Peón

Capítulo 27

A la mañana siguiente, la tensión en la casa había mutado. Ya no era el miedo eléctrico de la llegada. Era algo más pesado, doméstico y pegajoso. En el salón, Esther y Sandra limpiaban las pistolas Glock sobre la mesa de centro. El olor a aceite de armas se mezclaba con el del café soluble. Dani estaba sentado frente a ellas, en el suelo, con su portátil abierto y rodeado de cables, como un devoto a los pies de un altar pagano.

—...y entonces le dije al profesor que su compilador estaba obsoleto —decía Dani, gesticulando con una mano mientras tecleaba con la otra—. Fue épico. Toda la clase se rio. Básicamente, le reinicié el ego.

Esther le sonrió. Era una sonrisa dulce, casi maternal, de esas que hacen que te sientas el niño más listo de la guardería. Pero a Marcos, observando desde la puerta de la cocina con un trapo sucio en la mano, esa sonrisa le dio un escalofrío.

—Eres increíble, Dani —dijo ella, pasando un trapo por el cañón de la pistola con una naturalidad inquietante—. Un chico malo de la informática. Me encantan los rebeldes.

—Bueno, ya sabes... —Dani se puso rojo hasta las orejas—. Alguien tiene que poner orden en el código. El caos me estresa.

Sandra, a su lado, ni siquiera levantó la vista del cargador que estaba montando. Su mandíbula estaba tensa.

—Cuidado, Esther. No le calientes mucho la cabeza al chaval, o se le fundirá el procesador.

—No seas mala, Sandra —le riñó Esther, suavemente. Le guiñó un ojo a Dani—. A mí me gusta que nos ayude.

—¡Eh, Marcos! —le llamó Dani, ajeno a todo, levantándose con el portátil—. ¿Vienes? Voy a hablar con Luis. Creo que tengo una teoría sobre la red.

—Voy —dijo Marcos, secándose las manos—. Pero primero... ¿dónde está Javier? No lo he visto en todo el día.

La mención de Javier hizo que la temperatura de la sala bajara diez grados.

—No ha venido a desayunar —dijo Dani—. Esta mañana no estaba en su saco. Y su rifle tampoco.

—Mierda —masculló Rubén, entrando desde el pasillo, ajustándose el vendaje de las costillas—. Sabía que esto pasaría. Voy a buscarlo.

—Voy contigo —dijo Marcos.

—No. Tú te quedas. Si la cosa se pone fea, necesito a alguien aquí que vigile la puerta, no a alguien a quien tenga que salvar.

Rubén sabía dónde buscar. Había pasado suficientes noches con Esteban sacando a gente de agujeros oscuros como para conocer el patrón de la autodestrucción masculina. Bar Manolo. Un antro en las afueras del pueblo, cerca del cementerio donde habían enterrado a Juan.

El tipo de sitio donde el suelo es pegajoso, las moscas vuelan bajo y las esperanzas van a morir. Rubén entró. El olor a tabaco rancio, serrín y cerveza barata lo golpeó como una bofetada. El local estaba en penumbra. Al fondo, en una mesa solitaria bajo una bombilla parpadeante, estaba Javier.

Tenía tres botellas de cerveza vacías delante y un vaso de whisky medio lleno. Su rifle estaba debajo de la mesa, envuelto en una manta sucia, pero Rubén sabía que estaba allí. La forma en que Javier protegía el bulto con la pierna lo delataba. Javier levantó la vista. Tenía los ojos rojos e hinchados.

—Vete a la mierda, Rubén —balbuceó.

Rubén arrastró una silla y se sentó frente a él, ignorando el saludo.

—No has venido a desayunar. Tienes a la gente preocupada.

—¿Preocupada? —Javier soltó una risa amarga que sonó como cristales rotos en una trituradora—. A nadie le importo una mierda. Solo a Juan le importaba. Y Juan está criando malvas por culpa de vuestra puta guerra.

—Javi...

—¡No me llames Javi! —Gritó, golpeando la mesa. El vaso de whisky saltó. Algunos clientes de la barra se giraron, molestos—. ¡Era mi hermano! ¡Tenía que haber ido yo! ¡Yo soy el fuerte! ¡Él era... él era el bueno!

Rompió a llorar. Un llanto feo, borracho y desesperado, de un hombre que no sabe llorar.

—Debí ser yo, Rubén. Debí ser yo.

—Debí ser yo, Rubén. Debí ser yo —repitió Javier, golpeando suavemente la botella contra la mesa—. ¿Sabes lo que hizo cuando teníamos doce años?

Rubén no dijo nada. Solo escuchó. A veces, ser un líder es solo saber escuchar la mierda de los demás.

—Yo robé una moto. Era un gilipollas. La policía vino a casa. Juan... él ni siquiera sabía conducir. Pero les dijo que había sido él. Dijo que quería dar una vuelta. Se comió un año de reformatorio y antecedentes por mí. Por mí, Rubén.

Javier se bebió el whisky de un trago, como si quisiera ahogarse.

—Él quería estudiar ingeniería. Y acabó en el taller conmigo, doblando chapa, porque nadie le daba beca con antecedentes penales. Me dio mi vida. Me dio su futuro. Y yo... yo le he dejado morir en una oficina de correos llena de polvo.

Javier levantó la vista, con los ojos llenos de una súplica infantil.

—¿Cómo coño se vive con eso?

—No se vive —dijo Rubén, con voz ronca—. Se sobrevive. Y se hace que valga la pena.

—No... —Javier negó con la cabeza, y sus ojos se oscurecieron—. Se mata al que lo hizo. Eso es lo único que queda.




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