!
Marcos no procesaba las palabras, solo el pánico controlado en la voz de su amigo. Se dejó llevar. Se sentía ligero, hueco, como si el impacto del coche le hubiera vaciado por dentro. Cruzaron el puente sobre el río Segre. El viento les golpeaba la cara, pero Marcos no sentía frío. Solo sentía el eco del cristal rompiéndose.
—¡Mierda! —Dani tiró de él bruscamente hacia la izquierda, metiéndolo en un callejón estrecho entre dos edificios de ladrillo visto.
—¿Qué...?
—¡Cállate!
Un segundo después, un coche patrulla de los Mossos d'Esquadra pasó a toda velocidad por la avenida principal, con las sirenas aullando y las luces azules rebotando en las fachadas, bañando la calle de destellos estroboscópicos.
Se pegaron a la pared, ocultos tras unos contenedores de basura. El corazón de Marcos, que hasta ese momento había estado en shock, despertó de golpe. Empezó a latir con una violencia dolorosa contra sus costillas.
Se miró las manos. Esperaba ver sangre. Sangre de Andrea. Sangre de David. Pero estaban limpias. Y eso le pareció aún más horrible. Estaba limpio. Estaba vivo. Y estaba escondiéndose de la policía como un criminal.
Soy un criminal. Yo los maté. Yo les dije que se fueran. Yo dejé la trampa.
—Se han ido —susurró Dani, asomando la cabeza—. Vamos. Tenemos que llegar al punto de extracción.
—No...
Marcos se negó a moverse. Sus rodillas cedieron. Se deslizó por la pared de ladrillo áspero hasta quedar sentado en el suelo, entre colillas y papeles sucios.
—Levanta, Marcos. Por favor.
—No puedo. —Marcos se llevó las manos a la cabeza, tirándose del pelo—. Están muertos, Dani. Los he visto. Las botas de Andrea... ella estaba... y David...
El llanto le subió por la garganta, pero no era un llanto normal. Era un aullido seco, una arcada emocional. Dani se agachó frente a él. Estaba temblando. Se le habían empañado las gafas y tenía una mancha de hollín en la mejilla.
—Lo sé —dijo Dani. Su voz se rompió—. Lo sé, joder. Yo también los he visto.
—Fue culpa mía... —Marcos se mecía hacia adelante y hacia atrás—. Si no les hubiera echado... si no hubiera sido tan imbécil... ellos no habrían vuelto. Han muerto por mi culpa.
—¡No! —Dani le agarró las muñecas, obligándole a bajar las manos—. ¡Escúchame! ¡No ha sido culpa tuya! ¡Ha sido culpa mía!
Marcos levantó la vista, con los ojos borrosos.
—¿Tuya?
—¡Sí! —Dani soltó una risa histérica, llena de lágrimas—. Yo te metí en esto. Yo dejé que me siguieras. ¿Sabes por qué? ¿Sabes por qué no te dije que te fueras a casa el primer día, cuando me encontraste en el edificio?
Marcos lo miró, aturdido.
—Porque tenía miedo —confesó Dani, y la vergüenza en su cara era más dolorosa que el miedo—. Llevo meses en esto, Marcos. Meses viendo cosas que no deberían existir. Meses hablando con gente que usa nombres en clave. Estaba solo. Estaba cagado de miedo.
Dani se quitó las gafas y se frotó los ojos con furia.
—Y cuando te vi allí... siguiéndome... una parte de mí, una parte egoísta y de mierda, se alegró. Pensé: "Al menos ya no estoy solo en el agujero". —Dani le miró, suplicando perdón—. Te usé de escudo emocional, Marcos. Y por mi culpa, Andrea y David están muertos. Así que no te atrevas a echarte la culpa a ti. La mierda es mía. Toda mía.
Se quedaron en silencio en el callejón apestoso. Dos chicos universitarios destrozados, compartiendo una culpa que era demasiado grande para sus mochilas. A lo lejos, las sirenas seguían sonando. El mundo real intentaba poner orden en un caos que no entendía.
—¿Y ahora qué? —preguntó Marcos. Su voz sonaba vacía. Ya no tenía fuerzas para enfadarse con Dani. El odio requiere energía, y él estaba en reserva.
—Ahora nos vamos —dijo Dani, poniéndose las gafas—. Ya he avisado. Nos sacan de aquí.
—¿Avisar? ¿A quién? ¿A Esteban? ¿Al tipo que casi me mata?
#395 en Ciencia ficción
#905 en Joven Adulto
ciencia ficcion, dystopia, thriller suspense romance juvenil
Editado: 20.04.2026