Peón

Capítulo 29

El ambiente cambió al instante. La tensión emocional se evaporó, reemplazada por la tensión operativa. Era el momento de dejar de llorar y empezar a buscar. Dani se sentó frente a la consola central, crujiéndose los dedos.

—Iniciando protocolo de enlace —anunció—. Frecuencia encriptada. Estamos en el aire.

Las pantallas grandes parpadearon. La estática gris dio paso a las caras familiares, pixeladas por la encriptación de emergencia.

Liu, desde su búnker en Shanghái, con el rostro aún marcado por las quemaduras. Vance, en Londres, bebiendo té como si fuera medicina. Y Cole, en su torre de marfil en Nueva York, con cara de tener cosas más importantes que hacer, como comprar países pequeños o despedir gente por deporte.

—Llegáis tarde —dijo Cole, mirando su reloj de oro.

—Teníamos problemas técnicos —respondió Lucía, sin inmutarse. Se colocó en el centro del encuadre, flanqueada por Marcos y Rubén—. Pero ya estamos. Y tenemos algo más que teorías.

—Espero que tengáis algo sólido —dijo Vance, con la voz cansada—. Mis sensores en la ciudad están locos. Hay picos de actividad electromagnética, pero no vemos nada. Estamos ciegos y dando palos de ciego.

—No estáis ciegos —dijo Luis, acercándose a la cámara y ajustándose las gafas con un dedo nervioso—. Estáis sordos.

Cole arqueó una ceja.

—¿Disculpa?

—Dani, explícaselo —ordenó Luis, cediendo el escenario.

Dani tragó saliva. Era su momento. Se puso de pie frente a la cámara, intentando no parecer el estudiante asustado que era hace una semana, sino el arquitecto de redes que el mundo necesitaba.

—Hemos encontrado una señal —dijo Dani—. No es radio. No es microondas. Es infrasonido. Una onda portadora de frecuencia extremadamente baja.

—¿Infrasonido? —preguntó Liu, escéptico—. Eso se usa para comunicación submarina o sismología. No para controlar drones aéreos.

—Exacto —dijo Luis, incapaz de quedarse callado—. Atraviesa la tierra y el agua. Es un reloj global. Un metrónomo que sincroniza a los mosquitos. Si encontramos el origen de ese latido, encontramos su Nido.

Cole se echó hacia atrás en su silla de cuero, cruzando los dedos sobre su chaleco de traje.

—Si esa señal existe, mis analistas la habrían encontrado. Pago millones al mes por feeds de datos sísmicos privados. Tengo a los mejores geólogos del MIT en nómina.

—La señal está enterrada en el ruido de fondo —explicó Luis, gesticulando—. Es tan grave que parece el zumbido natural de la Tierra. El tráfico, las mareas, las placas tectónicas... todo lo tapa. Pero si sabes qué buscar... está ahí.

Luis pulsó una tecla. El sonido llenó la sala y se transmitió a través de la red.

Thump... Thump... Thump...

Era un latido digital. Lento. Pesado.

—Vale —concedió Cole, sin parecer impresionado—. Tenéis un ruido. Supongamos que os creo. ¿Dónde está?

—Ese es el problema —admitió Luis, bajando los hombros—. No puedo triangularla desde Lleida. Mis "oídos" están demasiado juntos. El ángulo de incidencia es casi plano. Viene de muy lejos.

—Necesitamos una base más amplia —dijo Dani. Miró a la cámara, desafiante—. Necesitamos convertir la Tierra en una antena gigante.

—¿Qué estáis pidiendo exactamente? —preguntó Vance.

—Acceso —dijo Dani—. Necesito acceso directo a vuestros micrófonos y sensores sísmicos. Ahora mismo. En tiempo real.

La propuesta cayó como una bomba en la videoconferencia. Cole soltó una risa incrédula y corta.

—¿Estás de broma? ¿Quieres que abra mis cortafuegos corporativos a un hacker desconocido en una granja española? Prometheus Capital maneja datos financieros sensibles, chico. Eso es un troyano de manual. Ni hablar.

—No quiero vuestro dinero, Cole —dijo Dani, con una firmeza que sorprendió a Marcos. El chico estaba creciendo—. Me da igual vuestra cartera de valores. Solo quiero vuestros oídos. Necesito sincronizar los relojes de vuestros sistemas con el nuestro para medir la diferencia de tiempo de llegada de la señal.

—El TDOA —murmuró el técnico de Londres detrás de Vance.

—Interferometría de base muy larga —añadió Luis—. Como los radiotelescopios que fotografían agujeros negros. Pero apuntando hacia abajo.

—Exacto —dijo Dani—. Si no me dais acceso, seguiremos siendo sordos. Y nos cazarán uno a uno mientras discutimos sobre protocolos de seguridad.

—Es un riesgo de seguridad inaceptable —dijo Liu—. Mis servidores contienen la ubicación de los refugios de la población civil.

—El riesgo inaceptable es no hacer nada —intervino Lucía. Su voz cortó la duda—. Ya tenéis los planos de las armas. Ahora os estoy ofreciendo el mapa del tesoro. ¿Queréis saber dónde viven o preferís seguir disparando a fantasmas hasta que se os acaben las balas?

Cole miró a Lucía. Evaluó la situación con frialdad matemática. Sabía que sin un objetivo, las pistolas de cristales no servían para atacar, solo para defenderse. Y Cole quería atacar. Quería ganar.




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