Peón

Capítulo 12

El domingo por la mañana, el timbre del interfono sonó con fuerza, sacándolo de su sopor. Marcos se asomó a la ventana, apartando la persiana con el dedo índice. El Hyundai de Dani estaba abajo.

Sintió una oleada de alivio tan potente que casi se marea. Se acabó. Se acabó la farsa de los macarrones y las sonrisas falsas. Volvía a la guerra. Era infinitamente más fácil estar en guerra que estar en casa mintiéndoles a las personas que más quería. Bajó las escaleras de dos en dos, impulsado por una mezcla de impaciencia y una necesidad secreta de salir de allí antes de que su madre le hiciera más preguntas.

—¡Venga, hombre, que llegaremos tarde! —gritó Dani desde el coche, encendiendo el motor en cuanto Marcos abrió la puerta.

—¿Hoy también toca ir en la parte trasera de alguna furgoneta de reparto? —preguntó Marcos mientras se subía, notando que el coche olía a su ambientador de pino habitual y a nervios.

— Hoy no —respondió Dani tranquilamente.

Salieron de Lleida por la carretera de Tarragona y, diez minutos después, tomaron el camino de tierra. Marcos reconoció los campos de melocotoneros. La Masía. Su base secreta de ladrillo, mugre y malas decisiones. Había ya varios coches aparcados entre los árboles, ocultos a la vista bajo redes de camuflaje improvisadas. Incluido el Polo azul de Lucía. El corazón de Marcos dio un salto estúpido al verlo.

Céntrate, se dijo a sí mismo, enfadado por su propia debilidad. No estás aquí para ligar.

Marcos bajó del coche, estirando las piernas y sacudiéndose los pensamientos románticos. El aire olía a campo y a tensión.

—Mira allí —susurró Dani, señalando el porche de la casa en ruinas.

Marcos miró. Javier estaba allí. Pero no estaba descansando. El hermano corpulento estaba "arreglando" la puerta de entrada. O eso parecía. Tenía un martillo en la mano y estaba clavando tablones de madera sobre una ventana que ya estaba tapiada. Los golpes eran rítmicos, violentos. Entonces, la puerta se abrió y salió Juan. El hermano delgado llevaba una botella de agua y una toalla limpia. Se acercó a Javier con una calma que contrastaba brutalmente con la furia del otro.

—Javi —dijo Juan. Su voz no se oyó desde donde estaban Marcos y Dani, pero vieron el gesto.

Juan no le quitó el martillo. Simplemente le puso una mano en el antebrazo, deteniendo el golpe a mitad de camino. Javier se quedó congelado, con el martillo en alto, temblando por el esfuerzo contenido. Parecía un perro de presa a punto de morder. Juan le dijo algo suave. Javier bajó el martillo lentamente. Se dejó caer sentado en un banco de piedra, resoplando. Juan se agachó a su lado. Le quitó el martillo de la mano con delicadeza y le dio la botella de agua. Luego, sacó una venda del bolsillo.

Marcos vio que Javier tenía los nudillos en carne viva, probablemente de golpear cosas que no debía. Juan empezó a vendarle la mano con movimientos expertos, pacientes, como una madre curando a un niño travieso. Javier se dejó hacer, mirando a su hermano con una mezcla de vergüenza y devoción absoluta.

Son una unidad. Uno es el caos y el otro es el orden. Si le quitas el ancla a ese barco, se estrellará contra las rocas.

—Vaya par —murmuró Dani—. Si no fuera porque Javier me da miedo, diría que es tierno.

—No es tierno —dijo Marcos—. Es supervivencia. Vamos dentro antes de que nos vean mirando.

Caminaron hacia la entrada. Juan levantó la vista y les saludó con un asentimiento tranquilo, mientras terminaba el nudo del vendaje. Javier ni los miró; seguía bebiendo agua como si viniera del desierto. En la puerta, Rubén les esperaba, cruzado de brazos.

—Llegáis justo a tiempo —dijo el exmilitar—. El espectáculo va a empezar.

Adentro, el ambiente era una mezcla extraña de búnker militar y piso de estudiantes en época de exámenes. Luis, el científico loco, estaba en el centro de la sala, rodeado de portátiles y cables, murmurando cosas sobre "espectros de frecuencia" mientras se comía una barrita energética sin quitarle el papel del todo.

Y en el sofá de siempre, como reinas en un trono de polipiel gastado, estaban Esther y Sandra. Esther, la rubia, llevaba una camiseta de tirantes que dejaba ver un tatuaje nuevo en su hombro (¿un dragón? ¿un código de barras? Marcos no quiso mirar demasiado). Sandra, la de pelo negro, estaba a su lado, afilando una navaja pequeña con una piedra de amolar. El sonido era relajante, si te relaja pensar en degollamientos.

Marcos vio cómo Dani se tensaba a su lado. Se alisó la camiseta, se ajustó las gafas y adoptó una postura que él debía creer que era "casual y seductora", pero que en realidad parecía "tengo escoliosis y mucho miedo".

—Ahí está —susurró Dani—. Operación Contacto. Cúbreme.

—Dani, no lo hagas —le advirtió Marcos—. Sandra tiene un cuchillo. Y lo está usando.

Pero Dani ya no escuchaba. La gravedad del amor platónico era más fuerte que el instinto de supervivencia. Se acercó al sofá como si caminara sobre hielo fino.

—Hola... —dijo Dani. Su voz salió dos octavas más aguda de lo normal. Carraspeó para corregirlo—. Hola, chicas. ¿Qué tal la semana?

Esther levantó la vista. Al ver al "genio informático", su cara se iluminó con una sonrisa que podría haber derretido el Polo Norte.




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