El interior del Leviatán no olía a aventura. Olía a una mezcla rancia de gasoil, ozono eléctrico, sudor reciclado y algo más indefinible que Marcos decidió etiquetar como "miedo enlatado".
Bajar por la escotilla fue como ser tragado por una bestia metálica. El aire cambió al instante; se volvió más denso, más húmedo y notablemente más frío.
Las luces no eran blancas, sino de un rojo tenue y perpetuo, diseñado para mantener la visión nocturna de la tripulación y, aparentemente, para inducir migrañas instantáneas a los civiles. Las paredes curvadas de acero estaban repletas de tuberías, válvulas y manojos de cables que corrían como venas expuestas por todo el techo, goteando condensación ocasional sobre sus cabezas.
—Bienvenidos al vientre de la ballena —dijo Kane.
Las reacciones del "Equipo Lleida" fueron un estudio sociológico fascinante sobre el miedo. Rubén entró el primero. Sus ojos no miraron las luces ni los cables. Sus ojos escanearon. Salida de emergencia. Extintor. Mamparo de presión. Armas a la vista. Se movía con la eficiencia de alguien que ya estaba calculando cuántos segundos tardaría en ahogarse si el casco se rompía. Se quedó quieto en una esquina, con la espalda contra la pared, cruzado de brazos, siendo la única cosa más dura que el propio acero del submarino.
Luis y Dani, por el contrario, parecían dos niños en la fábrica de chocolate de Willy Wonka, si la fábrica estuviera armada con torpedos nucleares.
—¡Mira esto! —susurró Dani, pasando la mano por una consola llena de interruptores antiguos—. Es un panel de control de lastre analógico. ¡Analógico! Sin pantallas táctiles. Es totalmente a prueba de pulsos electromagnéticos.
—Silencio — les exigió Kane.
Javier entró detrás, con el rifle al hombro. Miraba el techo bajo con desconfianza, encogiendo la cabeza, como si esperara que se le cayera encima en cualquier momento. Para un hombre que necesitaba espacio, aquel tubo era una tumba. Pero fue la reacción de las chicas la que llamó la atención de Marcos. Esther bajó con una compostura que no encajaba. Marcos veía que estaba aterrada, pero intentaba disimularlo. Sandra, sin embargo, no disimulaba.
En el momento en que el clanc de la escotilla resonó, el color desapareció de su rostro. Se quedó paralizada en el pasillo estrecho, respirando de forma superficial y rápida. Sus ojos se movían de un lado a otro, midiendo las paredes que parecían cerrarse sobre ella.
—No... —susurró Sandra, llevándose la mano al cuello—. Es muy pequeño. Es demasiado pequeño. No hay aire.
El ataque de pánico era inminente. Esther reaccionó al instante. Se giró y le cogió las manos, frotándolas con fuerza.
—Eh, eh, San. Mírame —le dijo Esther, con una voz suave y tranquilizadora que cortó el ruido de los motores—. Estamos bien. Es como un avión, solo que bajo el agua. Hay aire de sobra.
—No puedo respirar, Esther. Me aplasta.
—Sí que puedes. Mírame a los ojos. Olvida las paredes. Solo mírame a mí. Respira conmigo. Uno, dos. Uno, dos.
Esther la abrazó, protegiéndola del entorno opresivo con su propio cuerpo, susurrándole cosas al oído que Marcos no pudo oír. Sandra enterró la cara en el cuello de Esther, aferrándose a ella como si fuera su salvavidas en medio del naufragio.
Marcos observó la escena y sintió una punzada de culpa en el estómago. Allí estaba Esther, consolando a su novia, siendo el pilar de apoyo en medio del infierno. Y él la había estado vigilando como si fuera una criminal internacional solo porque había ido al baño con el móvil.
Eres un gilipollas, Marcos, se dijo a sí mismo. Sandra tiene claustrofobia y tú tienes paranoia. Deja de buscar fantasmas donde solo hay gente asustada.
—¡Moveos! —ladró Kane desde el final del pasillo—. No os pagamos por bloquear el paso. El tour empieza ahora. Y no toquéis nada, o juro por Dios que os corto los dedos.
El grupo avanzó a trompicones, siguiendo al mercenario por el pasillo angosto. Kane hizo de guía turístico con la paciencia de un carcelero sádico.
—Este es el comedor —dijo, señalando un hueco donde cabían cuatro personas apretadas y una mesa atornillada al suelo—. Coméis por turnos. Si ensuciáis, limpiáis. Si vomitáis, limpiáis con vuestra propia ropa.
Siguieron avanzando. El suelo de rejilla metálica resonaba bajo sus botas. Clang, clang, clang.
—Este es el CIC. Centro de Información de Combate.
Señaló una sala oscura a la derecha, llena de pantallas azules y sonares donde varios operarios trabajaban en silencio absoluto con auriculares. Parecía el interior de una nave espacial.
—Zona prohibida —advirtió Kane—. Si veo a alguno de los "frikis" —miró a Dani y a Luis con desprecio— asomando la nariz por aquí para "mejorar" algo o tocar un botón, lo lanzo por el tubo de desperdicios. ¿Entendido?
Luis asintió rápido, aunque Marcos vio cómo sus ojos devoraban las pantallas con hambre técnica. Finalmente, llegaron a la proa.
—Y esta es vuestra suite presidencial —anunció Kane con una sonrisa burlona.
Era la sala de torpedos. Un espacio largo y estrecho, dominado por cuatro tubos de lanzamiento enormes y relucientes, engrasados y listos para matar. A los lados, habían colgado unas literas de lona precarias y tirado algunos colchones en el suelo, encajados entre cajas de munición, misiles de repuesto y válvulas hidráulicas. Olía a grasa y a peligro.
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Editado: 20.04.2026