Peón

Capítulo 20

Lucía asintió. Se sentó frente al ordenador. Sus dedos flotaron sobre el teclado. Miró a Marcos una última vez. Una micro-sonrisa, triste y agradecida, curvó sus labios.

—Gracias por volver —susurró, solo para él.

Luego, empezó a teclear la contraseña que cambiaría el mundo. Lucía se sentó frente al portátil blindado. Sus dedos flotaban sobre el teclado, pero no escribían. Temblaban. Solo un poco. Un temblor casi imperceptible, como la vibración de un motor al ralentí. Marcos, desde su posición apoyado en la pared, lo vio. Quiso acercarse, pero Rubén le hizo un gesto sutil con la cabeza. Déjala. Tiene que hacerlo sola.

—¿Estamos listos? —preguntó Lucía. Su voz era firme. El temblor se quedaba en las manos; no subía a la garganta.

Dani se ajustó las gafas, nervioso. Estaba monitorizando la encriptación desde su propio portátil auxiliar.

—La conexión es estable. Protocolo de emergencia activado. Estamos usando el canal secundario que dejó Pep. Debería ser seguro... por ahora.

—Alguien contestará —dijo ella.

Sacó el USB plateado de su cuello. El "Reino". Lo conectó.

—Iniciando enlace. Código de acceso: Esteban-Alfa-Uno.

La pantalla parpadeó. La estática digital gris llenó el salón de la masía, bañando las caras sucias y cansadas del grupo con una luz fantasmal. Uno a uno, los pilotos de estado cambiaron de rojo a amarillo. Y luego a verde. La pantalla se dividió. Una ventana de vídeo se abrió en el centro. No era una imagen nítida. Era oscura, granulada. Se veía un refugio subterráneo, iluminado por luces de emergencia. Un hombre apareció en el encuadre. Asiático. Tenía media cara cubierta de vendajes manchados de hollín y antiséptico amarillo. Era Wang. El líder de Pekín.

—Nodo 3166ESP —dijo Wang. Su voz era un raspado metálico, cargada de dolor y furia—. Llegas tarde al recuento de bajas.

—Hemos tenido problemas técnicos —respondió Lucía. Se enderezó en la silla, adoptando esa postura rígida que usaba para parecer más alta.

Wang acercó su ojo sano a la cámara. Escaneó la habitación detrás de Lucía.

—¿Dónde está Esteban? —preguntó—. Quiero hablar con él. Necesitamos coordinar la respuesta tras la caída de Jones. Washington ha desaparecido. Londres está en silencio. Necesito a Esteban.

—Esteban ha caído —dijo Lucía.

Soltó la frase sin anestesia. Sin dejar que el dolor se filtrara en su voz.

—Cayó en el ataque de hace dos días.

La mirada de Wang se endureció. No hubo pésame. En la guerra no hay tiempo para pésames.

—¿Caído? —Wang golpeó la mesa, haciendo vibrar la cámara—. ¿Y quién eres tú? ¿Su secretaria? Pásame con Rubén. Pásame con alguien competente.

Javier, desde el fondo de la sala, soltó un gruñido gutural y dio un paso al frente, pero Juan lo retuvo por el brazo. Lucía no se giró. Mantuvo la mirada clavada en la lente, sosteniendo el escrutinio de un hombre que dirigía el nodo más poderoso de Asia.

—Soy su hija. Lucía. Y soy la nueva líder del Nodo 3166.

Wang soltó una risa breve y cruel que acabó en un ataque de tos seca.

—¿Una niña? Esteban ha muerto, el mundo se cae a pedazos, ¿y España nos deja a una niña? Esto es ridículo. Exijo que transfieras las claves de encriptación al Nodo Pekín inmediatamente. No estás cualificada para...

—Tengo la clave privada, Wang —le cortó ella. Su voz bajó de tono, volviéndose peligrosa—. Y tengo el protocolo de sucesión de Pep. Si intento transferirte las claves sin una autorización biométrica presencial, el sistema se borra. Lo sabes.

Wang se calló. Lo sabía.

—Así que, o hablas conmigo —siguió Lucía—, o España se queda a oscuras y perdéis vuestros únicos ojos activos en el sur de Europa. Tú eliges.

Wang apretó la mandíbula, furioso.

—Estamos solos, niña —dijo, con desprecio—. Ciegos y solos. Jones ha muerto. Sudáfrica ha muerto. Y ahora Esteban. No queda nadie.

BIP-BIP-BIP.

Una alarma de prioridad rompió la tensión. Una segunda ventana se abrió en la pantalla, empujando a Wang a un lado.

—¡...me recibís?! ¡¿Hay alguien ahí?!

La imagen era terrible. Era Eugen, el segundo del nodo alemán. Estaba en una habitación pequeña, metálica. Un búnker de aislamiento profundo. Estaba sucio, demacrado, con una barba de tres días y los ojos desorbitados de quien lleva demasiado tiempo escuchando cómo intentan matarlo. El sonido de fondo era lo peor. Un zumbido constante, agudo, como un taladro gigante intentando perforar el metal. ZZZZZZZZT.

—¿Eugen? —preguntó Lucía—. ¿Dónde está Hans?

—Muerto —graznó el alemán—. Todos muertos. Berlín cayó hace tres horas. Me han acorralado. Estoy en el núcleo de seguridad.

Se giró para mirar la puerta blindada de acero a su espalda. El metal estaba empezando a brillar.

—¡Están fundiendo la puerta! —gritó Eugen, histérico—. ¡Saben que lo tengo!

—¿Que tienes qué? —preguntó Wang, inclinándose hacia la pantalla.




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