Peón

Capítulo 24

—¿Un arma?

La palabra rebotó en los satélites de medio mundo y estalló en la sala de la masía con la fuerza de una granada mal tirada. En la pantalla, la reacción fue un caos de píxeles y voces superpuestas.

—¡Imposible! —gritó el representante de Río de Janeiro, un hombre con ojeras tan profundas que parecían tatuadas—. ¡Apenas sabemos qué son! ¡Llevamos años escondiéndonos en alcantarillas! ¿Cómo vais a tener un arma?

—¡Es una trampa! —exclamó la Directora Vance desde Londres. Su imagen parpadeaba, iluminada por las luces de emergencia de su búnker—. ¡Lucía, ten cuidado! ¡Podría ser un señuelo para exponernos, igual que hicieron con Jones!

El gallinero global estaba en pleno apogeo. Treinta líderes de la resistencia gritando en treinta idiomas distintos, unidos solo por el pánico y la incredulidad. Nadie creía a la chica de la sudadera sucia.

Lucía no gritó. No pidió silencio. Simplemente, se quedó quieta frente a la cámara, apretando los puños bajo la mesa hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Marcos, observando desde la sombra junto a Rubén, vio cómo la mandíbula de Lucía se tensaba. Estaban a punto de desconectarse. Estaban a punto de dejarla sola.

—¡Escuchadme! —dijo Lucía, alzando la voz por encima del ruido estático—. No es una trampa. Y no es imposible. Es el legado de Alemania. Hans y Eugen murieron para enviarnos esto.

—Palabras bonitas —dijo una voz grave y arrastrada que cortó el momento emocional como una guillotina—. Pero las palabras no derriban drones. Necesitamos acciones.

Una de las ventanas de la pantalla se hizo grande, ocupando el centro. Era un hombre de unos cincuenta años, con el pelo plateado peinado hacia atrás y un traje de tres piezas gris marengo que costaba más que todo el equipo informático de la sala junto. Estaba sentado en una sala de juntas con vistas a un Manhattan nocturno, bebiendo de un vaso de cristal tallado.

Marcos no lo conocía, pero su instinto de supervivencia se activó al instante. Ese tipo no era un soldado. Era algo peor. Era el dueño del tablero.

—Soy Cole —dijo el hombre, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos fríos—. Líder del nodo de Nueva York y CEO de Prometheus Capital.

Miró a Lucía con una mezcla de aburrimiento y curiosidad, como quien mira a un animal exótico en el zoo.

—Si tienes un arma real, niña, deja de dar discursos sentimentales y pásamela. Tengo contratistas privados listos para desplegarse en una hora.

—¿Desplegarse? —preguntó Lucía, cautelosa.

—Atacar —dijo Cole, dejando el vaso sobre la mesa de caoba con un golpe seco—. Si podemos matarlos, hay que matarlos a todos. Ahora. Un ataque masivo y coordinado en todas las capitales. Limpieza total. Recuperaremos el planeta antes de la cena.

—¡Estás loco! —intervino Liu desde Shanghái, con la voz ronca—. ¿Un ataque masivo? ¿Has olvidado Sudáfrica, Cole?

Cole hizo un gesto despectivo con la mano.

—Sudáfrica fue un error de relaciones públicas. Subieron vídeos a YouTube. Fueron indiscretos.

—¡Fueron aniquilados! —gritó Vance desde Londres—. ¡Un bombardero arrasó el edificio en diez minutos! Si lanzamos un ataque abierto ahora, sin saber cuántos son ni dónde está su base... nos aplastarán como a insectos.

—Nos aplastarán si nos quedamos quietos —replicó Cole, inclinándose hacia la cámara—. Llevamos diez años escondiéndonos, Vance. Diez años viendo cómo "accidentes" matan a nuestra gente. Es hora de golpear.

Marcos observó la dinámica. Era fascinante y aterradora. Allí estaban, discutiendo sobre el destino de la humanidad. Cole quería jugar a los soldaditos desde su torre de marfil, seguro de que su dinero lo protegería. Vance y Liu estaban paralizados por el trauma de las purgas anteriores.

Y en medio estaba Lucía. En una granja que olía a humedad, con un equipo formado por un gigante roto, un exmilitar vendado y un estudiante de informática (él mismo) que debería estar repasando apuntes de termodinámica.

El destino del mundo depende de quién grite más fuerte en una llamada de Zoom.

—Nadie va a atacar a lo loco —dijo Lucía. Su voz sonó sorprendentemente firme, cortando la discusión de los "mayores"—. No tenemos suficientes armas para un ataque global.

Cole se giró hacia ella en la pantalla.

—¿Cuántas tienes? —preguntó, entrecerrando los ojos—. ¿Mil? ¿Cien?

Lucía tragó saliva. Miró hacia la puerta cerrada de la habitación contigua, donde Luis llevaba una hora encerrado haciendo "autopsias" a la tecnología. No había salido. No sabía si las pistolas funcionaban o si eran chatarra.

—Estamos... haciendo el recuento —mintió Lucía—. Mi ingeniero técnico está evaluando el inventario.

Cole soltó una risita seca, negando con la cabeza.

—¿Tu ingeniero? Por favor. Probablemente sea un chaval soldando cables en un garaje.

Marcos sintió un chispazo de ira. Casi aciertas, capullo. Pero ese chaval soldando cables es lo único que tienes.

—Esto es una pérdida de tiempo —dijo Cole, consultando un reloj de oro en su muñeca—. Si no puedes darnos números, no tienes nada. Voy a desconectar y a preparar mis propios protocolos de defensa.




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