A las siete de la mañana, el silencio en la casa de Juan era más ruidoso que una explosión. Había pasado la noche en vela, sentado en el borde de la cama, mirando una foto vieja enmarcada en la mesita de noche. Eran él y Javier de niños, manchados de grasa de bicicleta hasta las cejas, sonriendo como si fueran los dueños del mundo.
Juan pasó el pulgar por el cristal, limpiando una mota de polvo inexistente sobre la cara de su hermano.
—No la líes mientras no estoy, Javi —susurró a la habitación vacía.
Cogió las llaves de la furgoneta y salió. Recogió a Sandra cinco minutos después. Ella salió del portal arrastrando los pies, envuelta en su chaqueta de cuero como si fuera una armadura contra el mundo, y con una cara de querer matar a alguien antes del café. Se subió al asiento del copiloto y cerró la puerta con un portazo que hizo temblar los retrovisores.
—Buenos días a ti también, alegría de la huerta —dijo Juan, arrancando el motor diésel que tosía como un fumador empedernido.
—Mhmmm —fue la elocuente respuesta de Sandra. Se hundió en el asiento, cruzándose de brazos y mirando por la ventanilla con hostilidad.
Juan sonrió levemente y metió primera. Conocía a Sandra. Era la ex de su hermana, sí, pero con el tiempo se había convertido en esa amiga gruñona a la que acabas cogiendo cariño porque sabes que, en el fondo, muerde para no tener que ladrar. Condujeron en silencio hacia el polígono industrial.
—¿Lista para la excursión? —intentó de nuevo Juan, tamborileando los dedos sobre el volante.
—Qué remedio —bufó ella—. Sigo sin entender por qué tenemos que ir dos personas a por un puto paquete de Correos. ¿Qué es? ¿Una bomba nuclear?.
—Lucía está nerviosa. Después de lo de Eugen... dice que nada de ir solos. Protocolo de parejas.
—Protocolo de niñera, querrás decir.
Juan la miró de reojo. Sandra estaba tensa. No era solo el miedo a los mosquitos. Había algo más. Estaba royéndose una uña del pulgar con saña.
—Esther me ha dicho que habéis quedado para desayunar luego —dijo Juan, lanzando el cebo.
Sandra dejó de morderse la uña.
—Sí. Eso dice.
—¿Problemas en el paraíso?
—No es el paraíso, Juan. Es un infierno con mosquitos invisibles. —Sandra suspiró, derrotada—. Y sí. Hay problemas. Está... rara.
—¿Rara cómo?
—Distante. Se pasa el día con el móvil. O hablando con el niño ese, Dani. —Sandra hizo una mueca de asco—. Le ríe todas las gracias. "Oh, Dani, qué listo eres", "Oh, Dani, arréglame el teléfono". Me pone enferma.
Juan soltó una carcajada suave.
—¿Estás celosa de Dani? ¿En serio? Sandra, el chico se tropieza con su propia sombra. Si Esther le guiña un ojo, probablemente le dé un infarto allí mismo.
—No es gracioso. —Sandra se giró hacia él, y Juan vio la inseguridad brillando bajo la capa de dureza—. Esther es... mucha mujer. Es lista, es guapa, cae bien a todo el mundo. Yo soy... yo.
Se señaló a sí misma con desprecio.
—La borde. La celosa. La que siempre está enfadada. A veces pienso que solo está conmigo porque le doy pena. O porque no tiene a nadie más.
Juan frenó en un semáforo en rojo. Se giró en el asiento y la miró fijamente.
—Eres idiota, Sandra.
—Gracias. Muy amable.
—Lo digo en serio. Eres idiota si piensas eso. —Juan se puso serio—. Conozco a Esther. Es un espíritu libre, sí. Pero cuando elige a alguien, lo elige de verdad. Y te ha elegido a ti.
—¿Por qué? —preguntó ella, con voz pequeña.
—Porque tú eres su ancla. Ella vuela, Sandra. Tú la mantienes en el suelo. Eres la única que se atreve a decirle que no. La única que la protege de verdad.
El semáforo se puso en verde. Juan arrancó.
—¿Sabes? Javier es igual —dijo Juan, mirando la carretera—. Él es todo fuego y ruido. Si le dejas solo, se quema. Necesita a alguien que le diga: "Para. Respira".
—Tú eres su ancla —dijo Sandra.
—Supongo. —Juan sonrió con tristeza—. A veces pesa. A veces me gustaría mandarlo a la mierda y irme a vivir a la playa. Pero luego pienso... ¿qué sería de él sin mí?
Sandra lo miró. Vio las ojeras bajo sus ojos, las manos manchadas de grasa permanente, la paciencia infinita en su rostro. Juan no era un guerrero. No era un genio. Era algo más raro: era un hombre bueno.
—Eres un buen hermano, Juan —dijo Sandra, suavemente.
—Intento que no nos maten. A ninguno.
Llegaron al polígono. Las naves industriales pasaban como bloques de cemento gris.
—Mira —dijo Juan—. Cuando volvamos con el paquete, habla con ella. Díselo. "Tengo miedo de perderte". A veces, las cosas grandes se arreglan con frases pequeñas.
Sandra asintió, mirando por la ventana.
—Quizás lo haga. Después del desayuno.
—Esa es la actitud.
Juan giró el volante y aparcó la furgoneta frente a la oficina de Correos. Era un edificio de ladrillo visto, feo y funcional, con el cartel amarillo descolorido por el sol. Apagó el motor. El silencio volvió al vehículo.
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Editado: 20.04.2026