Marcos se quedó un momento junto a la mesa, mirando el mapa. El Embudo. Había dibujado una trampa para monstruos con un rotulador rojo.
—No está mal para un novato —dijo una voz a su lado.
Era Lucía. Estaba recogiendo las cajas de pizza vacías. No le sonrió, pero su tono no era hostil.
—Gracias —dijo Marcos—. Solo espero que funcione.
—Funcionará. —Lucía lo miró a los ojos—. Tiene que funcionar. Hizo una pausa, como si dudara.
—Oye... Dani y tú os volvéis a casa, ¿no? No pintáis nada aquí durante el montaje técnico.
—Sí. Dani tiene que ir a ver a su madre antes de que llame a la Guardia Civil. Y yo... bueno, mi madre debe estar a punto de poner mi cara en los cartones de leche.
—Os llevo —dijo Lucía—. Mi padre me ha dejado el coche. El Polo azul.
—¿Nos llevas tú? —Marcos se sorprendió. Esperaba que Rubén los echara a patadas—. ¿No tienes que... no sé, estudiar perfiles criminales?
Lucía se encogió de hombros, incomoda.
—Necesito salir de aquí un rato. El olor a testosterona y queso barato me está mareando. Además... —Bajó la voz—. Quiero asegurarme de que llegáis bien. Si os pasa algo ahora, mi padre me mata. Sois "activos valiosos".
—Vaya. De "estorbo" a "activo valioso" en seis horas. Mi carrera va en ascenso.
Lucía rodó los ojos, pero Marcos juraría que reprimió una sonrisa.
—No te acostumbres. Vamos. Dani ya está en la puerta.
Marcos cogió su mochila. El plan estaba en marcha. La trampa estaba lista. Ahora solo quedaba esperar a ver si la presa mordía... o si la trampa les mordía a ellos.
—Vamos, Lucía nos llevará a casa —le gritó a Dani, que esperaba en la puerta con cara de sueño.
Marcos siguió a Dani hasta un pequeño Volkswagen Polo azul aparcado detrás de la masía. Era un coche viejo, con un golpe en el parachoques y el interior lleno de envoltorios de chicle y tickets de autopista.
El carruaje de la princesa guerrera. Esperaba un Hummer negro, o al menos algo con los cristales tintados.
Lucía se sentó al volante. Marcos ocupó el asiento del copiloto, y Dani se derrumbó en el asiento trasero, abrazando su mochila vacía como si fuera un oso de peluche. El trayecto hacia Lleida fue tenso. El único sonido era el zumbido del motor. Llegaron al portal de Dani.
—Bien, chicos, me voy —dijo Dani, con la mano en el tirador de la puerta. Dudó un segundo—. Oye... ¿creéis que funcionará? ¿Lo del embudo?
Lucía lo miró por el retrovisor. Sus ojos, cansados, se suavizaron un poco.
—Funcionará, Dani. Tu código es sólido. Descansa.
—Vale. —Dani asintió, no muy convencido—. Mi madre debe estar llamando a los hospitales. Deseadme suerte.
—Suerte con la jefa suprema —dijo Marcos.
Dani bajó del coche y corrió hacia su portal, encogiéndose de hombros como si esperara que le cayera un rayo. Desapareció tras la puerta de cristal.
Se quedaron solos. El silencio en el coche cambió. Se volvió más denso. Más incómodo. Marcos miró a Lucía. Ella miraba al frente, con las manos apretando el volante con fuerza, los nudillos blancos. Arrancó el coche.
—¿Ya sabes dónde vivo? —preguntó Marcos, intentando romper el hielo.
—Por supuesto. —Su voz era fría, profesional—. ¿Te crees que metemos a gente en la base sin investigarlos antes? Sé dónde vives, sé que suspendiste el carnet de conducir a la primera y sé que te pasas las noches jugando al Warzone.
—Vaya. No sabía que era tan interesante. ¿También sabes qué tipo de cereales desayuno?
—Chocapic. Marca blanca.
Marcos se quedó callado. Vale. Eso da miedo. Lucía condujo con agresividad, tomando las curvas un poco demasiado rápido. Parecía enfadada con la carretera. O con él. O con el mundo.
—Oye —dijo Marcos de repente—. Para el coche.
Lucía frenó en un semáforo en rojo, pero no apagó el motor.
—¿Qué?
—Para. Aparca. —Marcos señaló una cafetería que había en la esquina. —. Invito yo.
—Tengo prisa, Marcos. Tengo que volver a la base y...
—Y tienes que dejar de actuar como un robot un rato. —Marcos se quitó el cinturón—. Por favor. Solo media hora. Necesito procesar que acabo de planear una trampa para fantasmas con un grupo de paramilitares. Y necesito hacerlo con cafeína y sin olor a humedad.
Lucía lo miró. Dudó. Sus ojos viajaron de Marcos a la cafetería. Suspiró, derrotada.
—Está bien. Media hora. Pero si mi padre llama, nos vamos.
Aparcó en doble fila, con la impunidad de quien sabe que las multas de tráfico son el menor de sus problemas. Entraron. El local estaba medio vacío. Un par de señores mayores jugaban a las cartas al fondo, y una camarera aburrida limpiaba la barra. Se sentaron en una mesa junto a la ventana.
—¿Qué necesitas saber? —preguntó ella, sin rodeos. Fue directa al grano, como si fuera un interrogatorio.
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Editado: 20.04.2026