El "entrenamiento con fuego real" de Rubén resultó ser menos una película de acción y más una serie de humillaciones físicas continuas que dejaron a Marcos con moretones en sitios que no sabía que existían. Pero eso ya era historia.
Habían pasado cuarenta y ocho horas desde la reunión. Cuarenta y ocho horas de preparativos frenéticos en la casa de campo. La masía, que había sido su hogar, su búnker y su centro de mando, ahora era solo un cascarón vacío.
Luis y Dani habían desmontado el servidor, envolviendo cada cable en plástico de burbujas como si fueran explosivos inestables. Javier, por su parte, se había convertido en la sombra de las armas. Se pasaba las horas en el porche, desmontando y montando su rifle de caza, limpiando motas de polvo invisibles. Sus ojos siempre se desviaban hacia la bolsa de deporte de Rubén, donde descansaba el fusil de asalto HK. Era la mirada de un adicto viendo la dosis de otro.
Para el mediodía del viernes, la casa estaba empaquetada. Parecía lo que era: una ruina abandonada en medio de la nada. No quedaba rastro de la resistencia, salvo por las marcas de las sillas en el polvo y el olor persistente a café y tensión. Estaban en el salón, con las mochilas al hombro, esperando.
—¿Y ahora qué? —preguntó Dani, ajustándose las gafas que no paraban de resbalarle por la nariz sudada—. ¿Nos mandan un Uber?
—Cole dijo que enviaría transporte —respondió Lucía, mirando su reloj. Estaba tensa, golpeando el suelo con la punta de la bota—. Deberían estar aquí.
—¿Aquí? —Marcos se acercó a la ventana y miró los campos de melocotoneros—. ¿Dónde va a aterrizar un avión aquí? A menos que poden los árboles con las alas...
El silencio de la casa era absoluto. Ni pájaros. Ni viento. Ni grillos. Marcos sintió un escalofrío. Era ese silencio de las películas de terror justo antes de que el gato salte del armario. O el asesino.
—Oye, Rubén —dijo—. ¿No está todo demasiado tranquilo?
Rubén, que estaba junto a la puerta trasera, se tensó. Se quitó las gafas de sol lentamente, escaneando el perímetro a través de las rendijas de las ventanas tapiadas.
—Sí —susurró—. Demasiado.
No hubo ruido de cristales rotos. No hubo un "¡FBI, al suelo!". Simplemente, la luz cambió. Las sombras del salón se alargaron de forma antinatural. Marcos abrió la boca para preguntar qué pasaba, pero una mano enguantada en cuero negro le tapó la boca antes de que pudiera emitir un sonido. Un brazo de acero le rodeó el cuello, inmovilizándolo contra un pecho duro como una roca. Sintió el frío de una hoja de cuchillo pegada a su mejilla.
—Shhh —susurró una voz en su oído.
Marcos abrió los ojos desorbitados. Había pasado en un segundo. Dani estaba contra la pared, con un cuchillo en la garganta y los ojos a punto de salirse de las órbitas. Luis estaba en el suelo, inmovilizado, con una bota en la espalda. Javier tenía un cañón de pistola presionado contra la nuca. Lucía estaba igual que Marcos, atrapada por una sombra. Eran seis. Se habían movido con un silencio que desafiaba a la física.
Fantástico. Nos han vendido. Cole nos ha vendido. Fin del juego.
Entonces oyó un gruñido y un golpe seco. En la puerta trasera, el soldado que había ido a por Rubén había cometido un error. Había asumido que Rubén era un civil viejo. Grave error. En el momento en que la mano enguantada tocó su hombro, Rubén había girado. No para huir, sino para entrar en la guardia. Había agarrado la muñeca del soldado, la había retorcido con un crujido audible de ligamentos y, con un movimiento fluido, había sacado su propio cuchillo de combate. Ahora, la situación se había invertido.
El soldado de élite estaba contra el marco de la puerta, y la hoja de Rubén estaba presionando su arteria carótida con precisión quirúrgica.
—Soltadlos —gruñó Rubén—. O le abro una segunda sonrisa en el cuello a vuestro amigo.
El salón se congeló. Un punto muerto mexicano, pero con cuchillos. Entonces, una risa lenta y seca sonó desde la entrada principal.
—Impressive. Muy impresionante.
Un séptimo hombre entró. Llevaba el mismo equipo táctico negro, sin insignias, pero su casco estaba levantado, mostrando un rostro cuadrado, bronceado y con una cicatriz blanca que le cruzaba la ceja izquierda. Masticaba chicle con una cadencia irritante. Levantó las manos, mostrando las palmas vacías.
—Tranquilo, abuelo. Somos los buenos. O al menos, los que pagan la factura.
Hizo un gesto sutil con la mano. Al unísono, los soldados soltaron a Marcos y a los demás. Envainaron sus cuchillos y dieron un paso atrás con una sincronización perfecta. Rubén no soltó al suyo. Miró al líder.
—Identificación.
—Soy Kane. Capitán Kane. Prometheus Capital Security. —El americano sonrió—. Cole nos envía. Dijo que necesitabais una "recogida".
—Cole dijo que enviaría ayuda, no un asalto —dijo Lucía, frotándose el cuello donde la habían agarrado. Su voz era furia pura.
—Standard procedure, señorita. Teníamos que asegurar el perímetro. No podíamos llamar al timbre. Podría haber trampas. O mosquitos.
Kane miró a Rubén.
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Editado: 20.04.2026