Los dos días siguientes no fueron un infierno. El infierno, al menos, tiene la decencia de ser interesante. Hay fuego, demonios y gritos. Esto fue peor. Fue aburrimiento. Marcos estaba tumbado en su cama, lanzando una pelota de tenis contra el techo.
Thump. La pelota subía. Thump. La pelota bajaba. Una y otra vez.
Llevaba cuarenta y ocho horas encerrado en su habitación. Su madre había cumplido su amenaza con una eficiencia militar: "Estás castigado".
El mundo se está acabando. Hay una raza de poliedros invisibles demoliendo edificios y ejecutando a líderes de la resistencia. He visto morir a un hombre aplastado por toneladas de hormigón. Tengo las manos manchadas de polvo y culpa. Y estoy castigado sin salir.
Probablemente, si los mosquitos invadieran la Tierra mañana, su madre le haría terminar las lentejas antes de dejarle huir al refugio nuclear. Se levantó y caminó hacia la ventana. Apartó la persiana con el dedo índice, como si fuera un francotirador vigilando una zona de guerra.
La calle de abajo seguía igual. Gente paseando perros. Un repartidor de Glovo en bicicleta, pedaleando como si su vida dependiera de entregar una hamburguesa caliente (que, irónicamente, quizás sí dependía de ello). Un autobús urbano soltando humo negro.
Normalidad. Una capa de pintura brillante y barata sobre una pared que se estaba cayendo a pedazos. Marcos soltó la persiana. Se sentía como un astronauta que acaba de volver de Marte y al que obligan a sentarse en la mesa de los niños. Sabía demasiado. El conocimiento le picaba debajo de la piel.
Su móvil de prepago seguía apagado, escondido en el fondo del cajón de los calcetines, envuelto en una camiseta vieja. Lo miraba de vez en cuando. La tentación de encenderlo era física. Necesitaba saber. ¿Habían llegado a la Masía? ¿Estaba Lucía bien? ¿Había dejado de temblar Dani?
Pero recordaba la cara de Jones en la pantalla, segundos antes de que su despacho se convirtiera en una tumba. Si encendía ese teléfono, era como encender una bengala en medio de la noche. No. No podía arriesgarse.
El silencio en la casa era denso. Sus padres habían adoptado la estrategia del "asedio por hambre y culpa". Le dejaban la comida en una bandeja frente a la puerta, daban dos toques suaves y se marchaban.
Marcos abría la puerta, cogía la bandeja como una rata de laboratorio y volvía a encerrarse. Lentejas. Filete empanado. Fruta pelada. Comida de madre. Comida hecha con amor y preocupación. Cada bocado le sabía a traición.
El jueves por la noche, la vejiga le obligó a romper el aislamiento. Salió de la habitación con el sigilo de un ninja con calcetines de lana. El pasillo estaba en penumbra, pero la luz azulada del televisor parpadeaba en el salón. Iba a pasar de largo hacia el baño, pero escuchó la voz del presentador de noticias.
—...continuamos con la última hora sobre la tragedia de La Bordeta.
Marcos se congeló. Sus pies se quedaron clavados en el parqué. Se asomó por el marco de la puerta. Sus padres estaban sentados en el sofá, juntos, con esa postura rígida de la gente que espera malas noticias. Su padre tenía el mando a distancia apretado en la mano.
En la pantalla, una imagen aérea mostraba la zona cero.
Lo que había sido un edificio de cinco plantas en construcción era ahora una montaña de escombros grises rodeada de cinta policial y focos potentes.
Marcos sintió un escalofrío. Él había estado allí. Debajo de esa montaña.
—Las autoridades han confirmado que la causa del derrumbe fue un fallo catastrófico en la cimentación, agravado por una bolsa de gas subterránea no detectada —decía el presentador —La explosión de gas provocó el colapso estructural inmediato.
—Gas... —bufó Marcos en voz baja.
Claro. Gas. El comodín del público. Si algo explota y no sabes por qué, es gas. Si un edificio se cae porque unos drones invisibles le cortan los pilares con láseres, es gas.
—Pobres trabajadores —comentó su madre, negando con la cabeza—. Dicen que había gente dentro. Ocupas, o chavales...
—Es una desgracia —dijo su padre—. Esas constructoras... ahorran en materiales y luego pasa lo que pasa. Deberían meterlos a todos en la cárcel.
Marcos apretó los puños. Sus uñas se clavaron en las palmas.
Quería gritar. Quería entrar en el salón, ponerse delante de la tele y decirles: «¡No fue el gas, papá! ¡No fueron los materiales! ¡Están aquí! ¡Nos están cazando y vosotros estáis viendo anuncios de detergente!»
Pero se mordió la lengua hasta hacerse sangre. Vio la cara de Esteban en su memoria. Cayendo al vacío para protegerlos. Si les decía la verdad, los condenaba. La ignorancia era su único escudo. Su padre cambió de canal. Un concurso de preguntas y respuestas. Risas enlatadas. Aplausos. Marcos retrocedió hacia la oscuridad del pasillo, sintiendo náuseas. Ese mundo, el mundo de los concursos y las explicaciones lógicas, ya no era el suyo. Él pertenecía a los escombros.
Se metió en el baño, se lavó la cara con agua helada y se miró al espejo. Tenía ojeras. Parecía mayor.
—Aguanta —le susurró a su reflejo—. Solo un poco más.
El viernes por la tarde, la espera se rompió. No fue una decisión consciente. Fue una necesidad física, como la de respirar. Marcos estaba sentado en el escritorio, intentando resolver una ecuación de física, cuando el lápiz se partió en su mano. Miró los dos trozos de madera amarilla.
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Editado: 20.04.2026