Peón

Capítulo 15

Los tres días siguientes no fueron un infierno. Fueron una obra de teatro. Marcos descubrió que la "vida normal" era un escenario de cartón piedra y que él era el único actor que se había leído el guion real.

El lunes fue a la universidad. No porque tuviera que ir, sino porque necesitaba comprobar si aún cabía en su antigua piel. Entró en el aula de "Estructura de Datos". El profesor explicaba árboles binarios con la misma monotonía de siempre, ajeno a que el mundo se había vuelto mucho más complejo que un simple esquema de ceros y unos. Marcos se sentó al fondo. Desde allí, la vista de las dos sillas vacías en su fila habitual era un puñetazo en el ojo, pero no se fue.

Escuchó a dos chicas delante de él hablando de la fiesta del fin de semana, riéndose de un mensaje de Instagram. Vio a un grupo de chicos quejándose de la dificultad del examen parcial. Civiles, pensó Marcos, girando el bolígrafo entre los dedos. No sintió envidia, ni la rabia impotente de la semana anterior. Sintió una extraña distancia. Ellos vivían en una burbuja de jabón que flotaba sobre un campo de minas, y ni siquiera miraban al suelo.

El martes, su madre entró en su habitación mientras él fingía estudiar (en realidad estaba dibujando esquemas de cobertura de cámaras en los márgenes del libro de física).

—Marcos, cariño. Voy al Mercadona. ¿Me acompañas?

Marcos dudó. Su primer instinto fue decir que no, quedarse en su búnker mental. Pero vio la cara de ella. No se lo pedía porque necesitara ayuda con las bolsas. Se lo pedía porque necesitaba asegurarse de que su hijo seguía existiendo fuera de esas cuatro paredes.

—Claro, mamá. Vamos.

El supermercado era el templo de la normalidad. Luces fluorescentes, hilo musical con éxitos del pop de hace tres años y señoras discutiendo sobre el precio de la merluza.

—Estás muy callado —dijo su madre, parándose frente a los detergentes.

—Estoy pensando.

—Ya veo. —Ella cogió una botella de suavizante y la sopesó—. ¿Sabes? El otro día, cuando vinieron los policías... pensé que te había perdido.

—Mamá, ya te dije que...

—No me refiero a que te hubieran detenido. —Se giró hacia él. Sus ojos, los mismos ojos verdes que tenía Marcos, lo analizaron con una mezcla de tristeza y orgullo—. Me refiero a ti. A mi niño.

Le puso una mano en la mejilla.

—Tienes una mirada diferente, Marcos. Pareces... mayor. Como si hubieras envejecido diez años en una semana.

Marcos no se apartó. Sintió el calor de la mano de su madre y tuvo ganas de contarle todo. De decirle que no había envejecido, que simplemente había despertado.

—Supongo que la universidad cansa —dijo él, forzando una media sonrisa.

—Supongo. —Su madre no se lo creyó, pero le devolvió la sonrisa. Aceptó la mentira como una ofrenda de paz—. Bueno, señor mayor. Alcánzame ese bote de lejía de arriba. Que para eso te he traído.

Marcos cogió la lejía. Pesaba. Pero no tanto como el secreto que llevaba en la mochila. Volvieron a casa en silencio, un silencio cómodo pero nuevo. Ya no eran madre e hijo en una burbuja segura. Eran dos adultos compartiendo un coche, sabiendo que había cosas que no se podían decir.

Al tercer día, el miércoles, la espera terminó. El teléfono vibró sobre la madera del escritorio. No sonó. Solo vibró, un zumbido sordo y urgente. Un mensaje. Un grupo de coordenadas y una hora. 10:00. La Bordeta. Edificio Sacyr.

Marcos miró la pantalla. El corazón le dio un vuelco, pero sus manos no temblaron. Se levantó, se puso la chaqueta y se miró al espejo. El chico que le devolvió la mirada tenía ojeras y el pelo un poco largo, pero ya no tenía miedo. Salió de casa sin hacer ruido. El descanso había terminado. La guerra volvía a empezar.

Dani lo recogió en la esquina de siempre. Su amigo también tenía el aspecto de haber dormido en una secadora. Tenía los ojos rojos y las gafas torcidas.

—¿Otro edificio abandonado? —preguntó Marcos, subiendo al coche—. ¿Es que vuestro líder tiene alergia a los sitios con agua corriente? ¿No podéis quedar en un Starbucks, como la gente normal?

—El Starbucks tiene WiFi público, cámaras y micrófonos en cada puto teléfono —dijo Dani, con los ojos fijos en la carretera—. Un edificio a medio construir es un lienzo en blanco. Sin cables, sin red, sin oídos. Es el único sitio seguro para lo que vamos a hacer hoy.

—Genial. Tétanos. Mi plan favorito para el miércoles.

El "Edificio Sacyr" era un esqueleto. Una mole de hormigón gris y rejas de hierro oxidadas. Perfecto. Muy temático.

Llegaron antes de la hora. No había reunión, solo preparativos frenéticos. Entraron en la cuarta planta. El aire era frío y olía a cemento húmedo y a óxido.

Rubén estaba en el hueco de la escalera, vigilando. Juan y Javier estaban montando una antena parabólica portátil en un trípode, apuntándola por el hueco de una ventana sin cristal. Luis estaba rodeado de un nido de portátiles y lo que parecían baterías de coche.

Esteban estaba en el centro, con unas gafas de sol de aspecto normal puestas, aunque estaban en el interior, lo cual era raro. Marcos se fijó bien. Los cristales no eran oscuros; tenían un extraño y profundo tinte violáceo, como el de los filtros de la cámara.




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