Peón

Capítulo 34

Marcos se quedó solo en la semioscuridad del pasillo de proa, apoyado contra el frío metal de un tubo lanzatorpedos vacío. El zumbido del motor eléctrico era constante, un mantra grave que se te metía en los huesos. Intentó procesar lo de Sandra, pero su mente, traicionera como siempre, volvió a Lucía. A dónde estaría ahora. A si estaría bien.

No tuvo que esperar mucho. Unos pasos resonaron en la rejilla metálica del suelo. Marcos levantó la vista. Lucía apareció por la escotilla.

Se había quitado la chaqueta táctica y llevaba una camiseta negra ajustada que dejaba ver la tensión en sus hombros. Parecía agotada, pero sus ojos seguían escaneando la sala como si esperara encontrar una amenaza escondida entre las sombras.

Se detuvo al ver a Marcos. Una sonrisa cansada, pero genuina, asomó en sus labios.

—Vaya —dijo ella, cruzándose de brazos y apoyándose en el marco de la puerta—. Me he cruzado con Sandra en el pasillo. Iba como una moto hacia la zona de carga, donde está Javier.

Lucía arqueó una ceja, recuperando ese tono burlón que usaba como escudo.

—¿Ya estás ligando con mis soldados, Marcos? No llevamos ni tres horas sumergidos y ya estás causando problemas en la tropa.

Marcos soltó una risita nerviosa.

—Ojalá. Solo estaba... gestionando una crisis. Sandra necesitaba un saco de boxeo emocional.

—Ya. Me lo imagino.

Lucía suspiró y se dejó caer sentada en el suelo, junto a él. Estiró las piernas.

—Sandra es dura, pero esto... esto nos supera a todos.

—¿A ti también? —preguntó Marcos, girándose para mirarla.

Lucía cerró los ojos un momento, dejando caer la cabeza hacia atrás contra el metal frío.

—A mí la primera. —Abrió un ojo y lo miró de reojo—. Pero si se lo dices a alguien, tendré que matarte.

—Tu secreto está a salvo con el chico de los recados.

Se quedaron en silencio un momento. No era un silencio incómodo. Era el tipo de silencio que compartes con alguien cuando no hace falta decir que estáis jodidos. Lucía se giró hacia él. En la penumbra roja de la sala, sus ojos parecían pozos oscuros.

—Gracias —dijo ella, suavemente.

—¿Por qué?

—Por aguantarnos. Por aguantarme. Sé que he sido... difícil. Con lo de mi padre. Con lo de Kane. Con todo.

—Has sido una líder —dijo Marcos—. Es lo que necesitábamos.

—No quiero ser una líder ahora mismo, Marcos. —Su voz bajó a un susurro, perdiendo toda la firmeza militar—. Ahora mismo solo quiero... no sé. Olvidar que estamos en una lata de sardinas a cien metros bajo el agua. Olvidar que mañana probablemente estemos muertos.

Marcos vio la grieta en su armadura. Vio a la chica que había detrás de la soldado. Y sintió una atracción tan fuerte que le dolió el pecho.

—No tienes que ser fuerte todo el rato —dijo él, repitiendo sus palabras del avión, pero esta vez con más peso—. No conmigo.

Se inclinó un poco hacia ella. Lucía no se apartó. Al contrario, se giró del todo, quedando frente a frente, con las rodillas rozándose.

—¿Y qué tengo que ser contigo? —preguntó ella. Su voz era un hilo ronco.

—Solo Lucía.

Ella tragó saliva. Su mirada bajó a los labios de Marcos, y luego volvió a sus ojos. Había hambre en esa mirada. Un hambre desesperada de sentir algo que no fuera miedo. Levantó una mano y le acarició la mejilla. Sus dedos estaban fríos, pero su toque quemaba.

—Entonces, haz que se me olvide —susurró—. Por favor.

Marcos no esperó. Se inclinó y la besó. No fue un choque. Fue una colisión lenta, inevitable. Sus labios se encontraron con una suavidad que contrastaba con la violencia del mundo que los rodeaba. Lucía soltó un suspiro tembloroso contra su boca y, de repente, la presa se rompió.

Ella le rodeó el cuello con los brazos, atrayéndolo hacia sí con una fuerza desesperada. Marcos la agarró por la cintura, pegándola a su cuerpo, sintiendo el calor de ella a través de la ropa. El beso se profundizó. Se volvió lento, húmedo, detallado. Saborearon el momento como si fuera el último aire disponible en el submarino.

Marcos sintió la lengua de ella, el roce de sus dientes, la urgencia de sus manos en su pelo. Era una válvula de escape. Toda la tensión, el terror, la muerte de Esteban, la culpa por Andrea y David... todo se volcaba en ese beso. Era una afirmación de vida en medio de la oscuridad. Marcos la empujó suavemente hasta que su espalda tocó la pared curva del casco, y ella respondió arqueándose hacia él, soltando un gemido suave que se perdió en su boca.

El tiempo dejó de existir. No había misión. No había mosquitos. Solo el tacto de su piel, el olor de su pelo y el sabor de la desesperación compartida.

BWOOOP. BWOOOP.

El aullido de la alarma fue como un disparo en la nuca. Las luces rojas parpadearon, volviéndose frenéticas. Lucía se separó de golpe, jadeando, con los labios hinchados y los ojos desenfocados. Marcos se quedó paralizado, con las manos aún en su cintura, el corazón latiéndole a mil por hora.




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