Peón

Capítulo 23

Lucía se quedó mirando la puerta cerrada. Respiró hondo, tragándose las ganas de gritar, de huir, de rendirse. Se agachó y levantó la mesa volcada con un esfuerzo. Dani, secándose las lágrimas, corrió a ayudarla a recoger los portátiles del suelo.

—Conéctalo todo —dijo Lucía. Su voz sonó fría. Metálica.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó Marcos, acercándose.

Lucía miró a Javier, que seguía llorando en brazos de Rubén. Miró la sangre seca en las manos de Sandra.

—Voy a informar —dijo—. Dani, levanta la red. Vamos a llamar a todo el mundo. Liu, Vance, Cole. A todos.

—¿Ahora? —preguntó Dani, conectando cables con manos temblorosas—. ¿Después de esto? ¿Con Javier así?

—Precisamente por esto. —Lucía se sentó frente al ordenador, que milagrosamente había sobrevivido a la ira de Javier—. Juan ha muerto por traernos una oportunidad. No voy a desperdiciar ni un segundo.

Tecleó el código de acceso.

—Tienen que saber lo que ha pasado. Tienen que saber el precio que hemos pagado.

Miró a la cámara apagada del portátil. Sus ojos brillaban con una determinación táctica y fría.

—Y tienen que saber que, por primera vez, tenemos algo con lo que devolver el golpe.

Dani se sentó frente al portátil, pero sus manos se congelaron sobre el teclado. El cursor parpadeaba en la pantalla negra, esperando.

—¿A qué esperas? —preguntó Lucía. Su voz era tensa, urgente.

Dani se giró. Tenía los ojos rojos detrás de las gafas sucias.

—No puedo usar la Red Gulliver, Lucía. Si conecto con los protocolos antiguos... es un suicidio.

—¿Por qué?

—Porque Jones murió por eso —dijo Dani, tragando saliva—. La traza que mató a Jones... sigue ahí. Los servidores antiguos están marcados. Si entramos por la puerta principal, los mosquitos sabrán dónde estamos en tres segundos. Y entonces... —Miró a Javier, que seguía en el suelo abrazado a Rubén—. Entonces acabaremos como Juan.

Lucía se quedó quieta un segundo. Miró el USB plateado que llevaba al cuello. La llave del reino. Entendió lo que tenía que hacer. No podía usar el castillo de su padre. Tenía que construir uno nuevo.

—Entonces quemamos el puente —dijo ella.

Se arrancó el collar y conectó el USB al puerto del portátil.

—Vamos a hacer un hard fork. Vamos a desechar toda la estructura de comunicación anterior.

Dani la miró, asustado.

—¿Borrarla? Lucía, tardaron años en construir esos enlaces. Si los borras, nos quedamos solos.

—No si levanto unos nuevos ahora mismo. —Lucía puso las manos sobre el teclado, apartando suavemente a Dani—. Tengo la semilla maestra de Pep. Puedo generar un nuevo juego de contratos en la blockchain. Nuevas direcciones. Nuevas claves.

Empezó a teclear. Sus dedos volaban.

—Dani, escribe el código de inyección. Yo pongo las claves, tú construyes el túnel. ¿Puedes hacerlo?

Dani miró a Esther, que seguía en el sofá con Sandra. Esther le asintió, una vez. Hazlo.

—Puedo hacerlo —dijo Dani.

Durante los siguientes diez minutos, el salón de la masía se convirtió en un búnker digital. El único sonido era el tecleo frenético y los sollozos ahogados de Javier, que se iban apagando poco a poco, convirtiéndose en una respiración ronca y dolorosa. Marcos observaba a Lucía. Vio cómo le cambiaba la cara.

El dolor por la muerte de Juan seguía ahí, pero lo había empujado hacia abajo, compactándolo, usándolo como combustible. Se estaba poniendo la corona.

—Listo —dijo Dani, pulsando una tecla final—. El nuevo contrato está desplegado en Ethereum. Es invisible. Virgen.

—Iniciando protocolo de llamada —dijo Lucía—. Frecuencia nueva.

La pantalla parpadeó. La estática gris llenó el monitor.

—Estamos emitiendo —susurró Dani—. Ahora... a esperar.

El silencio volvió a la sala. Un minuto. Dos.

Nadie contestaba.

—No lo ven... —murmuró Sandra, levantando la cabeza—. No saben que estamos ahí.

—Lo verán —dijo Lucía, sin apartar la vista de la pantalla—. Si quedan supervivientes, están vigilando la cadena de bloques. Verán la señal.

De repente, la pantalla cambió. Una ventana de vídeo se abrió en el centro. La imagen era oscura, granulada. Se veía un sótano de hormigón, iluminado por luces de emergencia naranjas. Un hombre apareció en el encuadre. Asiático. Tenía media cara cubierta de vendajes manchados de hollín y quemaduras recientes. Parecía alguien que acababa de salir del infierno. Era Liu. El segundo de Wang.

—Aquí Nodo Shanghai —dijo Liu. Su voz era un raspado metálico, hostil—. Identifíquese. Este canal no debería existir.

—Aquí Nodo 3166ESP, Lleida —respondió Lucía. Se enderezó en la silla—. Código de acceso: Fénix-Cero-Uno.

El ojo sano de Liu se entrecerró. Se acercó a la cámara, desconfiado.




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