Unas filas más atrás, Esther y Sandra estaban sentadas juntas. Pero el ambiente entre ellas era denso, como si hubiera una pared de cristal en medio de los asientos.
Marcos agudizó el oído, fingiendo buscar algo en su mochila.
—...no sé, Esther, estás rara —decía Sandra en voz baja. Su tono, normalmente seguro, sonaba pequeño. Inseguro.
—No estoy rara, amor. Estoy cagada de miedo. Como todos —respondió Esther, mirando fijamente por la ventanilla. Su mano derecha estaba dentro del bolsillo de su chaqueta, aferrando algo con fuerza.
—No es eso. Llevas días pegada al teléfono. Y ahora, aquí... ni siquiera me miras. ¿Es por Dani?
Esther se giró, sorprendida.
—¿Qué? —Soltó una risa nerviosa—. Por favor, Sandra. Dani es un niño. No digas tonterías.
—Pues le prestas mucha atención a ese niño. Y estás... distante.
—Estoy nerviosa, Sandra. Deja tus celos para cuando no estemos a punto de morir, ¿vale?
—Nunca es el momento —susurró Sandra, apartando la mirada hacia el pasillo, dolida.
Marcos volvió a su asiento. Siguen los problemas en el paraíso. Justo lo que necesitamos. Tensión romántica en el equipo de soporte.
Miró a Esther de reojo. No había sacado la mano del bolsillo. Su pulgar se movía rítmicamente, acariciando la pantalla de su móvil oculto. Parecía alguien esperando una señal de vida. O temiendo recibirla.
¿Qué te pasa, Esther? se preguntó Marcos. Parecía una chica asustada con un secreto personal. Y con lo que se les venía encima, Marcos decidió que los secretos personales de Esther no eran su prioridad.
Aterrizaron en una pista privada cerca del puerto industrial de Sines, en Portugal. No hubo aduanas. No hubo pasaportes. El jet rodó hasta detenerse frente a un hangar de hormigón enorme, lejos de los muelles comerciales, donde una furgoneta negra esperaba con las luces apagadas.
—Todo el mundo fuera —ordenó Kane, levantándose antes de que el avión se detuviera del todo—. Dejamos los vehículos aquí.
Bajaron del jet. El aire del Atlántico los golpeó en la cara. Olía a sal, a brea caliente y a pescado muerto. Era un olor denso, pegajoso, muy diferente al aire seco de Lleida. Marcos ayudó a Luis a bajar la maleta de los cristales. El ingeniero la abrazaba con tal fuerza que tenía los nudillos blancos, protegiéndola como si fuera el Santo Grial.
Al pie de la escalerilla, Esther se detuvo en seco. Sacó su móvil del bolsillo. Sopló la pantalla, frunció el ceño y resopló con frustración teatral.
—Mierda. Batería muerta.
Se giró hacia Sandra, que bajaba detrás de ella cargando las mochilas de ambas.
—San, déjame tu móvil un segundo. Necesito ir al baño y quiero... mirar una cosa antes de embarcar.
Sandra se tensó. La desconfianza cruzó su rostro como una sombra.
—¿Qué cosa? —preguntó, recelosa.
—Cosas de mi casa. Por favor. No seas así ahora.
Sandra dudó. Marcos vio la lucha interna en su cara: el deseo de confiar contra el instinto de protegerse. Finalmente, con cara de dolor físico, desbloqueó su teléfono y se lo tendió.
—Voy contigo.
—No —dijo Esther, poniéndole una mano en el pecho. Fue un gesto suave, cariñoso, pero firme como una pared—. Necesito cinco minutos sola. De verdad. Me estoy agobiando con tanta gente, tanta testosterona... Espérame aquí con Dani.
Esther le dio un beso rápido en la mejilla, cogió el móvil y se dio la vuelta, caminando rápido hacia los baños del fondo del hangar, lejos del grupo y de los mercenarios. Marcos la vio alejarse. Caminaba deprisa, con el móvil apretado contra el pecho, como si ocultara un pájaro herido.Pero su atención fue reclamada inmediatamente por algo mucho más volátil.
Mientras Dani se quedaba mirando la puerta del baño con cara de cachorro abandonado, Javier se había alejado del grupo. Como un tiburón oliendo sangre, Javier había gravitado hacia la zona donde los hombres de Kane estaban descargando su equipo táctico de la furgoneta.
Había varias cajas de transporte abiertas sobre el suelo de cemento. Javier se detuvo frente a una de ellas. La cara de Javier cambió. Ya no era el hombre roto que lloraba en el bar. Era un niño en una tienda de caramelos letales. Sus ojos brillaban con una fascinación mórbida. Extendió la mano. Sus dedos callosos rozaron un detonador remoto.
—¡Eh! —ladró una voz.
Un mercenario —un tipo con barba trenzada y brazos como troncos de árbol— apareció por su lado y le dio un empujón en el pecho. No fue un toque de advertencia; fue un golpe seco y violento que hizo retroceder a Javier dos pasos, casi tirándolo al suelo.
—¡No se toca, paleto! —le gritó el mercenario, con un acento gutural—. Eso no es un juguete. Si lo tocas, vuelas. Y nos vuelas a todos.
El hangar se quedó en silencio. Marcos se tensó, esperando el grito de Javier. Esperando la explosión de furia, los insultos, el intento de pelea a puñetazos. Pero Javier no gritó. Se quedó quieto, recuperando el equilibrio. Se alisó la camiseta despacio, con una calma antinatural. Luego, levantó la vista. Sus ojos se clavaron en los del mercenario. No había rabia caliente en ellos. Había un frío absoluto. Una negrura muerta. Javier lo miró con la calma de un forense examinando un cadáver que todavía respira.
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Editado: 20.04.2026