Dani pulsó la tecla Enter con la solemnidad de quien lanza un misil nuclear, aunque en realidad solo estaba ejecutando un script de Python.
—Cebo activo —anunció, con la voz un poco aguda—. La señal está en el aire. Estamos transmitiendo en banda ancha simulada. Si hay alguien escuchando, acabamos de encender una bengala en medio de la noche. Esteban asintió desde el centro de la sala, con los brazos cruzados.
—Bien. Ahora, paciencia. Ojos abiertos.
Y así comenzó la parte más difícil de la guerra: no hacer nada. Los primeros diez minutos fueron de adrenalina pura. Todos esperaban que las ventanas estallaran o que un rayo láser partiera el edificio por la mitad. Pero no pasó nada. La calle seguía desierta. El viento movía un papel de periódico en la acera. Un gato cruzó por debajo de una farola.
—Nada en los monitores —dijo Luis, ajustándose las gafas—. El filtro de 300 nanómetros está limpio.
—Espera —ordenó Esteban.
Pasó una hora. Luego dos. La tensión inicial se transformó en un aburrimiento espeso y pegajoso. El "búnker de lujo" empezó a parecerse más a una sala de espera de urgencias un domingo por la noche. Luis probaba filtros nuevos cada hora con una precisión maniática, pero las pantallas seguían vacías.—. Probando banda de 290 nanómetros... nada. Sigue limpio.
En la cocina, la paciencia de Javier se había evaporado. El hermano mayor estaba sentado en el suelo, con la espalda apoyada en la nevera de diseño, desmontando y montando su pistola. El sonido metálico era rítmico y desquiciante.
—Esto es una mierda —gruñó Javier, lanzando el muelle recuperador al suelo—. No van a venir. Se están riendo de nosotros. Deberíamos estar patrullando, no escondidos como ratas.
Juan, que estaba sentado en la encimera leyendo un manual de instrucciones del generador (por pura aburrición), cerró el librito. Bajó de un salto y se sentó junto a su hermano. Recogió el muelle del suelo y se lo dio.
—Están viniendo, Javi —dijo Juan, con esa voz que parecía bajar las pulsaciones de la habitación—. Solo que son cautelosos. Como tú cuando vas de caza. ¿Recuerdas el jabalí del año pasado? Esperamos seis horas en el barro.
—El jabalí no era invisible —replicó Javier, pero cogió el muelle y volvió a montar el arma, un poco más despacio.
—Paciencia —le susurró Juan, dándole una palmada en la rodilla—. Si te mueves, te huelen.
Mientras tanto, en el rincón de los servidores, se estaba librando otra batalla mucho más silenciosa. Dani llevaba tres horas monitorizando el tráfico de red sin pestañear. Tenía los ojos secos y el estómago rugiendo.
—Tienes mala cara.
Dani levantó la vista. Esther estaba de pie a su lado. Llevaba una bolsa de patatas fritas abierta y una sonrisa que, en ese ambiente opresivo, parecía un foco de luz.
—Estoy bien —mintió Dani—. Solo... concentrado.
Una mano apareció de la nada y agarró la muñeca de Esther. No fue un agarre violento, pero sí firme. Sandra estaba allí. Nadie la había oído acercarse. Miraba a Esther con una expresión neutra que daba mucho más miedo que un grito.
—Dani ya ha cenado, cariño —dijo Sandra, sin soltarle la muñeca—. ¿Verdad, Dani?
Dani tragó saliva. Miró a Sandra. Miró la mano que le apretaba la muñeca a Esther. Miró sus propios zapatos.
—Eh... sí. Sí. Estoy lleno. Gracias.
—¿Lo ves? —Sandra le dedicó a Esther una sonrisa afilada como una cuchilla—. No tiene hambre. Vente al sofá. Me aburro y necesito que me hagas un masaje en el cuello.
Tiró de ella suavemente, pero con una posesividad indiscutible. Esther rodó los ojos, divertida por los celos, y le guiñó un ojo a Dani a espaldas de su novia antes de dejarse llevar. Dani se quedó mirando la pantalla, rojo como un tomate, preguntándose si moriría antes por un ataque al corazón o por un ataque de celos.
Al otro lado de la sala, Marcos no tenía tiempo para dramas románticos. Tenía sus propios problemas.
—La cámara 2 está fallando —anunció Luis—. Hay interferencias en la señal local. Alguien tiene que ir a revisar el cableado del trípode.
—Voy yo —dijo Marcos, levantándose.
—Te acompaño —dijo una voz a su espalda.
Marcos se tensó. Era Lucía. Caminaron juntos hacia el ventanal del fondo, lejos del resto del grupo. La cámara 2 estaba montada en un trípode bajo, casi a ras de suelo, apuntando hacia la calle.
Marcos se arrodilló para revisar las conexiones. Lucía se quedó de pie, cruzada de brazos, supervisando. El silencio entre ellos era un muro de hormigón.
—Pásame el destornillador —pidió Marcos, sin mirarla.
Lucía se lo pasó. Sus dedos se rozaron. Ella retiró la mano rápido, como si él quemara.
—El conector está suelto —dijo Marcos, apretando el tornillo—. Probablemente alguien le dio una patada sin querer al pasar.
—Probablemente —dijo ella, seca.
Marcos terminó de apretarlo. La imagen en el monitor de Luis se estabilizó. Trabajo hecho. Podía levantarse e irse. Podía seguir con la guerra fría. Pero estaba harto. Se giró, quedándose sentado en el suelo, y levantó la vista hacia ella.
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Editado: 20.04.2026