Peón

Capítulo 9

El silencio que siguió a la declaración de Marcos fue denso, pesado y casi absoluto. Duró cinco segundos, que en la casa abandonada parecieron cinco eras geológicas.

Los miembros del grupo no miraban a Marcos; miraban a Esteban, esperando la sentencia. ¿Lo echarían? ¿Se reirían de él? ¿Lo tirarían por la ventana?

El líder se frotó la barba canosa, sus ojos grises analizando al chico que tenía delante con una precisión quirúrgica. Marcos aguantó la mirada, aunque por dentro estaba temblando como un flan en un terremoto. Se dio cuenta de que acababa de pasar un examen, uno que no sabía que estaba haciendo. Su arrebato no había sido el de un crío llorón exigiendo explicaciones. Había sido el de un recluta que acaba de ver morir a su unidad y pide un fusil.

La furia y el dolor de Marcos no habían asustado a Esteban; lo habían convencido. Golpeó la mesa con la palma abierta, un sonido seco que hizo saltar a Luis y vibrar los portátiles.

—Está bien. Me gusta.

La tensión en la sala se rompió como un cristal. El aire volvió a circular.

—Me gusta —repitió Esteban, y esta vez una media sonrisa, lobuna y cansada, apareció bajo su barba—. Me gusta porque es diferente. Porque es agresivo. Porque es exactamente lo que "Ellos" no esperan de un grupo de ratones asustados que se esconden en la oscuridad.

Se puso de pie, y su presencia pareció llenar la habitación, empujando las sombras hacia las esquinas.

—Pero antes de que empecemos a jugar a los espías, novato, y antes de que nos vueles por los aires con una de tus ideas brillantes, vas a saber con quién te has metido. Vas a saber quiénes somos los que estamos en la trinchera contigo.

Señaló la pizarra blanca, donde alguien, con un rotulador rojo y una caligrafía agresiva, había garabateado una palabra en latín.

—Nos hacemos llamar los Venatores. Es latín. Significa "Los Cazadores".

A Marcos se le escapó una risa.

—¿Te hace gracia? —preguntó Esteban, arqueando una ceja canosa.

—No, es que... es un poco dramático, ¿no? —dijo Marcos, incapaz de filtrar su propio sarcasmo. Era su mecanismo de defensa. Si se reía, no gritaba—. ¿No había algo más discreto? ¿Como "El Club de los Acojonados" o "Gente que Ha Visto Mierdas Raras"? Digo yo que si queremos pasar desapercibidos, ponernos un nombre de legión romana igual es pasarse de frenada.

Un silencio helado cayó de nuevo. El tipo corpulento de los planos —Javier— dio un paso al frente, con los puños apretados y la cara roja.

—¿Te estás riendo de nosotros, niñato? ¿Acabas de ver morir a tus amigos y te pones a hacer chistes de mierda?

—¡Javi, déjalo! —le cortó Esteban, sin levantar la voz.

—No —dijo Marcos, y esta vez se giró para mirar a Javier a los ojos. La rabia de antes volvía, pero fría, controlada—. No me río. Me parece perfecto. Porque es la primera cosa con sentido que oigo hoy.

Marcos miró al grupo.

—Estamos cazando algo. Ya era hora de llamarlo por su nombre. Me gusta.

Esteban asintió, satisfecho.

—Bien. Entonces, bienvenido al club. Te presentaremos como es debido al resto de tarados que van a salvar el mundo contigo.

Señaló al muro de músculo que había estado vigilando la puerta desde que llegaron.

—Ya conoces a Rubén. Pero no sabes por qué está aquí. Rubén es mi amigo desde hace más años de los que me gusta contar. Es nuestro músculo, sí, pero también es mi conciencia. Y mi recordatorio.

Esteban se puso serio, y su voz bajó, obligando a todos a inclinarse para escuchar.

—Rubén era el segundo al mando de la célula de Málaga. Y es el único superviviente.

Marcos miró a Rubén. El hombre que lo había amenazado con una navaja estaba limpiando esa misma hoja con un trapo, con una calma metódica, ajeno a la conversación. Pero ahora Marcos se fijó en los detalles. La cicatriz queloide que le asomaba por el cuello de la camiseta. La forma en que siempre se colocaba con la espalda contra una pared sólida. No eran tics. Eran cicatrices de guerra.

—Su líder se puso nervioso —continuó Esteban, con la voz baja—. Se precipitó. Creyó que tenía la prueba definitiva y quiso publicarla antes de tiempo, para ser un héroe. Se saltó el protocolo. Y "Ellos" no le dieron una segunda oportunidad. barrieron a doce personas en treinta segundos. Doce de sus amigos, de su familia.

Marcos tragó saliva, el recuerdo del Tesla inundando su mente.

—Rubén sobrevivió porque es un cabrón duro de pelar y porque estaba siguiendo el protocolo de evacuación que su líder ignoró. Él cargó con los discos duros mientras los demás caían.

Rubén levantó la vista de la navaja. Sus ojos eran oscuros, sin fondo. Se encontraron con los de Marcos.

—El protocolo te puede salvar la vida —dijo Rubén. Su primera frase completa. Sonaba como grava—. Todo lo demás es secundario.

Y volvió a su navaja.

Genial. El segurata de una discoteca del infierno. Pero al menos sabe de lo que habla.




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