Si alguna vez habéis intentado desembarcar en una isla secreta llena de tecnología asesina desde una lancha neumática a las tres de la mañana, dejadme daros un consejo: no lo hagáis.Y si tenéis que hacerlo, intentad no haber cenado fabada de lata antes.
El viaje desde el Leviatán hasta la costa fue una transición silenciosa del infierno claustrofóbico al infierno agorafóbico. El mar estaba negro como la tinta. El cielo, tres cuartos de lo mismo.
Las tres lanchas Zodiac avanzaban con sus motores eléctricos emitiendo apenas un zumbido, deslizándose como mosquitos gigantes sobre aceite de motor. Marcos estaba encogido contra la borda de goma. El agua helada del Atlántico le calaba los pantalones tácticos que Kane les había "prestado" —y que, por supuesto, le iban una talla grandes—.
Voy a morir de hipotermia antes de que me disparen. Al menos seré un cadáver fresco.
A su lado, Luis abrazaba la maleta de las pistolas sónicas con la desesperación de un náufrago agarrado a la última tabla del Titanic. Dani tenía los ojos cerrados. Sus labios se movían a toda velocidad. Marcos no supo si estaba rezando un Padre Nuestro o recitando código binario para calmarse. Esther, por su parte, miraba al horizonte con esa determinación vacía que había adoptado desde el aeropuerto.
El piloto de la lancha, un mercenario con visión nocturna que parecía más cíborg que humano, se ajustó el auricular.
—Tierra —susurró.
Marcos levantó la vista. Delante de ellos, una masa más oscura que la noche se recortaba contra las estrellas. No era una isla tropical de postal donde te sirven daiquiris. Era una montaña de escoria. Picos afilados. Acantilados de roca negra que parecían dientes rotos. Una playa que se negaba a brillar bajo la luna. Entonces, el aire cambió.
El olor a salitre limpio desapareció. De repente, olía a huevos podridos y a tormenta eléctrica. Azufre y ozono.
—Corte de motor —ordenó Kane por el intercomunicador.
Las lanchas aprovecharon la inercia. El único sonido ahora era el chapoteo del agua contra el casco. La lancha tocó fondo. No fue suave. Fue un CRUNCH arenoso y desagradable, como morder un trozo de pan con arena.
—¡Fuera, fuera, fuera! —siseó el mercenario.
Marcos saltó al agua. Le llegaba a las rodillas y estaba tan fría que le cortó la respiración. Sus botas se hundieron en el fondo. No era arena. Era grava volcánica, negra y gruesa. Crujía bajo sus pies como si estuviera pisando cristales rotos.
Ayudó a Luis a bajar la maleta sin mojarla —porque si se mojaban los cristales, el fin del mundo sería culpa suya— y luego tiró de Dani, que parecía haber olvidado cómo funcionaban las articulaciones de sus rodillas.
Arrastraron las lanchas hacia la línea de rocas para ocultarlas. Marcos se secó las manos en el pantalón y hizo lo que había estado practicando mentalmente las últimas seis horas. Llevó la mano a su bolsillo táctico. Buscó la funda rígida. Sacó las gafas Ray-Ban modificadas con los cristales de Luis.
Se las iba a poner. Necesitaba ver. Necesitaba saber si estaban rodeados de monstruos invisibles. Se las llevó a la cara... y se detuvo. Se quedó con las gafas a medio camino, la boca abierta y el cerebro en pausa. Lucía apareció a su lado, empapada hasta la cintura.
—¿Marcos? —susurró—. ¿Qué pasa? Póntelas.
Marcos bajó las gafas lentamente y señaló hacia arriba con un dedo tembloroso.
—Mira —dijo. Su voz era un hilo—. No hacen falta.
Lucía miró. Rubén miró. Todos miraron. No necesitaban filtros ultravioleta. No necesitaban sensores de espectro completo. Ni la magia de Luis. Estaban allí. A simple vista.
Sobre los riscos que rodeaban la playa, flotando perezosamente sobre la línea de árboles retorcidos, había luces. Puntos azules. Decenas de ellos. Brillaban con una luz eléctrica, pulsante y fría. Se movían en patrones complejos, entrelazándose, subiendo y bajando. Eran dodecaedros del tamaño de balones de playa. Eran mosquitos. Y no se estaban escondiendo.
—Joder... —susurró Dani, con los ojos como platos—. Son... son visibles.
—Están en casa —dijo Rubén.
Por primera vez, Marcos notó una tensión real en la voz del exmilitar.
—Aquí no gastan energía en camuflaje —añadió Rubén—. Son como avispas en un avispero.
La visión era terrorífica. En la ciudad, el terror venía de no saber dónde estaban. Aquí, el terror venía de ver cuántos eran. El cielo sobre la selva interior estaba vivo. Era una autopista de tráfico aéreo de mosquitos.
—¡Espectáculo de luces luego! —cortó la voz de Kane.
El capitán mercenario estaba plantado en la arena negra, masticando su chicle con una calma que daba ganas de pegarle. Sus hombres ya habían formado un perímetro de seguridad. Estaban arrodillados en la arena, con los fusiles apuntando hacia la selva, moviéndose con una arrogancia relajada que contrastaba brutalmente con el pánico del equipo de Lleida. Para ellos, esto era otro martes. Otro contrato. Otro agujero en medio de la nada donde disparar a cosas que se mueven.
—Descargad el equipo —ordenó Kane—. Quiero las cajas de munición en la línea de árboles en tres minutos.
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Editado: 20.04.2026