Peón

Capítulo 13

Los siguientes cinco días no fueron un infierno. Fueron un limbo extraño, una zona gris entre la vida que Marcos había perdido y la guerra que estaba a punto de empezar.

Descubrió que el dolor por la muerte de Andrea y David no desaparecía, pero si lo apretabas lo suficiente, se convertía en una bola fría y dura en el estómago. Un peso que te anclaba al suelo y te impedía salir volando por el miedo.

El lunes fue a la universidad. No porque tuviera que ir, sino porque necesitaba comprobar si aún pertenecía a ese mundo. Entró en el aula de "Estructura de Datos". El profesor explicaba árboles binarios con la misma monotonía de siempre. Marcos se sentó al fondo. Desde allí, la vista de las dos sillas vacías en su fila habitual era un puñetazo en el ojo.

Nadie se ha sentado ahí. Es como si la clase supiera que esos sitios están reservados para fantasmas.

Notó las miradas. No eran sutiles. Un grupo de chicas de la tercera fila se giró, lo miró y se puso a susurrar, tapándose la boca con las manos. Un chico con el que había compartido apuntes el mes pasado le sostuvo la mirada un segundo y luego se volvió rápidamente hacia su portátil, incómodo.

"Mira, es él." "Pobrecillo." "¿Viste el coche?"

Marcos podía oír los pensamientos aunque no los dijeran en voz alta. Se había convertido en una atracción turística. El Chico de la Tragedia. La mascota oficial del luto del campus.

Genial. Antes era invisible y ahora soy una celebridad porque mis amigos han muerto. Si lo llego a saber, me presento a delegado de curso.

Aguantó diez minutos más. Luego, cerró el cuaderno con un golpe seco que hizo que medio aula se girara, se levantó y salió por la puerta trasera sin mirar atrás. Ya no pintaba nada allí.

El martes, en lugar de irse a casa a encerrarse, cogió el autobús interurbano. Se bajó en el cruce de caminos, caminó dos kilómetros entre campos de frutales y llegó a la Masía. Rubén estaba en la puerta, limpiando su arma. Al verlo llegar, no le preguntó qué hacía allí. Simplemente le tiró una botella de agua.

—Llegas tarde —dijo Rubén—. Javier necesita ayuda con el generador.

Marcos pasó la tarde allí. No era un rehén. No era un estorbo. Sujetó la linterna mientras Luis soldaba componentes microscópicos con un pulso que oscilaba entre lo quirúrgico y lo maníaco. Ayudó a Javier a cargar sacos de arena para reforzar las ventanas, una tarea física y repetitiva que le ayudó a dejar de pensar. Y vio a Lucía.

Ella estaba en la mesa central, coordinando los suministros con Esther. Cuando vio a Marcos entrar, se tensó un segundo. Él esperó una mirada de enfado, o que lo ignorara, recordando la advertencia del otro día. Pero ella levantó la vista del mapa. Sus ojos negros se encontraron con los suyos. No hubo sonrisa, pero hubo un asentimiento. Un saludo breve, casi imperceptible. «Sigues aquí. Bien.». Marcos sintió un alivio inmenso, casi doloroso.

Todavía me odia. Pero al menos no me ha echado. Quizás todavía pueda arreglar el desastre que provoqué con su padre.

Esa noche, al volver a casa, la culpa le pesaba un poco menos.

El domingo llegó con el sigilo de un ladrón. El teléfono sonó a las cinco de la mañana. Marcos no saltó de la cama asustado. Ya estaba despierto. Llevaba una hora mirando el techo, vestido, con las zapatillas puestas y la mochila hecha a los pies de la cama. Lo cogió al primer tono, antes de que despertara a toda la casa.

—Dime —susurró.

—Portal. Cinco minutos —dijo Dani. Su voz sonaba tensa, como una cuerda de violín a punto de partirse—. Estamos listos.

—Voy.

Marcos colgó. Se colgó la mochila al hombro. Pesaba. Llevaba ropa de cambio, una linterna y la navaja que Rubén le había dado. Todo lo necesario para un fin de semana de acampada en el infierno. Abrió la puerta de su habitación con cuidado de no hacer ruido. El pasillo estaba oscuro. Dio dos pasos y se detuvo. Su madre estaba en la puerta de la cocina. Llevaba la bata puesta y una taza de té humeante en las manos. No parecía sorprendida. Parecía resignada.

—¿Te vas? —preguntó ella en voz baja.

Marcos se quedó helado. Mierda.

—Sí, mamá. Es... el proyecto. Tenemos que aprovechar el servidor cuando hay menos tráfico. Ya te lo dije.

Era una mentira floja, y ambos lo sabían. Su madre lo miró. Vio la mochila. Vio las botas. Vio la determinación en los ojos de su hijo, una mirada que no tenía hace una semana. Dejó la taza en la mesita de la entrada y se acercó a él.

—Marcos... —Le arregló el cuello de la sudadera, un gesto automático, maternal—. ¿Seguro que es solo un proyecto?

Marcos abrió la boca para protestar, pero ella le sostuvo la mirada con tristeza.

—Sé que me ocultas algo, hijo. No soy tonta. Te he visto esta semana.

—Mamá, yo...

—No —le cortó ella suavemente—. No me lo cuentes. Si me mientes otra vez, me dolerá más. Y si me dices la verdad... tengo la sensación de que no me va a gustar.

Le acarició la mejilla. Su mano estaba caliente.

—Solo prométeme una cosa. —Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero no las dejó caer—. Prométeme que vas a tener cuidado. Que vas a volver.




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