Peón

Capítulo 11

Pasó una semana. O quizás fue un año. El tiempo se había convertido en un chicle espeso, gris y sin sabor que Marcos se veía obligado a masticar cada mañana nada más abrir los ojos.

Si alguien le hubiera dicho que el fin del mundo iba a ser tan aburrido, no se lo habría creído. Esperaba explosiones, persecuciones, adrenalina. Lo que obtuvo fue silencio, trajes negros que picaban y el olor empalagoso de los crisantemos.

El miércoles fue el funeral de David. El jueves, el de Andrea. Dos días consecutivos de estar de pie bajo un sol de justicia que parecía burlarse del luto. Y tienes que dar la mano a cientos de personas que no conoces y que te dicen frases que han leído en una tarjeta de Hallmark.

"Es una tragedia". "Tan jóvenes". "Dios se lleva a los mejores".

Y una mierda, pensaba Marcos mientras estrechaba otra mano flácida y sudorosa. Dios no se ha llevado a nadie. Se los ha llevado un coche teledirigido por un hijo de puta invisible porque yo les dije que se fueran.

En el entierro de David, Marcos se quedó al fondo, parapetado detrás de un ciprés, intentando pasar desapercibido. Se sentía como un espía en territorio enemigo. Un impostor. Vio a la madre de David. Era una mujer pequeña, que siempre le había ofrecido bocadillos de Nocilla cuando iban a estudiar a su casa. Ahora parecía haberse encogido diez centímetros. Estaba agarrada al brazo de su marido como si fuera lo único que la mantenía atada a la tierra. En la mano libre, apretaba algo contra su pecho.

Marcos entornó los ojos. Era un cromo. Una carta de Magic: The Gathering. Probablemente una que David llevaba en el bolsillo cuando… Tuvo que apartar la mirada. La bilis le subió por la garganta.

Yo lo sabía, se fustigó mentalmente. Sabía que el portátil era un cebo. Sabía que era peligroso. Y dejé que se lo llevaran.

Pero el verdadero infierno llegó el jueves, en el funeral de Andrea. No pudo esconderse. Los padres de Andrea lo vieron. Lo reconocieron. Eran gente amable, gente que le había invitado a cenar en Navidad el año pasado. El padre de Andrea se acercó a él. Tenía los ojos rojos, inyectados en sangre, y una barba de tres días que contrastaba con su traje impecable.

—Marcos... —dijo el hombre, y su voz se rompió.

—Lo siento... lo siento muchísimo... —balbuceó Marcos. Se sentía sucio. Quería gritarles la verdad. Quería decirles: "¡No fue un accidente! ¡Fue un asesinato! ¡Y yo soy el cebo!".

Pero se calló. Se tragó la verdad como si fuera vidrio molido.

—Ella... ella estaba muy contenta últimamente —dijo el padre, buscando consuelo en el amigo de su hija—. Me dijo que se había comprado unas botas nuevas. Que le encantaban. ¿Las... las llevaba puestas?

El mundo de Marcos se detuvo. Las botas. Negras. Brillantes. Entre los escombros.

—Sí —susurró Marcos, con la voz estrangulada—. Las llevaba. Le quedaban genial. Eran... eran muy ella.

El hombre asintió, sollozando, y lo abrazó. Un abrazo fuerte, desesperado. Marcos se quedó rígido, aguantando el peso del dolor de un padre al que le había fallado. Sentía que le estaba robando el aire.

—Gracias por ser su amigo, Marcos. Ella te quería mucho.

Y yo la maté, pensó Marcos, devolviendo el abrazo con torpeza. La maté por ser un cobarde.

Cuando el padre se alejó, Marcos sintió que necesitaba huir. Necesitaba aire. Se alejó del grupo principal, caminando hacia la linde del cementerio, donde los nichos daban paso a un pequeño bosque de pinos que rodeaba el recinto. Se aflojó la corbata, jadeando. El calor era insoportable. El zumbido de las cigarras le taladraba el cerebro.

—Respira, idiota —se dijo a sí mismo, apoyándose en un tronco—. Respira o te vas a desmayar aquí mismo y vas a montar un espectáculo.

Levantó la vista, buscando un poco de sombra, un poco de paz. Y entonces la vio. O creyó verla. A unos cincuenta metros, medio oculta entre los troncos de los pinos, había una figura. No llevaba luto. No llevaba traje. Llevaba una chaqueta de cuero negro desgastada y gafas de sol oscuras, a pesar de estar a la sombra. Tenía el pelo negro, liso, suelto. Estaba de pie, inmóvil, con los brazos cruzados, observando el entierro desde la distancia. El corazón de Marcos dio un vuelco. ¿Lucía?.

Parpadeó. Se frotó los ojos, pensando que el calor y la falta de sueño le estaban provocando alucinaciones.

No puede ser. Es demasiado arriesgado. Rubén no la dejaría venir. Están escondidos.

Dio un paso hacia ella, entrecerrando los ojos. La figura giró la cabeza. Aunque llevaba gafas, Marcos sintió el peso de su mirada. Una mirada fría, analítica, pero extrañamente protectora. Como un ángel de la guarda con licencia para matar.

Un autobús urbano pasó por la carretera que había detrás del muro del cementerio, haciendo un ruido estruendoso y levantando una nube de polvo. Marcos se distrajo un segundo, mirando el vehículo. Cuando volvió a mirar hacia los pinos, no había nadie. Solo troncos y sombras.

—Me estoy volviendo loco —murmuró Marcos, pasándose la mano por el pelo sudado—. Ahora veo fantasmas. Genial. El pack completo.

Pero mientras volvía hacia la zona de las tumbas, caminando con paso pesado, se fijó en el suelo del bosque. En la tierra seca, entre la pinocha, había una huella. Una huella de bota militar. Pequeña. No era una alucinación. Había estado allí. Vigilando.




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