Peón

Capítulo 17

El silencio fue lo primero que registró su cerebro. No era un silencio normal, de biblioteca o de noche en el campo. Luego vino el olor. Cemento. Yeso pulverizado. Y finalmente, llegó el dolor.

No fue un golpe concreto. Fue un dolor generalizado, como si cada célula de su cuerpo hubiera decidido protestar al unísono. Le dolían las costillas, las piernas, la cabeza. Sentía que lo habían pasado por una trituradora de carne y luego lo habían vuelto a montar mal.

Marcos tosió. Fue un error. La tos seca convulsionó su pecho, y sintió como si tuviera cuchillas de afeitar en los pulmones. El aire no era aire; era polvo en suspensión.

Abrí los ojos. O eso creyó, porque no sirvió de nada. La oscuridad era total. Una negrura sólida que le aplastaba los párpados.

Genial, pensó, con una calma extraña y desapegada. Estoy muerto. Esto es el Más Allá. Y resulta que el Más Allá es un armario oscuro que huele a obra sin terminar. Vaya estafa.

Intentó moverse, pero algo lo inmovilizaba. Un peso. Y no era solo escombro. Era algo cálido. Algo vivo. Un gemido suave sonó justo al lado de su oreja.

—¿...papá?

Lucía. La realidad volvió a su cabeza como un puñetazo. El edificio. La trampa. El derrumbe. La mesa de acero.

—¿Lucía? —graznó Marcos. Su voz sonaba como si hubiera estado gritando durante tres días seguidos.

Ella se movió encima de él. Marcos sintió sus codos clavándosele en el estómago, y soltó un gruñido de dolor.

—¿Marcos?

—Sí. Soy yo. No te muevas mucho.

Levantó una mano. Sus dedos chocaron contra algo frío y metálico a escasos cinco centímetros de su nariz. La parte inferior de la mesa. Encima de esa mesa, oyó un crujido. Un CREAAAK siniestro de metal bajo tensión y hormigón asentándose.

Estaban vivos. De milagro. La mesa de obra, esa plancha de acero industrial que habían usado como refugio de último segundo, había aguantado. Pero por el sonido que hacía, estaba soportando el peso de medio edificio.

—El metal... —susurró Lucía, con voz temblorosa—. El metal nos camufla.

—Y nos salva de ser puré —añadió él, intentando mantener el pánico a raya—. Pero no sé cuánto aguantará. Tenemos que salir.

—¡Mi padre! —Lucía se tensó de golpe, recordando—. ¡Estaba ahí! ¡Estaba justo delante!

Empezó a removerse, presa del pánico, golpeando la mesa con la espalda. El polvo cayó sobre ellos como nieve sucia.

—¡Quieta! —Marcos la agarró de los brazos—. ¡Si golpeas la estructura, nos caerá todo encima! ¡Tenemos que salir reptando! ¡Ayúdame a empujar!

La adrenalina es una droga maravillosa. Ignorando el dolor, empezaron a arrastrarnos. Era como estar en un ataúd compartido. Marcos tuvo que empujar escombros con los hombros, apartar hierros retorcidos que le cortaban la ropa y la piel, tosiendo y escupiendo yeso. Finalmente, vio una rendija de luz gris.

—¡Por ahí! —señalé—. ¡Veo luz!

Se deslizaron por debajo del borde de la mesa hacia un pequeño hueco de aire. Marcos salió primero, rodando sobre una montaña de ladrillos rotos, y luego tiró de Lucía. Cuando se pusieron de pie, o lo intentaron, el mundo que vieron los dejó helados. Salieron a la zona cero entre la niebla

—¡PAPÁ!

Lucía no esperó. No miró si era seguro. Se lanzó hacia lo que había sido el hueco de la escalera, ahora convertido en una montaña de escombros.

—¡Lucía, no! —Marcos intentó agarrarla, pero se le escapó—. ¡Es inestable!

—¡ESTABA AQUÍ! —gritó ella, cayendo de rodillas sobre las piedras afiladas y empezando a escarbar con las manos desnudas—. ¡LO VI CAER! ¡PAPÁ! ¡PAPÁ!

Su voz se rompió en un grito desgarrador que resonó en el esqueleto del edificio.

—¡Lucía, cállate! —susurró Marcos con fuerza, corriendo tras ella y tapándole la boca con la mano—. ¡Por favor, cállate!

Miró hacia arriba, hacia la niebla gris que cubría el techo derrumbado. No se veía nada. Solo humo y polvo. Pero el silencio era aterrador. No se oía nada. Ni sirenas, ni pájaros. Solo el crujido ocasional de una piedra cayendo. Clac. Marcos se tensó. ¿Había sido una piedra? ¿O era un paso? ¿Estaban ahí arriba, invisibles, flotando sobre el humo, escuchando los gritos de Lucía para triangular su posición?

—Nos van a oír... —le susurró al oído, sintiendo el terror helándole la sangre—. Si están ahí, nos van a oír.

Lucía se quedó quieta un segundo, respirando agitadamente contra su mano. Sus ojos, llenos de lágrimas y polvo, miraban a todas partes, buscando una amenaza que no podían ver. El pánico a lo invisible era peor que ver al monstruo. Cada sombra que se movía en la niebla parecía una silueta. Cada corriente de aire parecía el desplazamiento de un dron.

—Tenemos que irnos —dijo Marcos—.

—No me voy sin él —dijo Lucía. Se quitó la mano de Marcos de la boca. Su voz ya no era un grito; era un susurro roto, pero firme como el acero—. No me voy.

Se giró y volvió a escarbar. Sus manos sangraban, las uñas rotas contra el hormigón.

—Lucía... —empezó a decir Marcos, sintiendo una pena infinita. Sabía lo que iban a encontrar. O peor, sabía que probablemente no encontrarían nada.




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