De vuelta en la casa, después de descargar "el botín" de latas de atún, llegó la hora del dolor.
—El equilibrio, Marcos. Tienes el equilibrio de un pato con vértigo.
Estaban en la parte trasera de la casa donde Rubén se dedicaba a darles palizas metódicas bajo la excusa del "entrenamiento básico".
—No es vértigo —jadeó Marcos, escupiendo un poco de tierra—. Es que me has barrido el pie. Eso es trampa.
—El enemigo no te va a pedir permiso. El enemigo es un dron invisible que te puede cortar la yugular con un cuchillo de cocina desde veinte metros. Si pierdes el equilibrio, te mueres. Levanta.
Marcos se levantó. Le dolía todo. Rubén había decidido que, si iban a enfrentarse a esos mosquitos, necesitaban saber cómo encajar un golpe.
—Descansa dos minutos —dijo Rubén, secándose el sudor—. Lucía, ven. Enséñale cómo se hace.
Lucía se adelantó. Llevaba el pelo recogido en una coleta tensa que dejaba ver su cuello y ropa de deporte negra. Se movía diferente a Marcos. No había duda en sus pasos. Había crecido viendo a su padre y a Rubén entrenar. No era una civil jugando a soldados; era una soldado que había estado esperando su guerra toda la vida.
—No te cortes, Rubén —dijo ella, poniéndose en guardia.
—Nunca lo hago, jefa.
Empezaron. Rubén atacaba, Lucía esquivaba. No tenía la fuerza bruta del exmilitar, pero era rápida. Se deslizaba bajo sus guardias, buscando huecos. Verla pelear era hipnótico. Marcos se quedó mirándola. La forma en que su ceño se fruncía por la concentración. El brillo de sudor en su cuello.
Mierda. Estás colado por ella. Estás en medio del fin del mundo, cubierto de tierra, y estás colado por tu oficial al mando. Eres un cliché con patas.
Rubén lanzó un puñetazo directo. Lucía lo desvió, giró sobre sí misma y le lanzó una patada a la rodilla. Rubén gruñó, sorprendido, pero usó su peso para empujarla. Lucía rodó por el suelo y se incorporó en un movimiento fluido.
—Bien —dijo Rubén—. Muy bien. Has usado mi inercia. Tu padre te enseñó bien.
La mención de Esteban tensó el aire, pero Lucía asintió, tragándose el dolor.
—Ahora vosotros —dijo Rubén, señalando a Marcos—. Marcos. Al centro.
—¿Qué? —preguntó Marcos—. ¿Contra ella? Rubén, no voy a pegarle a...
—¡Cállate y ponte en guardia! —le gritó Lucía, girándose hacia él. Sus ojos negros brillaban con una intensidad peligrosa—. No necesito que me protejas, necesito que aprendas a no morir.
—Sin armas —dijo Rubén, cruzándose de brazos con una sonrisita—. Solo cuerpo a cuerpo. Quiero ver si sois capaces de tocaros sin pedir perdón. ¡Ya!
Lucía no esperó. Se lanzó hacia él. Fue rápido. Marcos intentó bloquear su primer golpe, un directo al pecho, pero fue una finta. Ella giró y le soltó una patada en la cadera que lo hizo tambalearse.
—¡Muévete, Marcos! —le gritó ella—. ¡No soy de cristal! ¡Ataca!
Marcos apretó los dientes. ¿Quieres pelea? Vale.
Lanzó un puñetazo, torpe pero con intención. Ella lo esquivó deslizándose hacia la izquierda. El contacto de su piel contra la suya al bloquearlo le mandó una descarga eléctrica directa al cerebro. Intercambiaron golpes. Marcos se dio cuenta de que ella se estaba conteniendo, pero no mucho. Estaba canalizando su rabia, su duelo, en cada movimiento. Y entonces, pasó.
Marcos lanzó un gancho desesperado. Lucía iba a bloquearlo, pero sus ojos se encontraron. Fue una fracción de segundo. Un parpadeo. Ella dudó. Su mirada bajó de los ojos de Marcos a su boca, y en ese instante, su guardia bajó un milímetro. El puño de Marcos conectó. No fue fuerte, pero le dio en el hombro, haciéndola retroceder un paso. Ambos se quedaron congelados. Marcos la miró, sorprendido.
¿Me ha dejado? ¿Se ha distraído? ¿Por mí?
Una oleada de confusión y una esperanza estúpida le recorrieron el cuerpo. Me estaba mirando. De verdad me estaba mirando.
Ese pensamiento fue su error. Lucía recuperó la compostura al instante. Y se enfadó. Con él, o consigo misma por haber sido débil. Aprovechó la confusión de Marcos. Se lanzó hacia delante, agarró su brazo extendido, usó su propio impulso y lo lanzó por encima de su cadera con una violencia técnica impecable. El mundo giró. El cielo, los árboles, el suelo.
Marcos cayó de espaldas, sacando todo el aire de sus pulmones. Antes de que pudiera recuperarse, ella estaba encima. Literalmente. Se sentó a horcajadas sobre su pecho, inmovilizándole los brazos con sus rodillas. Puso su antebrazo contra su garganta, presionando lo justo para dejarle claro que había perdido.
—Muerto —susurró ella.
Estaba jadeando. Marcos se quedó quieto. No podía moverse. Y, siendo sincero, tampoco quería. Su cara estaba a centímetros de la suya. Podía ver las gotas de sudor en su frente, el pequeño lunar cerca de su oreja. Su respiración agitada se mezclaba con la de él. Sus muslos apretaban sus costados.
El tiempo se detuvo. Ella aflojó un poco la presión en su garganta, pero no se apartó. Sus ojos bajaron de nuevo a los labios de Marcos. Había fuego ahí. Miedo. Y deseo.
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Editado: 20.04.2026