Peón

Capítulo 28

Si el infierno tuviera una sala de espera para hackers, Marcos estaba seguro de que se parecería mucho al salón de la casa de campo ese miércoles por la mañana y Luis y Dani eran los directores de orquesta de aquel caos.

Habían pasado seis días de aislamiento. La semana de plazo que Lucía había pactado con la Red se acababa hoy. Marcos se retiró a la cocina para tomar su café. Estaba frío y sabía a rayos, pero se lo bebió de un trago. Miró la escena del salón desde el marco de la puerta.

Genial. El destino de la humanidad depende de que Windows no decida actualizarse en el peor momento y de que no se nos acaben los cubitos de la gasolinera. Estamos jodidos.

La casa se le caía encima. Las paredes de piedra parecían cerrarse sobre él. Necesitaba aire. Aire que no oliera a ozono, a plástico caliente y a pánico. Salió por la puerta trasera. El sol de la mañana le cegó un momento. Caminó hacia la escalera de mano oxidada que llevaba al tejado plano de la masía y empezó a subir. El metal estaba caliente bajo sus manos.

Llegó arriba. El aire era fresco y limpio. El sol calentaba los campos interminables de melocotoneros que rodeaban la casa, un mar verde y tranquilo que parecía indiferente al hecho de que el mundo se estaba acabando. No estaba solo. Javier estaba allí.

El gigante estaba sentado en el borde mismo del tejado, con las piernas colgando hacia el vacío. Era la misma postura suicida que casi lo mata en el edificio Sacyr, cuando intentaba arreglar la antena.

Tenía el rifle de caza desmontado sobre un trapo sucio a su lado. Las piezas metálicas brillaban al sol. Pero no lo estaba limpiando. Ni siquiera lo miraba. Simplemente miraba al horizonte, fumando un cigarrillo. Daba caladas largas, profundas y furiosas, reteniendo el humo como si quisiera que le quemara los pulmones antes de soltarlo.

Marcos se detuvo al final de la escalera. Dudó. Su instinto de supervivencia le decía que darse la vuelta y bajar era la opción inteligente. Javier era un animal herido. Y los animales heridos muerden si te acercas demasiado.

Pero entonces recordó la mirada de Juan. Recordó cómo el hermano tranquilo siempre intentaba mediar, cómo ponía la mano sobre el hombro de Javier para calmarlo. Juan era el pegamento que mantenía unido a ese hombre roto. Ahora que Juan no estaba... alguien tenía que evitar que Javier se cayera a pedazos. O que se tirara del tejado.

Al diablo. Si me tira abajo, al menos no tendré que hacer el examen de recuperación de Física.

Se acercó despacio, haciendo ruido con los pies sobre la grava del tejado para no asustarlo.

—Si has subido a decirme que "todo saldrá bien", te tiro abajo —dijo Javier sin girarse.

Su voz era ronca, áspera como una lija. Sonaba como alguien que ha estado gritando durante horas, o callado durante días. Marcos se sentó a un par de metros de distancia. Lo suficientemente cerca para hablar, lo suficientemente lejos para esquivar un puñetazo si la cosa se ponía fea.

—He subido porque abajo huele a sobaco de informático y necesitaba respirar —replicó Marcos, mirando también al horizonte

Javier soltó una bocanada de humo gris que se llevó el viento. No miró a Marcos. Seguía con la vista clavada en algún punto invisible entre los árboles.

—Juan odiaba que fumara —dijo de repente.

Marcos se quedó quieto. Era la primera vez desde el funeral improvisado que Javier mencionaba a su hermano sin gritar o romper algo.

—Decía que me iba a matar —continuó Javier, girando el cigarrillo entre sus dedos manchados de grasa—. Qué ironía, ¿eh? Él, que corría maratones, que comía sano, que era el puto niño bueno... y acaba desangrado en una oficina de Correos de mierda.

Javier soltó una risa corta y seca.

—Y yo, que soy la oveja negra, la bala perdida... sigo aquí. Jodiendo mis pulmones y respirando su aire.

—Él te salvó la vida en el edificio —dijo Marcos suavemente—. Cuando te resbalaste en la ventana. Te agarró.

—Lo sé. Siempre lo hacía.

Javier se giró lentamente y miró a Marcos. Sus ojos estaban secos, terriblemente secos, rodeados de unas ojeras oscuras que parecían hematomas.

—¿Sabes qué hacíamos en el taller? —preguntó Javier—. Yo era el de la fuerza. Si había que soltar una tuerca oxidada que no giraba, si había que mover un bloque motor a pulso... me llamaban a mí. Yo golpeaba las cosas hasta que funcionaban. O las rompía.

Hizo una pausa. Le tembló el labio inferior.

—Pero Juan... Juan era el oído. Podía escuchar un motor al ralentí y decirte qué válvula estaba fallando solo por el sonido. Tenía... paciencia. Yo rompía las cosas, Marcos. Y él venía detrás y las arreglaba.

Javier tiró el cigarrillo al vacío. Lo vio caer hasta el suelo.

—Tengo miedo —confesó. La frase sonó extraña en su boca, como si estuviera hablando en un idioma extranjero.

—¿Miedo de morir en la misión? —preguntó Marcos.

—No. Me importa una mierda morir. —Javier se pasó las manos grandes por la cara, frotándose con fuerza—. Tengo miedo de olvidar su voz. Solo han pasado unos días y ya me cuesta recordarla. Era el único que sabía cómo calmarme. Sin él... solo soy ruido. Solo soy el martillo sin la mano que lo guía.




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