Caminaron hacia la ruina. Por fuera, el sitio gritaba "abandono" y "tétanos". Había latas de cerveza oxidadas en el porche y una silla de plástico blanca a la que le faltaba una pata. Pero cuando Rubén abrió la puerta, la realidad dio un vuelco.
Por dentro, no era una granja. Era el centro de mando de la NASA si la NASA estuviera en bancarrota y operada por okupas tecnológicos. El aire era fresco —aire acondicionado portátil zumbando en una esquina— y olía a componentes electrónicos calientes y café fuerte. Las paredes de piedra estaban cubiertas de aislante acústico. Había una mesa de camping gigante en el centro del comedor. Y había gente.
El grupo estaba allí, disperso por la sala como piezas de ajedrez esperando a que alguien moviera ficha. La tensión era tan espesa que se podía cortar con un cuchillo.
En un rincón, junto a una estantería metálica llena de herramientas, estaban los dos hombres de los planos que Marcos había visto en el edificio de la ciudad. El grande —Javier, el del destornillador— estaba dando vueltas en círculos, emanando una energía nerviosa que hacía que el aire a su alrededor pareciera vibrar. De repente, soltó un gruñido de frustración y le dio una patada a una caja de herramientas.
—¡Joder! —bramó Javier—. ¡Llevan dos horas de retraso!
A su lado, el otro hombre —Juan, el delgado— ni se inmutó. Estaba sentado en un taburete, limpiando un componente electrónico con un trapo. Cuando Javier pateó la caja, Juan simplemente extendió la mano y le tocó el brazo. Un toque suave, firme.
—Cálmate, Javi —dijo Juan, con voz tranquila—. Si gritas, gastas oxígeno. Siéntate.
Y, para sorpresa de Marcos, el gigante obedeció. Javier resopló, se pasó una mano por el pelo corto y se apoyó en la pared, dejando que la calma de su compañero —su hermano, dedujo Marcos— lo anclara a la tierra. Pólvora y agua. Uno explota, el otro apaga.
En el viejo sofá desvencijado del fondo estaban las dos chicas. Una de ellas, la rubia de los tatuajes —Esther—, levantó la vista cuando entraron. Al ver el estado lamentable de Marcos y Dani —pálidos, sucios, con cara de haber visto un fantasma—, su expresión se suavizó. Se levantó de un salto.
—Dios mío... —dijo Esther, acercándose—. Parecéis zombis. ¿Estáis heridos?
Cogió una botella de agua de la mesa y se la tendió a Dani. Marcos vio la reacción de Dani. Su amigo, que seguía temblando por el viaje en la furgoneta y el trauma del accidente, se quedó paralizado. Miró a Esther no como a una desconocida, sino con una adoración silenciosa y desesperada. Como un náufrago mirando un faro. Cogió la botella, rozando sus dedos con los de ella, y se puso rojo hasta las orejas a pesar del pánico.
—Gra... gracias —tartamudeó Dani.
Pero la interacción duró poco. La otra chica, la del gorro de lana —Sandra—, se levantó del sofá como un resorte. Se colocó al lado de Esther, cruzándose de brazos y lanzando una mirada de advertencia a Dani que gritaba "aléjate". Era una mirada territorial, protectora y hostil.
—Déjales respirar, Esther —dijo Sandra, seca—. No hemos venido a hacer amigos.
Esther rodó los ojos, pero retrocedió un paso, volviendo a la órbita de Sandra.
Y luego estaba ella. En el rincón más alejado, apoyada contra la única pared limpia de la sala, había una chica joven. De la edad de Marcos. Pelo negro, liso, suelto sobre los hombros. Llevaba vaqueros negros, camiseta negra y una chaqueta de cuero que parecía haber vivido tres guerras.
No estaba mirando a los recién llegados. Estaba desmontando una pistola Glock sobre una mesita auxiliar. Ni siquiera levantó la vista cuando entraron. Parecía estar en su propio mundo, un mundo donde la única preocupación era que el percutor estuviera limpio. Marcos sintió un escalofrío. Esa chica irradiaba una frialdad que hacía que Rubén pareciera Papá Noel.
Finalmente, sus ojos fueron hacia la pizarra blanca del fondo. Allí estaba Esteban. El líder.
Llevaba la misma chaqueta de cuero gastada. Estaba de espaldas a ellos, mirando un mapa de la ciudad lleno de chinchetas rojas y líneas de hilo. A su lado había un hombrecillo que Marcos no había visto antes. Pequeño, nervioso, con gafas de pasta gruesa que le resbalaban por la nariz y una camiseta de Star Trek. Parecía un ratón de biblioteca que se había equivocado de puerta y había acabado en una reunión de mercenarios.
Esteban se giró lentamente. Sus ojos grises barrieron la sala, ignorando el drama, ignorando el miedo, y se clavaron en Marcos y Dani.
—¿Y bien? —preguntó Esteban. Su voz autoritaria llenó la sala, silenciando el zumbido de los ordenadores y la electricidad estática del miedo—. ¿Cómo ha ido?
Dani abrió la boca para contestar, pero solo salió un gemido ahogado. Se dejó caer en una silla de plástico, tapándose la cara con las manos sucias de hollín.
—Están muertos —dijo Marcos. Su voz sonó plana, desprovista de emoción. No miró a Esteban. Miraba a la nada, a un punto fijo en la pared—. Andrea y David. Nuestros amigos. El coche... el coche los aplastó contra el muro.
La sala se quedó en un silencio sepulcral. El hombrecillo de las gafas —Luis, supuso Marcos— se llevó una mano a la boca, horrorizado. La chica de la chaqueta de cuero, que seguía limpiando su arma en el rincón, se detuvo en seco. Esteban... Esteban solo cerró los ojos un segundo.
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Editado: 20.04.2026