Peón

Capítulo 22

Y entonces, el techo se vino abajo. La calle desapareció. No se fue la luz. Se fue el mundo. Detrás de Sandra, la oficina de Correos implosionó con un rugido que le hizo vibrar los dientes. Cediendo toda la estructura cayendo sobre un hombre que acababa de salvarle la vida.

¡BOOM!

La onda expansiva la empujó hacia delante, tirándola al asfalto. Se levantó tosiendo, ciega. Una nube de polvo blanco, densa como la leche, había engullido la calle. Era polvo de yeso, de cemento viejo, de vidas aplastadas.

—¡Juan! —gritó, girándose hacia la nada blanca.

Quiso volver a entrar. Quiso correr hacia los escombros y cavar con las manos desnudas. Pero entonces, el polvo cobró vida. Sandra se ajustó las gafas rotas que Juan le había estampado en la mano. A través de los fragmentos de cristal violeta, la nube blanca se transformó en una tormenta de estática morada. Y dentro de la tormenta, vio las luces. Azules. Eléctricas. Frías.

Tres formas geométricas descendían del cielo, atravesando la columna de humo como tiburones oliendo sangre en el agua. Venían a rematar. El instinto de supervivencia, ese cerebro reptiliano que no entiende de duelos ni de culpas, tomó el control de sus piernas.

Corre.

Sandra abrazó el paquete contra su pecho y corrió. No sabía a dónde iba. Solo sabía que tenía que salir de la nube antes de que se disipara. El polvo era su escudo, pero el polvo se posaba. Tenía segundos. Sus botas golpeaban el asfalto. Cloc, cloc, cloc.

A su izquierda, vio el destello azul de un escáner barriendo la acera. Estaban buscando movimiento. No podía llegar a la furgoneta. Estaba demasiado lejos, y arrancarla haría ruido. Necesitaba desaparecer. Ya. Vio las obras de la acera. Vallas naranjas de plástico volcadas por el viento. Un agujero en el suelo. Una tapa de alcantarilla de hierro fundido, desplazada a medias por los obreros, dejando una media luna de oscuridad visible.

— Metal. Decían que no podían ver por el metal.

Se lanzó hacia el agujero. El paquete se le clavó en las costillas al caer de rodillas junto a la abertura. Miró hacia arriba. A través de la niebla de polvo que empezaba a bajar, vio una luz azul girar hacia ella. La habían visto. No lo pensó. Se deslizó por el hueco. Sus piernas colgaron en el vacío un segundo hasta encontrar los escalones de metal oxidado empotrados en la pared.

Bajó. El paquete se enganchó en el borde. Tiró de él con desesperación, rasgando el papel. Una vez dentro, en la oscuridad apestosa del pozo de registro, miró hacia arriba. La tapa pesaba una tonelada. Tenía que cerrarla. Si la dejaba abierta, bajarían. Apoyó los pies en los escalones, subió los hombros y empujó la tapa desde abajo con todo su cuerpo, apretando los dientes hasta que le dolió la mandíbula. El hierro chirrió contra el asfalto. Grrrreeeeec. Era el sonido más fuerte del mundo.

—Por favor... —gimió Sandra, empujando con lágrimas en los ojos—. Ciérrate.

La tapa se deslizó. El círculo de luz gris y polvo se cerró. CLANG. Oscuridad absoluta. Sandra se quedó congelada en la escalera, con las manos contra el hierro frío, esperando. Esperando el rayo láser que fundiría la tapa. Esperando el zumbido mecánico. Esperando la muerte. Arriba, sintió un golpe. Thump. Algo pesado se había posado sobre la tapa. Justo encima de su cabeza. Sandra dejó de respirar.

No hubo sonido. No hubo zumbido. Eran máquinas perfectas, silenciosas como la muerte. Pero entonces lo vio. Llevaba las gafas puestas. Y a través de los fragmentos de filtro violeta, en la oscuridad total del pozo, vio un filo de luz. Un resplandor azul eléctrico, intenso y frío, se filtraba por el borde milimétrico donde la tapa de hierro tocaba el marco de asfalto. La luz se movía. Giraba. Estaban escaneando.

El haz azul recorrió el perímetro de la tapa, iluminando las motas de polvo que flotaban en el aire viciado del interior. Pasó por encima de los nudillos de Sandra, que seguían aferrados a la escalera. Ella cerró los ojos con fuerza, como si eso pudiera hacerla invisible.

Por favor, vete. Por favor, vete.

La luz se detuvo. El brillo azul se intensificó, colándose por las grietas como agua brillante. Pareció durar una eternidad. Luego, la presión sobre la tapa desapareció. La luz azul se apagó de golpe, dejando solo negrura. Se habían ido. El metal de la tapa y la densidad del suelo la habían ocultado. O habían decidido que no había nada vivo ahí abajo.

Sandra bajó los escalones restantes hasta el fondo del pozo, temblando tanto que casi se cae. No era una alcantarilla grande con túneles donde correr. Era una cámara de registro de telecomunicaciones. Un cubo de hormigón de dos metros por dos metros, lleno de cables de fibra óptica y un palmo de agua estancada y negra en el suelo.

Olía a humedad rancia, a rata muerta y a miedo. Se dejó caer sentada en un rincón seco, sobre una bobina de cable abandonada. Encendió la linterna del móvil solo un segundo para ver dónde estaba. La luz iluminó el paquete. El papel marrón estaba roto en una esquina. Pero lo que hizo que Sandra se rompiera no fue el paquete. Fue la mancha. Había una huella de mano perfecta en el cartón. Una mano hecha de sangre roja y brillante. La mano de Juan. Su último empujón.

Sandra apagó la luz. En la oscuridad total, abrazada a la caja manchada con la sangre de su amigo, la chica dura, la que siempre tenía una respuesta cortante, la que protegía a Esther del mundo, se hizo pequeña. Se encogió hasta convertirse en una bola temblorosa.




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