Peón

Capítulo 25

Esa noche, no se fueron a casa. No había casa a la que volver, y el apartamento de la ciudad parecía estar en otro planeta.

Encendieron un fuego en un bidón de aceite oxidado, en la parte de atrás de la masía, lejos de la vista de la carretera pero cerca de los árboles. El aire de la noche era frío, húmedo y cortante, pero el fuego dentro del metal rugía con fuerza, calentándoles las caras y las manos.

Se sentaron alrededor del bidón, en cajas de fruta volcadas o directamente en el suelo. Los tres solos. El núcleo. Solo había recuerdos. Rubén removió las brasas con un palo largo. Las chispas subieron hacia el cielo negro, mezclándose con las estrellas.

—Me recuerda a Málaga —dijo Rubén, mirando el fuego con nostalgia—. A las noches en la sierra, antes de que todo se fuera a la mierda.

—Nunca hablas de Málaga —dijo Lucía, abrazándose las rodillas.

—No hay mucho que contar. —Rubén se encogió de hombros—. Teníamos un líder. Carlos. Era un buen hombre. Valiente. Demasiado valiente.

Rubén tiró el palo al fuego.

—Era impulsivo. Como Javier, pero con más carisma. Creía que podíamos salvar a todo el mundo. —Rubén negó con la cabeza—. Un día, los mosquitos atacaron un servidor en la costa. Carlos no quiso esperar a la evacuación. "Hay que salvar los datos", dijo. "Es nuestra historia".

Marcos escuchaba, fascinado. Era la primera vez que Rubén bajaba la guardia.

—Entramos. Y nos estaban esperando. Fue una carnicería. Vi morir a mi mejor amigo intentando desconectar un disco duro que no valía la vida de un perro. Carlos murió gritando órdenes que ya nadie podía cumplir.

Rubén miró a Lucía a través de las llamas.

—Por eso te respeto, niña. Porque hoy, con Cole, no has sido impulsiva. Has sido fría. Has sacrificado peones para salvar la partida. Eso es lo que hace un líder. Carlos no supo hacerlo.

Lucía bajó la mirada, jugando con una piedrecita en el suelo.

—Yo tampoco sé si sé hacerlo. Pep... Pep siempre decía que yo era demasiado emocional.

—¿Pep? —preguntó Marcos—. ¿Tu primo?

—Sí. —Lucía sonrió, una sonrisa triste y dulce—. Él era el genio. Mi padre quería que yo aprendiera a disparar, a pelear, a ser un soldado. Pero Pep... Pep me robaba por las noches.

—¿Te robaba?

—Me sacaba de la cama cuando mi padre dormía. Nos íbamos al sótano, con una manta encima de las cabezas y una linterna, y me enseñaba código. Python, C++, encriptación...

Lucía se rió suavemente.

—Mi padre pensaba que yo estaba leyendo cómics o estudiando historia. Pero Pep me estaba enseñando a construir la Red. "El músculo es útil, Lucía", me decía, "pero el código es lo que cambiará el mundo". Soñábamos con ir juntos a la universidad. Él iba a ser profesor. Yo iba a ser... no sé. Algo normal.

Se le quebró la voz.

—Echo de menos lo normal.

Marcos miró el fuego. Sabía exactamente a lo que se refería.

—Yo echo de menos el Doom —dijo Marcos de repente.

Rubén soltó una carcajada seca.

—¿El videojuego?

—Sí. —Marcos asintió—. Jugaba con David. Y con Andrea. Nos pasábamos las tardes en la cafetería de la facultad, comiendo sándwiches de máquina que sabían a plástico, discutiendo sobre qué arma era mejor.

—David siempre se pedía el lanzacohetes. Decía que apuntar era de cobardes. Y Andrea... Andrea era la mejor. Nos ganaba siempre. Se reía de nosotros. Tenía una risa... —Marcos tragó saliva—. Una risa muy ruidosa.

Miró a Lucía.

—Echo de menos esa risa. Echo de menos que mi mayor problema fuera que David me había robado la armadura o que Andrea me había ganado la partida.

El silencio cayó sobre el grupo. No era un silencio incómodo. Era un silencio de respeto por los fantasmas que se sentaban con ellos alrededor del fuego. El tiempo pasó. Las brasas empezaron a perder fuerza, brillando con un rojo profundo. El agotamiento, ese peso físico que llevaban arrastrando días, empezó a vencer a Lucía.

Sus párpados pesaban. Su cabeza cabeceaba. Sin darse cuenta, o quizás sin importarle, se inclinó hacia un lado. Apoyó su cabeza en el hombro de Marcos. Marcos se quedó rígido.

Vale. No te muevas. No respires. No hagas nada estúpido.

Dudó un segundo. Su instinto de supervivencia le gritaba alertas rojas. ¿Era una trampa? ¿Vendría otro puñetazo como el del coche? ¿Se despertaría y le gritaría por invadir su espacio?

Pero ella suspiró, un sonido suave y confiado, y se acomodó mejor. Lentamente, con el miedo de quien desactiva una bomba, Marcos pasó su brazo por encima de los hombros de ella. La abrazó. Ella no le golpeó. Se acurrucó más contra él, buscando el calor de su cuerpo contra el frío de la noche.

Es real, pensó Marcos, mientras olía el humo de la leña y el champú barato en el pelo de Lucía.

Es la líder del puto mundo. La chica que ha puesto firmes a los dueños del planeta. Pero ahora mismo... ahora mismo solo es una chica que ha perdido a su padre y tiene frío.




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