En la pista esperaba el jet privado. Subieron a bordo. El interior olía a cuero caro, a dinero y a aire recirculado que te seca la garganta.
—Destino: Puerto de Sines, Portugal —anunció Kane desde la cabina, cogiendo el micrófono con la indiferencia de un conductor de autobús de línea—. Tiempo de vuelo: 50 minutos. No toquéis nada que parezca más caro que vuestra vida.
El despegue fue suave, una presión constante en el pecho que los pegó a los asientos de cuero color crema. Cuando el jet se estabilizó y la señal de cinturones se apagó, el ambiente en la cabina se relajó... o eso parecía.
Kane y sus hombres ocuparon la parte delantera del avión, montando un pequeño centro de mando con tablets y mapas satelitales sobre las mesas plegables. Ignoraban olímpicamente al "equipo local", que ocupaba la parte trasera como si fueran polizones.
Marcos estaba mirando por la ventanilla, intentando no pensar en que estaba a 10.000 metros de altura en un tubo de metal con asesinos a sueldo, cuando sintió un toque en el hombro. Era Rubén. Se sentó en el asiento vacío a su lado, con una revista de yates de lujo abierta en el regazo, pero sus ojos no miraban las fotos. Miraban al frente.
—Deja de mirar las nubes, chico —susurró Rubén sin mover apenas los labios—. Tenemos trabajo.
—¿Trabajo? ¿Ahora?
—Inteligencia —dijo Rubén—. Estos tipos son herméticos. Kane no suelta prenda sobre el plan de extracción. Necesito saber cuáles son sus órdenes reales.
—¿Órdenes reales?
—La logística de salida. Entrar es fácil. Salir es donde te matan. Necesito saber si el plan incluye devolvernos a casa o si "desaparecemos" en la isla.
Marcos tragó saliva.
—¿Y qué quieres que haga? ¿Que vaya y le pregunte a Kane si planea dejarnos tirados?
—No. Kane es un muro. —Rubén señaló discretamente con la cabeza hacia la parte delantera—. Mira a ese. El chaval joven de la tercera fila. El de la tablet.
Marcos miró.
Era el mercenario más joven del grupo, un tipo con cara de aburrimiento que estaba revisando una radio de comunicaciones enorme y picando algo en una pantalla táctil.
—Es el técnico —dijo Rubén—. El eslabón débil. Se le ve ansioso por demostrar que es uno de los chicos grandes, pero se aburre. Le han dejado fuera de la charla de los mayores.
—¿Y?
—Y tú eres un estudiante universitario impresionado. —Rubén lo miró fijamente—. Hazte el fanboy. Acércate. Alaba su equipo. Hazte el tonto. Pregúntale por el arma. Y luego, tira del hilo de la logística. A ver qué suelta.
—Rubén, soy ingeniero informático, no James Bond. Se va a dar cuenta.
—No se dará cuenta porque eres exactamente lo que él espera ver: un civil alucinado con los juguetes de guerra. El ego es el mayor agujero de seguridad que existe. Explótalo.
Rubén le dio un empujón.
—Vamos. Muévete.
Marcos se levantó, sintiéndose ridículo. Se alisó la camiseta y caminó por el pasillo, pasando junto a Lucía (que fingía dormir) y Javier (que miraba al infinito). Llegó a la altura del técnico. El soldado levantó la vista, hostil.
—¿Qué quieres? —ladró.
Marcos puso su mejor cara de "wow".
—Nada, nada. Solo iba al baño y... —Señaló el fusil HK416 que el soldado tenía apoyado en el asiento contiguo—. Joder. ¿Eso es un 416 auténtico?
El soldado parpadeó. El orgullo técnico pudo más que la seguridad operativa. Bajó un poco la guardia mientras asentía con orgullo. El soldado sonrió de medio lado, ajustando la correa del arma. Le gustaba que le admiraran el juguete.
—Puedes arrastrarlo por el barro, meterlo en agua salada y disparar mil rondas. Sigue escupiendo fuego. Es una bestia. No como la basura que lleváis vosotros.
—Ya... —Marcos se apoyó en el respaldo del asiento, bajando la voz en tono confidencial, de colega a colega—. Nosotros tenemos escopetas de caza y pistolas viejas. Me siento un poco desnudo al lado de vuestro equipo. Menos mal que estáis vosotros para la extracción.
—No te preocupes, chaval. Nosotros aseguramos el paquete.
Marcos asintió, mirando de reojo la tablet del soldado. Se veía un mapa de vuelo con líneas verdes.
—Oye, una pregunta tonta —dijo Marcos, intentando que sonara casual—. Después de la fiesta en la isla... ¿volvemos todos en este mismo avión? Lo digo porque dejé mi mochila en el maletero del coche en Alguaire y no sé si me dará tiempo a cogerla si salimos rápido.
El técnico resopló, sin levantar la vista de la pantalla.
—Olvídate de la mochila. Este pájaro no vuelve a Alguaire.
El corazón de Marcos se saltó un latido.
—¿Ah, no? —preguntó, con una sonrisa estúpida—. ¿A dónde vamos entonces? ¿Lisboa?
—No. —El soldado tecleó un comando—. En cuanto tengamos el activo a bordo, hacemos un "Toque y Despegue". Salimos de la zona, reabastecimiento en vuelo sobre las Azores y rumbo directo a la base de Delaware.
Miró a Marcos.
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Editado: 20.04.2026