Marcos se quedó quieto un segundo, con la mano en la manija de acero, asegurándose de que estaba bien cerrada. Luego, se giró hacia el caos de la cocina. Cogió una libreta de comandas del mostrador y un bolígrafo. Escribió con letra grande y temblorosa: "Chica herida dentro de la cámara. Abrid la puerta"
Dejó la nota clavada en el pincho de las facturas, junto a la caja registradora, bien visible. Respiró hondo. El aire olía a grasa y miedo. Se ajustó las gafas de sol violetas.
—Vale, Marcos-Man —se dijo a sí mismo, notando cómo le temblaban las manos—. Hora de salvar al mundo. O al menos, de morir intentándolo de forma espectacular.
Miró hacia la puerta de servicio que daba al callejón trasero. A través de la ventanilla, vio un resplandor azul. Salió por la puerta de emergencia, directo hacia la noche.
Con las gafas puestas, el mundo no era el mundo. Era un paisaje de pesadilla morada. Los edificios derruidos brillaban con un resplandor espectral. El polvo en suspensión parecía estática de televisión. Y allí, flotando a la salida del callejón, a unos cien metros, estaba él. El mosquito.
A simple vista habría sido invisible, pero a través de los filtros de Luis, era un faro de maldad geométrica. Un dodecaedro pulsante de luz azulada que giraba lentamente sobre su eje, escaneando la calle como el ojo de Sauron en versión polígono.
Marcos se pegó a la pared. El corazón le latía en la garganta. Vale. Tú tienes un rayo de la muerte invisible y yo tengo una navaja suiza y gafas de sol de los ochenta. Esto está equilibrado.
El mosquito se detuvo. Dejó de girar. Se inclinó hacia delante. Lo había visto. O lo había sentido. Se lanzó hacia él.
—¡Mierda! —gritó Marcos.
Corrió en dirección contraria. No fue una carrera olímpica; fue la carrera desesperada de una cucaracha cuando se enciende la luz de la cocina. Sus zapatillas resbalaban sobre los cascotes. El dolor de los golpes del derrumbe era una anécdota lejana; su cuerpo estaba funcionando con vapores de adrenalina pura. Llegó a la esquina, giró derrapando y se encontró con el infierno.
La calle principal estaba bloqueada. El derrumbe del edificio de la trampa había cortado el tráfico. Había coches pitando, gente gritando, sirenas de policía acercándose. El caos perfecto.
No puedo correr más que ellos en línea recta viendo el atasco. Me cazarán desde el aire.
Miró atrás. El mosquito azul giraba la esquina, flotando sobre las cabezas de la gente que huía, ignorándolos. Solo le importaba él. Necesito un techo. Necesito esconderme.
Vio un portal abierto a su izquierda. Un edificio de pisos antiguo, de ladrillo visto. No lo pensó. Se metió dentro. El portal olía a ambientador de pino y a cera. Subió las escaleras de dos en dos, saltándose escalones, agarrándose a la barandilla para impulsarse. Oía los gritos de la gente en sus casas, alertada por el derrumbe de fuera.
¡Mierda, me ha seguido!
Miró por el hueco de la escalera. Lo vio. El mosquito subía flotando por el hueco central. No usaba los escalones. Simplemente ascendía en silencio, una mancha morada en su visión, más rápido que él. Marcos llegó al tercer piso. Estaba atrapado. Si seguía subiendo, lo acorralaría en la azotea. Una puerta se abrió a su derecha. Una señora mayor, con bata de guata rosa y rulos en la cabeza, se asomó con cara de curiosidad, atraída por el escándalo.
—¿Qué pasa? —preguntó—. ¿Es un terremoto?
—¡Lo siento, señora! —gritó Marcos—. ¡Escape de gas!
La apartó con un empujón suave pero firme y se metió por la fuerza en su piso.
—¡Oiga! —protestó ella.
—¡Cierre la puerta! —le gritó Marcos, cerrándola él mismo y echando el cerrojo—. ¡Y no salga!
Marcos corrió por el pasillo. Salón. Cocina. Tenía que buscar una salida. El mosquito no llamó al timbre. La madera de la puerta de entrada estalló hacia dentro, convertida en astillas, como si una bola de demolición invisible la hubiera golpeado. La señora gritó.
El mosquito entró en el pasillo flotando. Marcos lo vio aparecer en el umbral del salón. Se detuvo. Estaba atrapado. La ventana del salón tenía rejas. El dron se giró hacia él. Y entonces, la habitación cobró vida. En la pared del salón había una colección de platos decorativos de cerámica colgados. Los platos empezaron a vibrar.
—¡Al suelo! —le gritó a la señora.
Los platos salieron disparados de la pared como shurikens de cerámica. Marcos se lanzó detrás del sofá. Los platos se hicieron añicos contra la pared donde había estado su cabeza hacía un segundo. CRASH. CRASH.
Marcos se arrastró hacia la cocina. El mosquito lo siguió, flotando sobre la alfombra persa. Entró en la cocina. Vio el bloque de cuchillos de madera sobre la encimera.
—¡Ni de coña! —gritó Marcos.
Los cuchillos se elevaron en el aire, saliendo de sus ranuras suavemente, girando hasta que las puntas apuntaron hacia él. Cinco cuchillos. Un jamonero, uno de pan, tres puntillas.
—¡Joder, joder, joder!
Un cuchillo salió disparado. Marcos se lanzó al suelo, resbalando sobre las baldosas. El cuchillo se clavó en la puerta del frigorífico con un THWANG vibrante, a la altura de su cuello. Otro, el de pelar patatas, le rozó el brazo izquierdo. Sintió un dolor agudo, un corte limpio y caliente. La sangre empezó a manar, manchando su sudadera prestada.
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Editado: 20.04.2026