No era el tono de llamada habitual de la red encriptada. Era una alarma de prioridad cero. Una anulación de protocolo. Una nueva ventana se abrió de golpe en la pantalla central, empujando a las de Wang, Hans y Vance a las esquinas.
—NODO USA - JONES —leyó Lucía.
La cara de Jones apareció en primer plano. Estaba pálido, con la corbata deshecha y sudando.
—¡Esteban! ¡Hans! —dijo Jones. Su voz era un susurro urgente—. ¡Tenemos un problema!
—¡Jones! —bramó Esteban, poniéndose de pie—. ¿Qué pasa? ¿Nos atacan?
—¡Es Sudáfrica! —Jones miró hacia la puerta de su despacho, paranoico—. ¡Esos idiotas se han saltado el protocolo! ¡Han publicado los vídeos!
La noticia cayó como una bomba en la sala del edificio Sacyr.
—¿Qué? —susurró Lucía, llevándose una mano a la boca.
—¡Lo han subido todo a la red pública! —explicó Jones, hablando a toda velocidad—. ¡Hace diez minutos! ¡Querían ser héroes! ¡Querían que el mundo viera la verdad!
—¡Maldita sea! —gritó Wang desde su laboratorio en Pekín—. ¡Nos han expuesto a todos!
—¡Es peor! —siguió Jones—. ¡Los han borrado! ¡En segundos! ¡La respuesta ha sido inmediata! ¡Acabo de recibir el informe de la Red! ¡Un bombardero sudafricano, un puto avión de su propio ejército, acaba de soltar su carga sobre las coordenadas del nodo!
El silencio en la sala fue absoluto. Un silencio de tumba.
—¿Un bombardero? —preguntó Marcos, incrédulo.
—¡Un "fallo informático" en el sistema de navegación! —dijo Jones con amargura—. ¡Eso dirán las noticias mañana! ¡Fuego amigo! ¡Pero no ha sobrevivido nadie, Esteban! ¡Los han borrado del mapa! ¡Han convertido el edificio en un cráter humeante en menos de quince minutos!
—Idiotas —masculló Esteban, cerrando los ojos con fuerza—. ¡Idiotas irresponsables!
—Han puesto una diana en todos nosotros —dijo Hans desde Berlín, con la voz temblorosa—. Saben que estamos organizados...
—Peor —dijo Jones, acercándose a la cámara—. Saben que podemos verlos. Saben que somos una amenaza. Estoy intentando contactar con...
Mientras Jones hablaba, Marcos notó movimiento a su lado. Dani. Su amigo no estaba mirando a Jones. Estaba encorvado sobre su propio portátil, monitorizando el tráfico de la llamada. Su cara había pasado del color de la cera al de la tiza.
—Dani, ¿qué pasa? —susurró Marcos.
—Shh... —Dani tecleó una secuencia rápida. Negó con la cabeza. Volvió a teclear—. No puede ser...
—Dani...
—¡Esteban! —La voz de Dani sonó aguda, rompiendo la discusión de los adultos—. ¡ESTEBAN!
Esteban se giró, molesto por la interrupción.
—¿Qué quieres, Dani? ¡Estoy en una reunión de crisis!
—¡Esteban, nos están escuchando!
La frase congeló la habitación. En la pantalla, Wang, Vance y Hans se callaron al unísono.
—¿Qué has dicho, chico? —preguntó Vance desde Londres.
—Estoy monitorizando el tráfico de la red en tiempo real —dijo Dani, sus dedos volando sobre las teclas, luchando contra un fantasma digital. Dani levantó la vista, aterrorizado.
—Hay un nodo fantasma conectado a esta llamada. Alguien está interceptando el stream principal.
—¡Imposible! —dijo Jones desde su despacho—. ¡Mi conexión es segura! ¡Intentamos contactar con el nodo de Sudáfrica para avisarles y...!
Jones se calló de golpe. La comprensión le golpeó la cara.
—Contactasteis con Sudáfrica —dijo Lucía, atando cabos con horror—. Intentasteis avisarles. Y la señal rebotó.
—¡Os han seguido la traza! —gritó Dani—. ¡Al conectar con ellos, les habéis abierto la puerta! ¡El listener viene de vuestra conexión, Jones! ¡Os han localizado!
En la pantalla de Jones, algo pasó. La taza de café que tenía sobre la mesa empezó a vibrar. El líquido se rizó.
—¿Qué...? —Jones miró a su alrededor.
El despacho entero tembló. Un cuadro se cayó de la pared. No era un terremoto. Era un impacto.
—¡Oh, Dios! —gritó Jones, sacando una pistola del cajón—. ¡Están aquí!
El techo del despacho de Jones se hundió. No hubo explosión de fuego. Fue un colapso estructural instantáneo, como si un pie gigante hubiera pisado el edificio. Vigas de acero y polvo de yeso cayeron sobre el hombre. La cámara de Jones cayó al suelo, rodando, y mostró una imagen final torcida: escombros, humo y oscuridad.
La señal de Estados Unidos se cortó con un chirrido estático. La ventana se fue a negro.
—¡Han caído! —gritó Hans desde Berlín, con los ojos desorbitados—. ¡Están barriendo los nodos activos! ¡Acaban de pillar a Jones porque estaba en esta llamada! ¡Nosotros somos los siguientes!
—¡Esteban! —gritó Lucía, corriendo hacia la antena de la ventana.
—¡EVACUAD! —rugió Hans en la pantalla—. ¡La Red Gulliver está comprometida! ¡CANAL B5! ¡PROTOCOLO B5! ¡Desconectad...!
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Editado: 20.04.2026